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Las cosas que ya no usamos (y III)

¿Y si las cosas que dejamos de usar no han perdido la esperanza de volver vernos?

2014/04/14

Por Fernando Travesí

– ¿Le oyes? 
– Sí, desgraciadamente sí. 
– Es que no le soporto... –dijo apretando los dientes sin poder disimular la indignación- No sabe estar sin llamar la atención... 
– No. No le basta con habernos desplazado a todos.... además, tiene que ser siempre el centro de atención.
– Que si ahora un sonidito, luego una campanita, después otra tontería nueva… Es un egocéntrico…
– Un narcisista, querida. Es un narcisista –le corrigió 

Estaba oscuro. Por las rendijas se colaban algunos haces de luz y por eso podían saber que era aún plena tarde. Los dos esperaron a que el otro continuara la conversación pero ninguno lo hizo. En su lugar, ambos suspiraron casi al unísono. “No se pongan melancólicos –advirtió una voz desde el fondo- No les hace bien y, además, nos contagian a todos.”

A veces es mejor guardar silencio. No son pocas las veces que intervenir con un consejo bien intencionado reaviva la rabia y convierte al que habla en el blanco de los ataques y la frustración. Así sucedió: 

– ¿Y a ti quién te ha pedido una opinión, digo yo? –reaccionó una con furia.  
– ¡Claro, como a ti aún te sacan de aquí de vez en cuando! –añadió el otro. 
–¡Qué más quisiera ella!… No te creas que tanto, no –se volvió a su amigo para decirle al oído-  Está tan olvidada como tú y como yo... 

No hubo réplica. El aire estaba enrarecido y podía notarse la tensión en el ambiente. Esa que se produce cuando se sabe que la discusión, vaya por donde vaya, siempre acabará mal. Arrepentida por su intervención, la linterna se volvió contra la pared sin decir nada y siguió escuchando la conversación entre la calculadora y el despertador.   

– Además, no sé por qué todo el mundo le cree tan inteligente... hará muchas cosas, pero nada es nuevo... 
–Bueno mujer, algunas cosas nuevas sí que hace, hay que reconocerlo – le corrigió con cuidado el despertador. 
–Lo que es, es un estafador que nos ha copiado todo lo que hacíamos nosotros... ¡¡Nos ha robado las ideas!! –gritó.  

Una voz nueva se escuchó desde la esquina: ¡Psssss, callense! 

– ¡Ah, no! –explotó la calculadora elevando aún más el tono- eso sí me enferma. Que tú, precisamente tú, nos mandes callar y pretendas que no digamos nada… que ni siquiera protestemos por cómo están las cosas…Que nos quedemos callados ¿pero cómo se puede ser tan pasiva y sumisa, eh? ¡No me extraña que hayan dejado incluso de fabricarte! 
– Eso ha sido un golpe bajo innecesario –le reprendió el despertador. 
– Es que el conformismo de esa me saca de mis circuitos… -le confesó la calculadora en un susurro para después añadir con falso arrepentimiento- Perdona. Ando un poco alterada. Lo siento. Acuérdate que soy una calculadora solar y la falta de luz hace que me ponga irascible… Lo siento. 

Tranquila, todo bien. Se oyó decir a la cámara de fotos sin ganas de entrar en discusiones. Estaba cansada, aburrida y se sabía acabada. Había escuchado que tampoco hacían ya carretes. 

De nuevo, se hizo el silencio en el cajón de las cosas olvidadas. La calculadora se quedó soñando despierta imaginando cómo podría ser la próxima vez que la sacaran a hacer algo y pudiera ver la luz del sol y tomar un poco de energía. A su lado, el reloj despertador tictacteaba cada vez un poco más débil. Notaba con ansiedad cómo se le iban terminando las pilas e intentaba sacar cuentas del tiempo que llevaba desterrado de la mesilla de noche. Si me paro aquí, nadie se dará cuenta pensó con una punzada de dolor. Al fondo, en una esquina, la linterna miraba a través de la rendija. Pensaba que quizá pronto podría haber un apagón o una avería de cualquier cosa y pudiera sentirse útil otra vez. 

Fuera, el teléfono inteligente de última generación no dejaba de vibrar y emitir toda clase de sonidos: beeps, campanitas, timbres… De vez en cuando, rompía a cantar a voz en grito hasta que alguien se acercaba a atenderle. Después, reposaba encima de algún sitio, siempre a mano, engreído y prepotente. 

–Ya vendrás...-pensó la calculadora llena de rabia-  Ya dejarás de estar tan contento, y de hacer fotos, y sacar cuentas y hacerte la linterna o el despertador... Ya vendrá otro modelo más moderno y más lindo que tú y te echaran aquí... como a todos. 

De repente, el cajón de los trastos se abrió sin previo aviso. La luz lo inundó todo por un instante incluyendo los sueños y las ilusiones de cada uno de sus habitantes. Pero el día había empezado mal. No hubo revoltijos ni unas manos buscando nada ni a nadie. Sobre unas cintas de cassette y una radio olvidada, cayó estrepitosamente un cargador que nadie sabía muy bien para qué era. 

El cajón se cerró bruscamente otra vez. Se hizo oscuro.  

–¡Lo que nos faltaba hoy!  –protestó la calculadora-  ¡Uno nuevo! 

Y volvió el silencio mientras el cargador trataba de recuperarse del golpe y el aturdimiento y, sin éxito, intentaba acordarse de su función. 

 
                                   

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