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Más música de Lynch

Si el cine de Lynch llega a ser exquisito y enigmático; sus canciones, a pesar de contar con novedosas técnicas de producción, no resisten ser oídas varias a la vez sin suscitar algunos peros.

2013/08/26

Por Camilo Velásquez

The Big Dream se titula el álbum más reciente del director norteamericano David Lynch. Un nombre acertado si se tiene en cuenta que al artista le antecede una trayectoria cinematográfica con la que ha consolidado una mirada propia del delirio y las realidades trastocadas. Sí, es un buen nombre, y quizás también una producción interesante para quien esté familiarizado con la estética de sus películas y quiera experimentar ese “gran sueño” destilado en acústica.


The Big Dream, álbum de David Lynch


No son pocos los momentos en que oyéndolo evocamos el imaginario de sus películas. Y cómo no hacerlo si entre las características más destacadas de estas canciones encontramos la cadencia intrigante de su distintivo blues down tempo,  arpegios de guitarra entre brumas de reverberación, riffs distorsionados que se ensamblan con golpes insistentes, persecutorios, piezas de tonadas naive enrarecidas por una atmosfera turbia que, con alguno que otro metal desafinado, conforman la misma constelación acústica esencial de producciones como Blue Velvet (1986), Twin Peaks (1990-91) o  Mullhooland Drive (2002): sonorizadas por Angelo Badalamenti, músico sin en la cual los inconfundibles sueños de Lynch habrían resultado seguramente diferentes. 


La posibilidad que abrió Lynch al publicar canciones impregnadas de su cine ha resultado sorprendente y magnífica en los aspectos ya mencionados; en otros, reiterativa y fútil. No hay que olvidar que en noviembre del 2011 publicó Crazy Clown Time, un álbum que, tanto en lo bueno como en lo reprochable, no marca diferencias sustanciales con este nuevo lanzamiento. 


Si el cine de Lynch llega a ser exquisito y enigmático; sus canciones, a pesar de contar con novedosas técnicas de producción, no resisten ser oídas varias a la vez sin suscitar algunos peros. Es llamativo que a un artista con tantos años de experiencia en composición pueda dejarlo indiferente la caricaturización que hace de su estilo al reincidir en el abuso de efectos de voz y reverberación. Con estas fijaciones, Lynch degenera la textura onírica del disco en una mezcla pueril saturada de efectos extravagantes, innecesarios.


Dos o tres días antes de oír The Big Dream, un profesor de piano me comentaba sobre sus dificultades con los alumnos que se obstinan en abusar del pedal de reverberación, dijo que con dicho pedal no solo se amplifica el volumen del piano sino que se confunden y se suman los sonidos de las notas, y que es de lo último que se debe aprende a usar porque el pedal de reverberación, cuando no acostumbra a muchos a disimular errores  técnicos, les sirve a otros para dar un efecto de profundidad artificiosa, inapropiada.


Muchas de las canciones de este y del anterior álbum, dan la impresión de practicar el segundo tipo de error: al oírlas se percibe en ellas que el esqueleto sonaría mejor con menos de la mitad de toda esa floritura bizarra, y que la atmósfera de bruma, el remanente de tanto sonido en eco, no echaría a perder su finalidad onírica de ser usado con moderación.


Pero por muchos elementos que Lynch haya sustraído de la estética de Angelo Badalamenti, o por poco que sea capaz de moderar el uso de ciertos efectos insidiosos, el álbum consigue emocionar aún al prevenido. Eso, repito, si  el oyente no se autoimpone la fútil tarea de oír el álbum de un solo tirón. Canciones como “Say it”, “Sun Can’t Be Seen No More” o “Star Dream Girl”,  incitan a bailar como si lo hiciéramos en un cuarto sucio de motel – muy al estilo de cierta escena de Inland Empire- ocupado de repente por mujercillas que se mueven al golpe de relámpagos estroboscópicos. 


La producción es fecunda en audacias y efectos que abruman; en Last Call, por ejemplo, las guitarras se tejen gracias al paneo, dando lugar a planos más profundos y más superficiales al de la voz, y el remanente de ruidos se espesa y se dispersa abruptamente suspendiendo el sueño como en tantas canciones de Cocteau Twins. 


Canciones como Cold Wild Blowin o The Line it Curves (joya del disco), musicalizan con gracia esa combinación tan propia de Lynch en la el que el candor y la nostalgia, el anhelo y el beso casto, se tornan gracias a alguna inconsistencia de atmósfera, en una situación invadida de imposibilidad o de morbo. De esas ambigüedades está lleno el disco, la obra de Lynch.


Y lo cierto es que The Big Dream,  pequeño de concepto, está diseñado para enriquecer la afición de quienes ya admiran su arte; poco probable es que ocurra lo contrario, la música por si sola no sorprende mucho, tampoco engancha. 


¿Las letras? Bueno, ya se sabe…  al cantarlas detrás de tantos efectos, Lynch nos aconseja no preocuparnos demasiado por ellas.


esfaleron@gmail.com

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