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Llegó la primavera...con una esquina rota.

La relación existente entre el arte y el conflicto es compleja. En los momentos más difíciles de la historia las expresiones artísticas se multiplican y se convierten en un valioso vehículo narrativo. Algunas devienen después en obras maestras. Otras, distorsionan la realidad.

2013/10/20

Por Nando Travesí

En su emblemática novela, Mario Benedetti exploraba los oscuros pasillos de la dictadura, la represión, la tortura, los años de cárcel y su impacto en las relaciones familiares. Abordaba también el dolor del exilio y la angustia del superviviente, ese lugar frío al que llega el aire con dificultad y en el que el espeso sentimiento de haber superado una experiencia trágica deja muy poco espacio para la alegría o la satisfacción: el que sobrevive a un genocidio, experimenta una rara culpa de estar vivo, dice en sus páginas.

De hecho, el síndrome del superviviente (hoy, considerado como una de las consecuencias posibles del trastorno por estrés postraumático) comenzó a estudiarse clínicamente al ser observado como un patrón común de comportamiento entre los supervivientes de los campos de concentración del nazismo; y corroborado después con los testimonios y conductas de muchas personas que pudieron superar situaciones dramáticas pero que a la vez, quedaron marcados por la suerte totalmente diferente que corrieron quienes tenían alrededor.

Quizá influenciado por algo así, o abrumado y deprimido por las atrocidades de las que su país había sido testigo, el filósofo Alemán Theodor Adorno pronunció su célebre frase en las postrimerías de la segunda guerra mundial: “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie

Sin embargo, la historia del arte no parece haberle dado la razón.

El reciente libro, Un tren en invierno de Caroline Moorehead (que narra la historia de un grupo de mujeres que pudo regresar de ese campo de concentración) es sólo el último de una larga lista de obras literarias que tienen como punto de partida, o de final, el salvajismo, la crueldad y las atrocidades de la segunda guerra mundial la cual hoy, casi setenta años después, sigue siendo fuente inagotable de relatos e historias. La lista se multiplicaría casi hasta el infinito si a la literatura sumáramos la pintura, la poesía, el teatro o cualquier otra expresión artística; y aún más si ampliáramos el criterio no sólo a la segunda guerra mundial sino a la multitud de conflictos y barbarie que, por desgracia, salpica nuestra historia.

Efectivamente, en los momentos más difíciles y sangrientos las diversas manifestaciones del arte se han prodigado y multiplicado convirtiéndose en un valioso vehículo narrativo. Quizá por la necesidad de expresar el universo de emociones que implica sufrir o ser testigo de una guerra; o quizá, por la necesidad de hacerse preguntas y, si acaso, encontrar respuestas.



Descifrar la relación existente entre el arte y el conflicto es tarea compleja y ha sido, por sí misma, objeto de sesudas reflexiones, tratados y exposiciones. Independientemente de que su expresión sea en palabras escritas, versos, testimonios, diálogos o movimientos sobre un escenario; en notas musicales, pintura, imágenes, figuras esculpidas, descripciones históricas, instalaciones o representaciones abstractas… el arte ha sido plataforma para recuperar y conservar la memoria histórica; para hacer denuncia y difusión pública del sinsentido de la violencia, para dejar testimonio de situaciones específicas que, quizá, la historia hubiera ignorado; o para dar a conocer y sensibilizar sobre una trágica realidad que, a menudo, permanece demasiado oculta.  


Desde las grandes obras maestras de la historia del arte, a las creaciones íntimas y discretas de artistas anónimos y pasando por el arte de vanguardia más cotizado y reconocido internacionalmente, las obras inspiradas en la guerra han servido para luchar contra el olvido, para reflexionar sobre el pasado, para exorcizar demonios individuales y colectivos y para asomarse a los recovecos más oscuros de la historia.




Con el paso del tiempo, han ayudado también a re-significar la violencia, a sublimar la tragedia, contribuyendo a sanar el pasado y, algunas obras, a convertirse en un punto de referencia para un futuro mejor: el bombardeo del pueblo de Guernica hoy sería otra cosa completamente distinta sin del cuadro de Picasso.



Sin embargo, no siempre la relación es idílica o romántica. Es alto el riesgo, (y abundan los ejemplos!) de que la representación artística termine siendo irrespetuosa con las víctimas, superficial, insensible o sensiblera o que, incluso, contenga mensajes implícitos que legitimen la violencia. Por otra parte, no son pocos los artistas que han planteado el dilema ético de aquel (o aquella) que alcanza el prestigio, la fama y la riqueza a través de la representación en sus obras del dolor y la tragedia ajena. 

Pero además, la cultura audiovisual nos ha traído problemas nuevos. En contraposición a la pintura bélica de los siglos pasados (que durante muchos años, cumplía con la función de dar testimonio de hazañas y derrotas de batallas lejanas o de cumplir con los intereses propagandísticos del poder de la época) el cine ha recreado hasta la saciedad las guerras presentes y pasadas y hasta se ha atrevido a fantasear con las que podría haber en el futuro entre países, e incluso entre galaxias...

La gran proliferación de imágenes que recrean la barbarie, la guerra, sus impactos y sus consecuencias ha logrado distorsionar la relación entre ficción y realidad. Y aunque a menudo digamos y sepamos con seguridad que la realidad siempre supera la ficción, paradójicamente y poco a poco, en realidad, hemos convertido a la ficción en nuestro punto de referencia.  

Escenas de algunas películas han logrado desplazar con fuerza los testimonios gráficos reales de determinados hechos históricos y hoy forman parte del imaginario colectivo como la representación real de la historia. Respecto al nazismo, la película la Lista de Schindler es, quizá, un ejemplo perfecto. Probablemente, sea un hecho inevitable pero incluso una visita real a un campo de concentración en Europa (hoy en su mayoría convertidos en memoriales y museos) provoca la evocación inconsciente de las imágenes de la película almacenadas en nuestro cerebro. Como si fueran el soporte verdadero de la historia.

Y aunque sigamos insistiendo en que sabemos que la realidad supera la ficción, curiosamente cuando la realidad nos desborda y nos abruma buscamos un punto de apoyo en la ficción para sostenernos. “Es como de película” se repetía una y otra vez ante el aturdimiento general provocado por las imágenes del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. 

Es de película”. Y al decirlo, en el fondo, recurrimos a la ficción para enfatizar y convencernos de que aquello, de verdad, estaba pasando en la realidad. 

Sí, es posible que sepamos, efectivamente, que la realidad siempre supera la ficción. Pero, curiosamente y en cuanto a las guerras se refiere, hemos llegado a dar más crédito a la segunda que a la primera. 

Quizá lo que nos confunda sea el poder verlo todo, realidad y ficción, a través de la misma pantalla. 

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