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La vida, hecha cine

Si es usted aficionado al séptimo arte, seguro que a estas alturas, aunque no la haya visto aún, habrá escuchado hablar de la película Boyhood

2014/11/29

Por Fernando Travesí

Si es usted aficionado al séptimo arte, seguro que a estas alturas, aunque no la haya visto aún, habrá escuchado hablar de la película Boyhood: la historia sobre la infancia y la adolescencia de un niño que transcurre en la América profunda y que recorre, en tiempo real, los doce años de su vida y la de su familia, entre la escuela primaria y su llegada a la universidad. 


Sí, doce años en tiempo real. Lo que no significa que la película dure más de una década, pero sí que ha tardado doce años en ser rodada: trabajando durante todo ese tiempo con los mismos actores y filmando cada año una parte de la historia. Retratando los cambios de los personajes, su evolución, el desarrollo de su personalidad y de sus vidas (o de sus vidas y, por tanto, de su personalidad…quién sabe cuál será el orden correcto) y los efectos reales del paso del tiempo, por dentro y por fuera. 


Como quien se encuentra una vez al año (quizá en Navidad, quizá en verano) con un buen amigo a quien se ve crecer y cambiar con el tiempo. A quien se escucha contar, de tanto en tanto y en un solo encuentro, los problemas, los éxitos, las miserias, las ilusiones y los interrogantes de su año y de su vida. A quien vemos cerrar ciclos, abrir puertas, tomar decisiones, pasar páginas... 


Así se lo muestra la película al espectador, a retazos. En una sucesión de secuencias cotidianas de viajes, celebraciones, tensiones, mudanzas, decisiones de una familia e incluso de algunos de sus momentos intrascendentes en los que poco pasa. Vagabundeando por los mil caminos por los que transcurre la vida diaria de cualquiera. 


¿Pensaba que en el cine estaba todo inventado? Pues no. Y, además, esta lección de creatividad llega carente de espectaculares efectos especiales, y desnuda de toda sofisticación. Ni siquiera necesita maquillaje para mostrar cómo crecen o envejecen los personajes. Simplemente, refleja el paso del tiempo tal cual es. Cómo los tiempos cambian y cómo las cosas y las personas, también. 


Pues no, no todo estaba inventado. Y quizá, quienes hayan seguido la trayectoria de Richard Linklater, su director, disfruten de esta película con el añadido de una sonrisa de complicidad: la que nació, a mediados de los noventa, con la historia del encuentro de una pareja de jóvenes mochileros (Ethan Hawke y Julie Delpy) que se conocen en un tren camino de Viena y pasan la noche juntos conociéndose y enamorándose, sabiendo que deben despedirse y seguir cada uno su camino Before the Sunrise. La misma sonrisa que reaparecería, corregida y aumentada por los años, una década después cuando en Before the Sunset los dos personajes vuelven a encontrarse por azar y pasan una tarde juntos hablando y contándose la vida por las calles de París. La misma sonrisa que, casi otra década después, maduraba el año pasado acompañando a los mismos personajes durante sus vacaciones en Grecia en Before Midnight


Ahora, Richard Linklater completa su obra cinematográfica con esta película que, de alguna manera, reúne todos los elementos de su trilogía anterior, a la que hace muchos guiños y con la que nos lleva de paseo por la vida de cualquiera. Y por lo tanto, también por la nuestra. 


Recorriendo momento a momento la cotidianidad y mostrando los miles de detalles que la componen. A veces, siguiendo la pista de uno de ellos. Otras, quedando todos flotando libremente en el aire y dejando que el viento se los lleve y los años los resuelvan más allá de la mirada del espectador.


Y es cierto que puede que a lo largo de la película no pase gran cosa y que en algunas escenas, en realidad, no pase “nada más” que el paso adelante en la existencia chiquita y única del protagonista. En realidad, “solo” pasa la vida. La vida misma. La vida entera. Con sus momentos valiosos, pero sin olvidar los vacíos y los aburridos. Con sus pequeños dramas y sus grandes miserias y también con sus ratos de risa y la emoción de las grandes celebraciones. Con sus éxitos y sus pequeñas conquistas y con todas las pérdidas necesarias que hay que experimentar para poder crecer. Con la incertidumbre sobre la vida que se vive y la que se quiere vivir y las preguntas sobre la gente que nos rodea y la que va apareciendo en el camino. 


Y fotograma a fotograma, “solo” pasan doce años. Así, sin más. Sin cortes, sin fechas, declaraciones ni calendarios. Siendo testigo directo del paso del tiempo y sólo detectándolo a través de los cambios de los protagonistas, la evolución de las cosas y los estilos musicales que van y vienen y siempre nos acompañan. 

 

Independientemente de que la película continúe recibiendo distinciones, sin duda se hará con un espacio especial en su memoria y en su corazón. Y se quede ahí, guardada con cariño. Como los recuerdos entrañables de cualquier existencia chiquita. "Como si siempre, fuese ahora". 


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