Magnus Carlsen

Magnus Rex: perfil del nuevo campeón mundial

En noviembre de 2013, Magnus Carlsen, el más reciente fenómeno del ajedrez, le arrebató la corona al indio Viswanathan Anand y se convirtió, a los 22 años, en el segundo campeón más joven de todos los tiempos. Calmado, despistado y multimillonario, hoy el noruego lidera la nueva generación del juego y está encaminado a devolverle la popularidad al deporte ciencia.

2014/05/09

Por Christopher Tibble

En noviembre de 2013, Magnus Carlsen, el más reciente fenómeno del ajedrez, le arrebató la corona al indio Viswanathan Anand y se convirtió, a los 22 años, en el segundo campeón más joven de todos los tiempos. Calmado, despistado y multimillonario, hoy el noruego lidera la nueva generación del juego y está encaminado a devolverle la popularidad al deporte ciencia. 

En el imaginario colectivo de los ajedrecistas no hay lugar más icónico que Washington Square Park, Nueva York, el parque donde maestros descarrilados, vagabundos y aficionados se baten por plata desde el amanecer hasta que caen los últimos rayos de sol. El mismo parque donde de joven el director de cine Stanley Kubrick, en ese entonces un fotógrafo amateur, se refugiaba para ganar monedas jugando. Allí, como en tantos otros parques, los ancianos y jugadores experimentados viven pendientes del próximo Bobby Fischer. Cuando pierden contra un niño o adolescente desconocido, su enojo se revierte y se transforma en admiración. La película En busca de Bobby Fischer, de 1993, en la que el parque aparece en varias ocasiones, ayudó a consolidar ese mito. 

En el otoño de 2010, Magnus Carlsen fue a Nueva York invitado por la marca de ropa G-Star Raw, uno de sus patrocinadores, a modelar junto a la actriz Liv Tyler y a participar en un evento denominado ‘Magnus Carlsen contra el mundo’, una partida donde aficionados podían escoger entre tres movidas sugeridas por maestros. La jugada que obtuviera el mayor número de votos era elegida. El noruego batió al mundo en 43 jugadas. Un fin de semana, Carlsen visitó el mítico parque para enfrentarse con los famosos ‘chess hustlers’. Cuando llegó, nadie sabía quién era. Como en la película noventera, pensaron que se trataba de una víctima más. Y como el protagonista de la cinta, Carlsen no solo les ganó sino que los destrozó en pocas jugadas. Cuando les dijo quién era, todos esbozaron una sonrisa incrédula: finalmente habían conocido al próximo Bobby Fischer. 

Al igual que el estadounidense, Carlsen saltó a la fama internacional en Reikiavik. Corría 2004 y el noruego, de 13 años, participó en un torneo donde también se encontraban los dos jugadores más importantes de los últimos años: Gary Kasparov y Anatoli Karpov, quienes durante la década de los ochenta disputaron la corona del ajedrez en cinco ocasiones. El noruego, a punto de convertirse en el gran maestro más joven de la historia, llegó a la helada capital con su familia, varias botellas de jugo de naranja y una pila de comics. Antes del arranque del torneo, lo entrevistaron en una piscina: “Entiendo el interés que produce que juegue contra un campeón mundial. Creo que será difícil jugar contra Kasparov, pero creo que le puedo ganar a Karpov”.

El primer día del torneo Carlsen enfrentó a Karpov y, como había dicho, lo venció. El siguiente día jugó con Kasparov, quien llegó media hora tarde al encuentro. El ruso había perdido su título de campeón mundial hace cuatro años pero todavía era considerado el oponente más aterrador del circuito. Tenía fama de intimidar a sus oponentes y a veces hasta los regañaba si jugaban mal o si se rendían sin dar una pelea. Pero Carlsen, con las blancas, no se inmutó. Le tendió una trampa en la apertura y a las pocas jugadas tenía una posición superior. Estaba tan tranquilo que en un momento hasta se paró de su asiento a mirar otras partidas. Solo cuando se dio cuenta que en serio podía ganar, se puso nervioso y el ruso logró sobrevivir de milagro. Tablas. “Fue un partido duro. Corría el riesgo de salir en las portadas de los periódicos no como la joven promesa sino como la vieja víctima”, diría poco después Kasparov. Cuando volvieron a jugar, a los pocos días, el ex campeón solventó la partida en apenas 32 jugadas. Carlsen, iracundo, solo logró musitar: “jugué como un niño”. Faltaban 8 meses para que cumpliera 14 años. 

Pero, para ser justos, el noruego nunca fue un niño común y corriente. A los dos años podía resolver un rompecabezas de 50 piezas y a los cuatro ya se había memorizado las capitales, poblaciones y banderas de los 430 municipios de Noruega. Su extraordinaria mente le permitía concentrarse en algo por horas y almacenarlo en una fina hebra de memoria para siempre. Su padre, Henrik, un ingeniero al igual que su esposa, “creía que era algo normal”. También un aficionado al ajedrez, le introdujo el juego a su hijo cuando este tenía 5. A Magnus, sin embargo, no le llamó mucho la atención: prefería el fútbol y el esquí. Decepcionado, Henrik tardó tres años en volver a tocar el tema. Pero esa vez Magnus quedó fascinado. Nunca había contemplado algo tan complejo y difícil de entender. También lo motivó el hecho de que su hermana mayor jugara. 

                                           

                                                                               

Así, sin previo aviso, el ajedrez entró a formar parte de la cotidianidad de los Carlsen. El pequeño Magnus, después de leer la pequeña colección de libros de su padre, empezó a obsesionarse con el juego. Jugaba todo el tiempo e incluso en los desayunos prefería practicar movidas que hablar con su familia. Tardó un año en ganarle a su papá y desde entonces no volvió a perder contra él. Su vida, repentinamente, empezó a girar en torno al juego. Por las tardes, Henrik lo recogía en sus clases de esquí y lo llevaba a las de ajedrez. Su primer profesor, un antiguo campeón juvenil de Noruega, quedó atónito con la naturalidad con la que Carlsen entendía el juego. Tenía una intuición altamente desarrollada que le permitía ‘sentir’ dónde deberían estar las piezas. Además, podía recordar partidas enteras. Hace poco el noruego confesó que archivaba en su mente más de 2.000 juegos. Un compañero, Jon Ludwig Hammer, quiso hacerle una prueba. Seleccionó varias posiciones de los últimos 150 años y se las mostró a Carlsen, quien no solo fue capaz de recordar quienes las habían jugado, sino también el año, torneo y vencedor.

Tanto su memoria sobrehumana como su intuición fueron cruciales cuando obtuvo el campeonato mundial en noviembre del año pasado, pero igual, o quizá más importante, fue su estilo de juego, el cual ha sido descrito como ‘aburrido y lento’. Carlsen juega ajedrez posicional, un estilo que evita riesgos y estrangula lentamente al contrincante. A diferencia de maestros como Kasparov y Tal, quienes buscaban propiciarle a sus oponentes KO’s rotundos mediante trucos y presión psicológica, el noruego marcha sin afán hacia la victoria, con movidas sutiles, aumentando su ventaja casi imperceptiblemente, al punto que hasta los mejores no saben qué hacer y a menudo ni siquiera se dan cuenta que están perdiendo hasta que atisban la sonrisa de satisfacción en el rostro del escandinavo. 

Pero Carlsen no siempre jugó así. De adolescente su estilo de juego se caracterizaba por ser agresivo como el de Kasparov y Tal. Sacrificaba piezas a la lata para obtener posiciones más dinámicas y lo hacía de forma tan espectacular que en un torneo en 2004, tras varios sacrificios seguidos, hizo un hermoso ‘mate epaulette’, uno de los jaque mates más inusuales. Gracias a esa victoria, un periodista del Washington Post lo bautizó el ‘Mozart del ajedrez’, apodo que conserva hasta el día de hoy. Pero al poco tiempo, Carlsen se dio cuenta de que su estilo descaradamente agresivo no servía contra la élite, a la que ya había empezado a enfrentar. Así que empezó a jugar cada vez más como la cosa que más despreciaba en el mundo: las computadoras. Desde pequeño, el noruego, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, ha odiado practicar contra ordenadores,  pues siente que es “como jugar contra alguien muy estúpido y, sin embargo, siempre perder”. 

Carlsen prefiere jugar contra otra gente y a los 13 años cumplió su sueño de hacerlo contra los mejores. Henrik, ya consciente del talento de su hijo, sacó a Magnus y a sus tres hermanas del colegio para hacer un viaje sabático por Europa e ir a los torneos más importantes de ajedrez. Fue un sacrificio inusual, en especial en Noruega, pero al final dio frutos: en los 150 torneos a los que fueron la joven promesa se consolidó como un fenómeno y fue, precisamente al final de esa gira, que Magnus jugó contra Karpov y Kasparov. 

Desde entonces la carrera del escandinavo tomó vuelo de forma meteórica. A diferencia de otros prodigios, que después de unos años tienden a desacelerar su ritmo, Carlsen siguió absorbiendo conocimiento con alarmante voracidad. Un mes después del torneo en Reikiavik, se convirtió en el gran maestro más joven de todos los tiempos (récord que hace poco rompió el chino Wei Yi). Empezó a ser invitado a los torneos más prestigiosos del circuito y poco a poco derrotó a los mejores jugadores del momento. Si en 2004 era el número 700 del mundo, en 2008 era el número 6. A los 16 años, sintió por primera vez que “podía ser el mejor del mundo”. Y para lograr el salto final, en 2009 contrató al temido Kasparov, quien le enseñó el lado psicológico del juego, algo que el noruego confesó hace poco en una entrevista con el periódico Le Monde. Al año de comenzar su riguroso entrenamiento con el ruso, se convirtió en el número uno del mundo. Pero de la nada la colaboración colapsó, pues al parecer la arrolladora personalidad de Kasparov había empezado a drenar al escandinavo. 

Hoy vivimos en la era Carlsen, un genio que en más de una ocasión ha confesado que no sabe por qué es tan bueno: “el juego simplemente me llega con naturalidad”.  Gracias a él, el ajedrez ha resurgido del anonimato. Durante el campeonato mundial contra Anand en noviembre, las partidas fueron transmitidas en vivo por la televisión noruega. Cuando juega en un torneo, cientos de miles de aficionados ven en vivo el desenlace a través del internet. Todos pendientes del fenómeno del norte de Europa, quien durante los torneos a menudo juega póker y Nintendo y duerme entre 10 y 11 horas mientas sus oponentes pasan toda la noche estudiando sus juegos. Aunque no se dé cuenta, hoy se encuentra en sus manos el destino del juego. 


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