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Monumento a los héroes

En el marco del XIV Festival de teatro de Bogotá, el IDPC, en conjunto con el Museo de Bogotá, presenta la instalación Maqueta para el Dante del artista José Alejandro Restrepo. Se trata de un recorrido, de arriba a abajo, que reúne una serie de video instalaciones en el interior del Monumento a los héroes y que tuve la suerte de recorrer un día antes de la inauguración, sin nadie adentro.

2014/04/14

Por Daniel Salamanca


Fotografía del Museo de Bogotá / Fotografía particular al interior del monumento. 


En la intersección entre la autopista Norte y la avenida Caracas, ahí donde aterriza la calle 80 desde el occidente de Bogotá, se yergue un monumento que todos hemos olvidado, el monumento a los héroes. Se trata de un enorme habitáculo rectangular forrado en piedra de color amarillo y en cuyo frente posa un Bolívar de bronce encima de un caballo del mismo material. Construido en 1963, este lugar, más que recordar a los caídos en el proceso de independencia (que era su objetivo inicial), representa, a mi modo de ver, décadas de contradicciones políticas. En aquella ocasión en los zapatos de un conservador incendiario como Laureano Gómez que al año de mandato fue derrocado, tras un golpe de estado, por el  primer dictador de Colombia, el general Rojas Pinilla. El monumento, que coincide con aquel indignante teje-maneje de nuestra historia, y que se suponía debía ser un inspirador museo (curiosamente diseñado por dos artistas de la Italia fascista), quedó entonces reducido a un mausoleo de nuestra cíclica memoria política. Muy apropiado. Y Dantesco en todo caso. 


Cincuenta años después, en un momento distinto, pero probablemente viviendo muchas de las mismas contradicciones que nos aquejan desde siempre, el IDPC, junto con el Museo de Bogotá, y en el marco del XIV Festival de teatro de Bogotá, proponen una intervención que hace parte del programa Teatros de la memoria. Les hablo de una instalación del artista José Alejandro Restrepo (el más reciente ganador del premio Luis Caballero), quien propone un espectacular descenso al infierno, como lo describió Dante en su Divina Comedia. De nuevo, sumamente apropiado. No sólo por todo la carga simbólica que suele construir Restrepo con su obra sino por la ironía que se desprende de este lugar que se constituye en un pivot de la geografía nacional (es el punto de encuentro de todas las principales salidas de la capital), pero también, en una ruina de nuestro lento progreso. Y la obra traduce eso, pero sobretodo, la sensación de entrar a un lugar inhóspito y abandonado por el tiempo -el último evento fue una feria de diseño muy inapropiada para el lugar- cuya intervención pretende hacer un comentario, no sólo con respecto al edificio y su húmedo interior, sino, hacia los componentes sociales que construyen nuestro propio infierno. El infierno de la violencia, de las desigualdades, del olvido, del subdesarrollo, del choque de ideologías y de la incapacidad de reconocer al otro. 


Yo estuve el pasado jueves 3 de abril. La noche estaba fría, lluviosa, ideal para quedarse en casa. Pero uno de los arquitectos encargados del montaje (Antonio Yemail de oficina informal) me invitó a ver unas pruebas. Así que no quise perderme la experiencia sin el público. 


La sensación fue la siguiente: entre el velo gris que genera la lluvia, y a lo lejos,  flotaban unas líneas blancas de luz neón. Cuando uno se acercaba al lugar éstas iluminaban una estructura de andamios que parecían parasitar el monumento en su costado oriental. Entre los andamios habían unas escaleras para asecnder por fuera del monumento. Subir produce un poco de vértigo, pero al estar arriba, debajo del enorme aviso que dice Dante, la sensación es poderosa. Ese parece ser el centro del mundo. Como el obelisco de Buenos Aires o el arco del triunfo parisino, guardando las proporciones. Luego, desde la terraza, uno empieza a descender por unas escaleras en concreto que están en el interior. La penumbra privilegia la intervención. Al frente se proyecta una escalera, y uno, en medio de ella descendiendo hacia el abandono. Huele a humedad y me cuentan que hay rastros de palomas. Vivas y muertas. Luego en diferentes nichos hay una serie de videos en blanco y negro que tienen que ver con nuestra realidad. Una realidad absurda. Y esto lo orquesta un sonido. Un sonido con perros, un sonido teatral. Al final, entre luces y sombras, se llega al primer piso para salir al frente de Bolívar. El mundo parece al revés y el recorrido es transgresor. La noche seguía fría. La lluvia seguía cayendoo. 


Esa es la Maqueta para el Dante, ese un posible infierno y ésta la oportunidad perfecta para hacer memoria y olvidar a la vez. Me queda la idea de que tal vez sea la cultura y el arte, quienes poco a poco, se conviertan en nuestros únicos héroes.


Aquí otra obra que me gusta mucho de José Alejandro: El purgatorio


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