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Lo que no tiene nombre.

El mundo se divide en dos clases de personas: las que tienen sensibilidad y las que no. Es difícil discernir por qué algunas personas desarrollan esa sensibilidad y otras no. Quizá por compensación, resulta facilísimo distinguir entre quienes la poseen y quiénes no.

2013/11/04

Por Fernando Travesí

Aunque el género de la palabra sea femenino y el texto del diccionario (aún un tanto machista) tenga todavía pendiente adjudicársela también a la mujer, en su segunda acepción, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra sensibilidad como la propensión natural del hombre a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura.

Y pareciera que la palabra y su concepto, sirve también para clasificar el mundo en dos clases de personas: las que tienen sensibilidad y las que no.

Pensar que el mundo del arte es el receptor natural de las personas con mayor sensibilidad y la creencia de que en escenarios, estudios, talleres y escuelas de arte predominan las personas sensibles es casi un lugar común. Sin embargo, cualquier recorrido por las bambalinas de una producción artística  o por la trastienda de la creación demuestra fácilmente que en el mundo del arte pueden también encontrarse un sinnúmero de gente sin alma ni corazón.  

También existe una tendencia a pensar que hay una gran concentración de personas sensibles, esto es con propensión a la humanidad, la compasión y la ternura en el mundo humanitario, en la cooperación al desarrollo, en los servicios de emergencia, en la medicina… En definitiva, en aquellas profesiones que tienen como objetivo ayudar o aliviar a los demás y que, por definición, tienen en el bienestar del otro su fin último y su razón de ser. Sin embargo, conocer al detalle esos mundos es también experimentar el chasquido seco que retumba en el corazón cuando se rompen los ideales al constatar el alto número de profesionales trabajando enganchados en un egocentrismo que no deja lugar ni a la emoción, ni a la empatía ni al contacto con el otro y que, a menudo, es incluso capaz de eclipsar a las personas que viven con verdadera vocación de servicio y dejan con sus actos, grandes lecciones. 

La vida y sus recovecos no tendrían dificultad en demostrar que en el sótano sin ventanas de la más lúgubre institución, se pudiera encontrar la persona más sensible del mundo trabajando de nueve a cinco en una existencia aparentemente rutinaria detrás de una ventanilla. Y que, si pudiéramos saber o mirásemos con atención, podríamos también detectarla tras el volante de un autobús o detrás de un mostrador… con la misma frecuencia con la que la atribuimos a la vida en los escenarios, entre los olores del óleo y los lienzos, en los pasillos de un hospital o en la emergencia de los corredores humanitarios.  

El día a día, la gente y sus conversaciones demuestran que no importa el trabajo, ni la profesión, el físico o el entorno. Que da igual el sexo, la edad, el color, la estatura o los estudios; ni la capacidad intelectual ni el dinero que se tenga o que falte en los bolsillos. Y que al final, el mundo se divide en dos tipos de personas: las que sienten con el otro, se compadecen y emocionan con las vidas ajenas con las que se cruzan y construyen sus sentimientos sobre una base de humanidad y ternura. Y las que no.

Las que desde su escritorio, ventanilla, escenario, micrófono, mesa de consultorio, banco de piedra, sillón de cuero, asiento de adelante o de atrás, tarima, teléfono o mostrador etc. son capaces de hablar, recibir y transmitir sensibilidad hacia el otro. 
Y las que no.

                       
 

Es difícil discernir por qué algunas personas desarrollan esa sensibilidad y otras no. Quizá por compensación, resulta facilísimo distinguir entre quienes la poseen y quiénes no. 

Las teorías psicológicas de la resiliencia (que aplican ese concepto físico de resistencia a la capacidad humana de recomponer nuestras vidas después de un sufrimiento extremo) señalan a menudo el impacto y el potencial sanador que puede tener en quienes están sufriendo, los encuentros con terceros que la literatura llama “personas significativas”. Se trata, ni más ni menos, de los momentos de contacto con una persona (a menudo sin especial relación afectiva o incluso desconocida) que se cruza en el camino de alguien traumatizado para quien la vida no tiene o está perdiendo su sentido, y que es capaz de alumbra un poco el destino oscuro de las cosas con una muestra de afecto, con unas frases reveladoras, con un gesto cómplice y comprensivo, o con una sonrisa cálida y un silencio que arrope…Algo, lo que sea, que permite devolver un poco de esperanza en medio de un paisaje frío y duro. 

Es difícil comprender cómo, si la sensibilidad es una propensión natural del hombre (y la mujer), se antoja tan ausente en el discurrir cotidiano del trabajo, las gestiones, los servicios, el arte, la necesidad e incluso, y más dramático aún, en la familia y en la intimidad.

Quizá sea porque la sensibilidad no es un valor en alza. Y quizá por eso hemos quitado el estudio de humanidades de muchos programas de escuelas y universidades.
Quizá sea porque nos hemos empeñado en tecnificar e intelectualizar todos los aspectos de la vida, obsesionados por aplicar modelos científicos de las ciencias exactas a la imperfecta realidad de las personas. Quizá por eso, también hemos olvidado que la economía no son matemáticas, sino ciencias sociales. 
Quizá, porque hemos convertido la educación en una máquina de estandarización que ensalza un modelo homogéneo y condena (expresa, tácita o tácticamente) la diferencia.
Quizá porque la academia y la actividad profesional se nos ha convertido en una jungla en la que se fomenta y predomina el pensamiento de que sólo valen los mejores, los que más ganan, los que más publican, los que más venden, los que más llenan, los que llegan más alto… Y se propagan tendencias, slogans y mandatos que impiden la crítica, recriminan la protesta y procuran que el esclavo se sienta accionista. 
Quizá por olvidar que cultura y entretenimiento no son sinónimos y quizá por pensar que la primera no necesita la promoción y la defensa que requieren los bienes públicos. Quizá por marginarla por acción u omisión ante otros fenómenos y quizá por asegurar con certeza que puede sobrevivir y aguantar impuestos o precios que la convierten en un bien de lujo inaccesible.  

Quizá por algo, quizá por todo, nuestra sociedad anda corta de sensibilidad.  


Es posible que cuando la poetisa y escritora Piedad Bonnet sintetiza su trágico aprendizaje personal en LO QUE NO TIENE NOMBRE, no se esté refiriendo solamente al dolor y al duelo de una madre que presiente y se enfrenta al suicidio de un hijo cuya vida íntima está marcada por la esquizofrenia. Es probable que se esté refiriendo también a toda esa maquinaria sin sentido que ha convertido el mundo moderno en un lugar que se beneficia infinitamente de la tecnología pero en el que falta sensibilidad en los momentos en los que más se necesita. 


Y si fuera verdad que las personas pueden dividirse entre las que tienen sensibilidad y las que no, quizá, lo que no tiene nombre, sea la maldita fatalidad de cruzarse, en momentos claves de la vida, con personas que no son capaces de ver ni oír lo que le pasa al otro por dentro. 

Aunque el de al lado grite desde el silencio o esté ardiendo en llamas.

Piedad Bonnett y Ricardo Silva.Conversatorio 4º Festival Literario de Bogotá
Piedad Bonnett y Ricardo Silva. Conversatorio 4º Festival Literario de Bogotá. 

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