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Las cosas que ya no usamos (II)

Atrás siguen quedando cosas que, un día, fueron protagonistas de la vida diaria. Como todo, como todos, van siendo remplazadas por lo que nos traen los nuevos tiempos. Aquí, una nueva entrega: La enciclopedia

2014/03/23

Por Fernando Travesí

Atrás siguen quedando cosas que, un día, fueron protagonistas de la vida diaria. Como todo, como todos, van siendo remplazadas por lo que nos traen los nuevos tiempos. 

La enciclopedia:

Ahí está. Ocupando un espacio por derecho propio pero, desde hace años, sin llamar la atención. Como el cuadro de un museo frente al que todo el mundo pasa pero en el que nadie repara porque comparte estancia con una gran estrella de la historia del arte que centra y reclama todas las miradas.  

Ahí está: Ignorada en la biblioteca de la sala o en la librería del estudio. Mirando a quien entra y a quien sale, conteniendo la ansiedad cuando alguien se acerca hasta la estantería y aguantando una vez más la decepción al comprobar que, como siempre, la mano se dirigía a coger algún otro libro vecino. Le duele reconocer que hoy, apenas la rozan para quitarle el polvo. Al fin y al cabo, a todos nos gusta sentirnos útiles. 

Ni recuerda la última vez que alguien la buscó y reclamó su utilidad para hacer una búsqueda. Dicen que algunas noches los tomos discuten airadamente entre ellos: el tercero clama que fue a él; el volumen S-R se burla diciendo que todo el mundo sabe que la última consulta fue a sus páginas. Los demás empiezan a opinar, reclamar o a tomar partido y todos se enzarzan en una disputa que puede durar horas y que nunca se resuelve. Luchando por ostentar el dudoso honor de haber sido el último olvidado. Cuando se pierde el sentido, cualquier vestigio del pasado se convierte en relevante. 

Se acabó recibir el volumen de actualizaciones cada año. 
Se acabó la llamada a la puerta del vendedor, o la oferta en el buzón, ofreciendo cualquiera de las miles de versiones infantiles, temáticas, juveniles etc. disponibles entonces en el mercado. Siempre fácilmente accesibles y a pagar en cómodos plazos 
Se acabó la uniformidad cromática de una parte de la librería, 
Se acabó el discutir si esta o aquella era de mejor calidad, más rigurosa o estaba mejor redactada. 

Sintió la amenaza por primera vez cuando aparecieron las primeras versiones digitalizadas. Cuando todo su saber, desparramado en treinta y dos tomos, aparecía concentrado en un disquito brillante e insolente. Al principio, no lo tomó en serio. No pensó que semejante artilugio fuera capaz de desplazarla. Al fin y al cabo, cada una de sus páginas representaba la síntesis del conocimiento humano. Demasiado importante para no ser defendida. Ver cómo otros libros digitales convivían con sus versiones electrónicas la tranquilizó. 

Pero llegó a ponerse realmente nerviosa cuando las versiones de enciclopedias en CD se empezaban a regalar con cualquier computadora y Microsoft inundaba cada hogar con una versión multimedia de su ENCARTA. Ironías de la vida, hoy ambas comparten el estante de las cosas sin usar. Y aún se siguen mirando con desdén en el foso de las cosas olvidadas. 

Fue consciente de que su momento había pasado cuando reparó que para las consultas ya nadie necesitaba repasar mentalmente el orden alfabético. Ni siquiera conocer exactamente el nombre de lo que se quiere buscar. Con profunda tristeza, entendió que no podría competir con el hecho de recibir una pregunta aproximada o mínimamente intuitiva y responder ofreciendo, al instante, una lista interminable de resultados. 

Ya soy de otra época –pensó.
  
Dicen, que hoy se conforma con vivir tranquila viendo pasar los días desde sus estantes y recordando su pasado de esplendor. Cuentan, que a veces tiene pesadillas en las que alguien que nunca comprendió ni vivió su utilidad, aparece de repente para desplazarla al trastero o, directamente, arrojarla con desprecio a la basura. Como si fuera un trasto viejo

           

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