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Me debo la juventud

Es agradable encontrar amistades jóvenes y maravillarse con la naturalidad con que esas personas se acercan a lo que, para otras de su edad, resulta anticuado. No tan agradable es darse cuenta de que esa persona ha leído más de cuatro veces los libros que uno leyó a esa edad

2012/08/24

Por Andrés Laverde Ortiz

Para Mariale ;)

 

Hace unos pocos días tuve un episodio… digamos sorpresivo-vergonzoso. Compartía una tertulia musical y literaria con una amiguita de apenas 13 años, una bella y ávida lectora que además es fanática de (por lo menos para mi) la mejor banda del planeta, The Beatles, y con quién justo por esto último, comparto una singular complicidad que ella no tiene con muchos de sus contemporáneos, ni con sus padres, ni con su tía (mi futura esposa).

 

Es agradable encontrar amistades tan jóvenes y maravillarse con la naturalidad con que esas personas se acercan a lo que, para otras de su edad, resulta anticuado: música, libros, arte, deportes, un larguísimo etcétera. No tan agradable es darse cuenta de que esa personita ha leído a sus 13 años más de cuatro veces los libros que uno leyó a esa edad.

 

Vergüenza. Esa fue la sensación que explotó en mi, despacio y sutilmente, al enterarme de esa envidiable cifra: una chispa de miedo enciende un extraño pudor (que lamentablemente compartimos muchos adultos con nuestras experiencias pasadas), haciendo estallar un peligroso elemento altamente inflamable: el ego.

 

Envidia fue la segunda. Pero eso, para mí al menos, es algo más saludable. No soy de los que mueren por eso, como dice aquél adagio popular. Considero que una buena dosis de envidia constituye un excelente halago para la persona envidiada. “Envidia de la buena”. Cliché.

 

Voy a hacer una enumeración breve de sus más de 50 libros leídos: El Diario de Anna Frank, toda la saga de Harry Potter incluyendo Los Cuentos de Beedle el Bardo, Jane Eyre de Charlotte Brontë, toda la saga de Crepúsculo, todas las Crónicas de Narnia, La vuelta al Mundo en 80 días de Verne, La Metamorfosis de Kafka, La Odisea de Homero, Los Niños del Agua de Charles Kingsley (un libro que tuve el placer de regalarle), Charlie y la Fábrica de Chocolates, los primeros libros de la serie Percy Jackson y los Olímpicos (cuyo primer título es El Ladrón del Trueno) y también el primero de Los Juegos del Hambre.  ¡Claro! Todos son libros muy actúales (y como pueden ver no hay uno solo nacional), pero deben reconocer que los clásicos de la mezcla son inesperados. Su hambre de letras es tal como la definida en la canción Voracidad de La Unión. Olvide contar que está leyendo El Quijote.

 

Hice la lista para que vean como, de la misma envidia, brota la simpatía. La felicidad porque su niñez tenga una cantidad de libros a la que yo no tuve acceso. Mis padres tuvieron una biblioteca que no visitaban (ni animaban a visitar), con algunos títulos valiosos que yo no encontraría sino hasta mis 17 o 18 años, escondidos detrás de los atlas del periódico El Tiempo (entre ellos Paraiso Perdido de John Milton). En mis tiempos de escuela, además, todos los profesores esperaban que uno leyera La María de Jorge Isaacs, El Cantar del Mio Cid, El Contrato Social de Rosseau (un libro que uno debería releer muchas veces a los 20 y no a los 12 años) y los mil veces malditos Juan Salvador Gaviota y Juventud en Éxtasis. ¿Dónde estaban Caicedo, Borges, Hesse, Salinger, Twain, Dickens, Tolkien? ¿Dónde los baobabs, Julieta, Sherlock, Danielito Bang, Demian, Moby Dick, los cronopios, las famas? ¿Dónde, DÓNDE?

 

Hace poco, en el 50 aniversario de la muerte del nobel de literatura, Hermann Hesse, comenté (sobre la efeméride publicada en la página de Facebook de Arcadia) como lamentaba no haber leído ni uno solo de sus libros. Otro usuario de esa página, Álvaro Sánchez Garcés, me respondió “nunca es tarde para nada y menos para leer”, una moraleja con la que cierro esta entrada y que invito a practicar, aún cuando sea demasiado tarde para seguir respirando.

 

Si les gustó esta entrada, les recomiendo esta otra lectura sobre los textos obligados por las instituciones educativas: "Queriendo leer"


Bonus track:

 

Hace un par de meses terminé de leer la serie de La Materia Oscura de Phillip Pullman, una compleja obra llena de intrincadas reflexiones filosóficas y teológicas que todos, desde el seguidor de Hawking hasta el mismo procurador Ordoñez deberían leer (y hacer leer a sus hijos). También el muy conmovedor El Ruido de las Cosas al Caer de Juan Gabriel Vásquez y el clásico "cyberpunk" Sueñan los androides con ovejas eléctricas. ¡Todos recomendados! ¡Pronto reseñas!

 

Bonus track 2: ¡Voracidad!



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