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Mensaje en una etiqueta

La moda, un testimonio individual y colectivo. Testigo silencioso de cada época. Y en la era de la globalización, bajo una sombra alargada y muy, muy oscura.

2013/10/20

Por Nando Travesí


La ropa, los trajes, los vestidos que usamos son, además de un objeto cotidiano, una manera de expresión. Hace ya mucho tiempo que lo que nos ponemos traspasó su función más obvia y dejó de ser un simple tejido, un trozo de tela, para convertirse en una plataforma de la personalidad y en un vehículo para proyectar las ideas. A veces, en verdaderos estandartes y declaraciones de principios. A menudo, en indicadores (o deseos) de pertenencia a una tribu u otra. También, en señas de identidad de un país o una región. 

Repasar los atuendos y la indumentaria es una manera más de viajar por la historia y descubrir, a través de ellos, las tendencias, los acontecimientos y los pensamientos de cada momento, de cada civilización. La ropa, un testimonio individual y colectivo. Testigo silencioso de cada época.   

Son muchas las tesis que defienden que la moda es una parte fundamental de la cultura. El primer canal de exteriorización de las emociones y el pensamiento individual y un elemento clave para las relaciones colectivas. Su poder de influencia es tal que llega a servir como un criterio clasificador estético y social.  

Y quizá por eso, en la época de la globalización la moda se ha convertido en una gran industria planetaria que influye enormemente en comportamientos individuales y colectivos y que mueve ingentes cantidades de dinero. Tanto en su diseño y producción como en su distribución, publicidad, promoción y, especialmente, su consumo. 

   

Los mejores espacios comerciales de las grandes ciudades del mundo están hoy día copados por establecimientos de marcas de ropa (de precio medio, alto o altísimo) que replican los mismos esquemas en sus escaparates de Bogotá, Nueva York, París, Bangkok, Madrid, Moscú o Buenos Aires. Salvo por los evidentes cambios de clima y estaciones o por adaptaciones menores a tradiciones o gustos locales, a lo largo y ancho del mundo se replica la misma indumentaria y las mismas tendencias. Los mismos productos.   

Mientras, se suceden los clientes que entran y salen. Se reproducen los desfiles y ferias que anuncias las últimas creaciones, la publicidad que inserta sus mensajes en la televisión, radio o prensa; y las revistas monotemáticas y especializadas que muestran la vida y éxito de sus protagonistas: diseñadores, empresarios, modelos, fotógrafos etc.

 
La moda, la elegancia, el estilo, la seducción, la distinción... 
Deslumbrado por los focos y el glamour, el mundo creativo que siempre ha acompañado a la ropa, parece quedar reducido a una endeble declaración de principios que caduca cada temporada. 

Pero, desde hace unos años, una sombra se yergue sobre la industria de la moda. Y es alargada y muy, muy oscura.  

En los suburbios del mundo, se multiplican las fábricas y los talleres en los que trabajan ininterrumpidamente y en condiciones infrahumanas, a veces de pura esclavitud, hombres, mujeres, niños y niñas que cortan y cosen sin descanso la ropa que poco después veremos expuesta en los elegantes y atractivos escaparates de los grandes almacenes. Moda, elegancia, estilo y distinción a precios al alcance de todos. 

Ni la existencia de esta realidad era un secreto; ni tampoco la tragedia del edificio Rana Plaza (Daka, Bangladesh) ocurrida el pasado mes de abril y en la que murieron más de mil cien trabajadores y, sobre todo, trabajadoras, la primera. Sin embargo, las dimensiones y la crueldad de la catástrofe (los empleados fueron obligados a volver a sus puestos después de un desalojo inicial ante las grietas que presentaba el edificio) lograron ocupar las primeras páginas de la atención mundial. 

Por un instante, los focos giraron ciento ochenta grados y alumbraron con claridad el mundo despiadado de la trastienda: miles de personas malviviendo hacinadas fabricando ropa para el Corte Inglés, Wal-Mart, Mango, C&A, Primark etc. Cadáveres destrozados, sepultados bajo los escombros y desgarradoras escenas de dolor de los familiares agolpados junto a las ruinas, aferrados a una esperanza difusa.  

Terminada la noticia, los destellos publicitarios vuelven a iluminar las últimas colecciones de esas mismas marcas. 

¿Qué ha cambiado desde entonces? Aunque la presión de la opinión pública (un millón de firmas recogidas en todo el mundo) logró que algunas de las marcas involucradas y que producen su ropa en Bangladesh firmaran acuerdos o declaraciones para incrementar la seguridad, elevar los salarios mínimos o mejorar las condiciones laborales aún está por ver los efectos reales que esto pueda tener. 

Mientras, otras empresas implicadas en la catástrofe (Mango, Inditex: grupo que engloba Zara, Massimo Dutti, Stradivarius etc.) aún no se han comprometido con las indemnizaciones a las víctimas o rehúsan a asumir algún tipo  de responsabilidad (legal o moral) argumentando que, en el momento de la tragedia, no tenían pedidos con la fábrica. Aunque así los hubieran hecho con anterioridad o hubiera proyecciones de tenerlos a futuro…

Para los que no han muerto, la vida sigue en otros talleres similares
Y ya llega la nueva colección otoño-invierno. 

En medio de los dos mundos, como único puente, un pequeño trozo de tela de dos centímetros por uno que dice escuetamente: Made in Bangladesh. Made in China. Made in India.  El mensaje, en una etiqueta

Como reflexionaba Marta Ruiz en su excelente y conmovedor artículo aparecido en el número 93 de esta revista, quizá la impresionante foto el último abrazo que ilustra con crudeza y perfección ese lugar terrible en el que se encuentra la codicia con la indefensión, el abuso con la humilde resistencia, la brutalidad con el sentimiento tierno y asustado de quien sabe que ha nacido en el lado perdedor, debería exhibirse en los escaparates de algunas de las tiendas más conocidas del mundo.
 
Quizá, debería incluirse en anuncios y etiquetas para recordar a los consumidores que muchas de las compras que hacemos tienen atroces y dolorosas consecuencias allá donde no vemos. 
En aquel lugar, tan lejano, en el que no estamos. 

Y que la relación, es más directa de lo que nos atrevemos a imaginar




Para saber más
Campaña Ropa Limpia: http://www.ropalimpia.org/es

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