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La Última Llamada de Borges

Vistazo al los diarios de Bioy dedicados a Borges en el que se repasan sus gustos y sus obsesiones hasta su última despedida, extraña pero muy a su manera.

2014/04/13

Por Camilo Velásquez

 

La última Llamada de Borges

(En mayo de 1986 Borges llamó a Adolfo Bioy Casares desde Suiza. Su amigo- quien llevaba cuarenta años anotando en sus diarios las entradas y salidas de un Borges vivido de cerca-, registró esta llamada sin que lo abandonaran la pasividad y la exactitud con las que escribió durante tanto tiempo, para sí mismo, acerca de su vida juntos).  

Lunes 12 de Mayo de 1986,  diario de Bioy

Hoy hablé con Borges, que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, sonó el teléfono. Silvina atendió. Pronto Comprendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó cuándo volvían; María no contestó a esa pregunta. Silvina habló también con Borges y volvió a preguntar: “¿Cuándo vuelven?”. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias sin importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. “Regular, nomás” respondió “Estoy deseando verte”, Le dije. Con una voz extraña me contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: “Estaba Llorando”. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.


Nadie rebaje a lágrima o reproche

La compilación de los diarios es voluminosa. Una vez el lector ha atravesado las más de mil quinientas páginas que conforman el libro editado por Daniel Martino, se llega a lo inevitable: la aparición después de la cual ya no habrá ninguna otra aparición. La llamada es elocuente de parte y parte. Ahí están, como en otros miles de momentos, la discreción de Bioy y los arrebatos de Borges, su mutua repulsión por las escenas y el patetismo.

   Las afinidades estéticas de ambos fueron muchas; las morales, probablemente menos. Los dos preferían lo fantástico a lo psicológico, lo policial a  lo social; ambos tendían a una sintaxis de frases cortas y directas; desconfiaban de los adjetivos inusuales y de los sinónimos; sentían una admiración incompleta hacia Shakespeare y Goethe; aborrecían y despreciaban a los novelistas alemanes, a Sábato y a don Segundo Sombra; tenían en poca estima al castellano, exaltaban el idioma alemán, con sus formaciones juntando palabras y sus vocales abiertas; ambos eran alérgicos a lo sentimental y a lo escatológico; admiraban a Voltaire, sentían reverencia hacia Swift y hacia Johnson, hacia de Quincey y hacia Henry James. No pensaban nada bueno del comunismo y el psicoanálisis.

 


Y sin embargo eran diferentes, más diferentes de lo que usualmente se ha creído: Aun dentro de lo fantástico, en Bioy no se despacha con afán lo amoroso. Sus títulos y su prosa no esquivaban lo chabacano. A diferencia de Borges, Bioy si admiraba a Byron; y tampoco sentía que el francés fuera tan deplorable; leyó varias veces a Proust y reutilizó, según sus diarios, algunos de sus mecanismos-Borges, por su lado, tenía en muy baja estima al autor de A la recherche. Bioy prefirió la cortesía al sarcasmo y en lo posible evitó hacer declaraciones explosivas, tampoco dio indicios de racismo, como en una entrada en la que Borges, ya anciano, le comparte: “Un periodista me pregunta que si yo de verdad pienso que los negros son inferiores. ¿Es que nunca ha visto un negro”?  

 

Sin muros el laberinto

 El diario registra el transcurso de casi cuarenta años, los amigos del principio son y no son los amigos del final, pasa la vida, pasa la literatura; van quedando sus formas, sus personajes. Bustos Domecq, el escritor de cuentos policiales hecho parte de Bioy, parte de Borges, es un buen modo de medir las trasformaciones estéticas de sus autores: La barroca frondosidad que oculta el argumento de los primeros cuentos va cediendo a un humor sobrio que permite apreciar mejor los mecanismos de los últimos. Mecanismo y argumento… esas parecieran ser las palabras que más los unen. El diario de Bioy repite una y otra vez esa búsqueda, ese trabajo en el que alguno de los dos planteaba la idea, el esqueleto (A Borges le gustaba decir que era él quien se encargaba de esta parte), que el otro se aplicaba a concretar escribiendo.

 En el último tiempo, la admiración expresa de Bioy madura en algo discreto.  Vemos en cambio cómo el amigo menor acaba  asesorando, aplacando, dirigiendo concejos al genio. En la última etapa de su vida, el mundo lleva en brazos a Borges, lo premia, lo honra, le autoriza a confundir los límites de su torre de marfil con los límites de la tierra- licencia que Borges acepta como si no le estuviera siendo otorgado nada nuevo, como si el beneplácito de ciudades y países fuera tan irreal como cualquier otra cosa y no hubiera ninguna razón para dejar de repartir sabiduría y desfachatez a partes iguales.

 

 

Para el 15 de junio de 1986, El País informa:

 Conocedor de varios idiomas, de cultura enciclopédica y ciego desde hace casi dos lustros, se casó recientemente con su secretaria-, María Kodama.


Semejante semblanza seguramente habría divertido a Borges.

El humorismo-particularmente el que consiste en burlarse de alguien-, es quizá el rasgo más característico del hombre retratado en los diarios; en cuarenta años es poco o nada lo que cambia. ¿De qué se burla Borges? Principalmente de la presunción y la ignorancia, de los tristones y los extravagantes. Algunos ejemplos:

 -Me habla de una amiga suya (de Borges): “Vive en un mundo jurídico, de premios y de castigos. Bueno, si se le atribuyen a Dios esas miserables preocupaciones, qué puede esperarse de los humanos”.

-Hablo por teléfono con Borges. Me dice: “Mi sobrino Luis se casa pasado mañana. Está en cama, muy resfriado. ¿Será una estratagema para no casarse?... Qué raro, elegir la inmovilidad como una forma de fuga.

-Le digo que voy a comer con viejos muchachos del tenis, tenistas jubilados. Borges: “¿Quién soy yo para criticarte? Fui amigo de excuchilleros.

-Borges Me dice que pueden distinguirse dos maneras de escribir mal. Una, por descuido, que no tiene mayor importancia: por ejemplo, el modo en que están escritos muchos libros de filosofía y de tema científico. Otra, por una perversión del gusto del autor; por ejemplo, cuando Ortega y Gasset llama a las mujeres de los tribunales de amor provenzales hembras civilizadoras.

-Come en casa Borges. Me cuenta frases que inventó: “Estreñido por el deber, obró así”. “Una palabra más, mi generalito, y lo sucumbo a balazos”.

Declaraciones de maestría

Se tiende a pensar que fue Borges quien influyó sobre Bioy; no al revés. Lo evidente es que Borges no podía dejar de influir sobre cualquier escritor que estuviera cerca de él, Bioy no fue la excepción; con todo, son muchos los pasajes en que Borges se muestra elogioso, admirado, algunas veces hasta el punto que adopta las maneras de su amigo.

Borges (a Bioy): “Quería hablarte sobre tu cuento del unitario. Es lo mejor que he leído en la vida. Parece imposible que en esta época pueda escribirse así, tan sin énfasis; parece del siglo XVIII-sin ser un pastiche de nada-; si comparo lo que yo escribo con tu cuento, lo mío parece escrito con tizas de colores: todo está lleno de efectos groseros".

Otro aporte del diario es el cúmulo de rasgos que hizo de Borges alguien definido en modos llamativamente desiguales. No se dejaba influenciar ni se reservaba las razones ácidas de sus negativas; pero nunca se lee que fuera capaz de reaccionar al dominio de su madre. Tuvo una conversación sagaz; pero sus relaciones con las mujeres eran todo menos fluidas.

Martes, 28 de agosto de 1956: "Como no recordé que Borges volvía hoy de Santa Fe, no lo invité a comer. Me parece, cuando lo llamo, que está un poco resentido por mi olvido. A veces tiene una susceptibilidad extrema, casi femenina".

A medida que se avanza en el diario, el Borges escritor le abre un espacio a otra persona que va adquiriendo realidad. El personaje que propende al orden desfigura la realidad con su genio. El dominio de lo ridículo gana y gana terreno, los grandes escritores ya no saben escribir, las frases hechas es tan malo decirlas como nunca decirlas. La risa del lector se hace más racional, más absurda. Borges se vuelve colosal. Borges recibe toda clase de reconocimientos. Borges viajando por premios y distinciones, homenajes todos que dan más prestigio a quienes premian que al condecorado.

Las entradas en el diario se van haciendo más espaciosas, cada vez menos directas: alguien le cuenta a Bioy que Borges habló bien de las mil y una noches en Texas, que hizo declaraciones peligrosas en Francia, que ha estado enfermo últimamente. Y sin embargo no hablan, ninguno de los dos se mueve; y sin embargo, no se leen reproches a  Borges  a la fama o María Kodama. No sabemos si Bioy llega sentir esa clase de cosas.

Su amistad tiene por último contacto una llamada escueta pero significativa. Ambos evitan una situación patética; pero uno siente que están dando lugar a algo peor.  ¿Tantos años para acabar así? Sí. La buena educación del uno y aspereza del otro componen un final desolador, contundente, que seguro no habría disgustado a Borges de haberlo leído en alguna novela larga, si le hubieran gustado las novelas largas. No sé quién más cante con  Cohen: Hey that’s no way to say goodbye.

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