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Ojos que nos ven, corazón que siente

Las calles se han convertido en un desfile de gente enchufada (con cables colgando que se pierden en sus orejas o en sus bolsillos) que camina, espera, habla o come mirando hacia abajo. Todo un ejército de personas pegadas a sus pantallas suplicando aceptación.

2014/12/18

Por Fernando Travesí

Hoy día es muy fácil chocarse con la gente. En las calles, en las plazas o en cualquier espacio común; en las escaleras de un centro comercial, en los pasillos de una universidad o en los transportes públicos aumenta el número de colisiones entre humanos…y sumándose a los sonidos habituales de la ciudad se va creando un coro polifónico que repite: “lo siento”, “perdone”, “disculpe” “excuse me” “je suis désolé”…   

Algo que no debería sorprender si se tiene en cuenta que las calles se han convertido en un desfile de gente enchufada (con cables colgando que se pierden en sus orejas o en sus bolsillos) que camina, espera, habla o come mirando hacia abajo. Todo un ejército de personas pegadas a sus pantallas. Caminando hipnotizadas en un confuso camino hacia una civilización tecno-centrista. Y es que el centro del mundo ya no es el ombligo de cada uno, es el teléfono. La carcasa de una pantalla táctil por la que entra y sale la vida entera. El fascinante tótem de la modernidad que ejerce seducción, magnetismo y adicción. Por ese orden.
 
Y quien esté libre de la adicción, que tire la primera piedra. 

Levantar la cabeza y mirar a quien nos cruzamos diariamente, es una prueba contundente de la afición desmedida que se nos ha instalado en la mente por estos aparatos y cómo, con sus variaciones y niveles, es muy fácil observar en ella los rasgos de los comportamientos adictivos: incapacidad de resistir la tentación de consultarlo; repetir el comportamiento en lapsos de tiempo cada vez más breves o con mayor frecuencia donde quiera que se esté, en cualquier entorno de devoción u obligación, rodeado de trabajo, de amor o de amistad; mantenerse siempre cerca de la fuente de suministro (es curioso ver cómo el teléfono pasa cada vez menos tiempo en el fondo del bolso y reclamando contacto directo y constante con la palma de la mano, se ha convertido en su apéndice habitual. Esté usándose o no, prima la proximidad física y ahí está siempre, entre las manos); determinando nuestros movimientos, elecciones y trayectos para poder saltar de red en red buscando la wifi que nos permita descargar la siguiente dosis; padeciendo alteraciones en el ánimo si la conexión se cae, o si es demasiado lenta (y la ansiedad nos ha llevado a considerar “lento” todo aquello que no es inmediato) y sufriendo el síndrome de abstinencia cuando nos vemos expuestos a su privación. Nada más gráfico que observar cómo la mayoría del pasaje de un avión enciende compulsivamente el teléfono en el aterrizaje antes, incluso, de que las ruedas toquen el suelo y mucho antes de que anuncien que ya está permitido. Como quien ha aguantado la respiración por mucho tiempo y no puede más. Como cualquier adicto, poniéndose en riesgo con tal de saciar su ansiedad y calmar la perturbación y el malestar, más o menos perceptible, que le causa la privación. 

Habrá quien hable de las ventajas de la conexión. Indudables. 
Habrá quien enuncie los beneficios de la instantaneidad de las mensajerías y las comunicaciones audiovisuales. Infinitos.  
Habrá quien alegue (y suele ser con victimismo) que son exigencias del trabajo o de la manera en la que ha establecido y construido sus relaciones personales. 
Habrá quien defienda elocuentemente los atractivos de las posibilidades inacabables de entretenimiento cuando éste es accesible en todas sus formas y, además, portátil. 
E incluso, habrá quien se escude y parapete en una genérico y ambiguo “es la vida moderna”.

Efectivamente, es la vida moderna. Pero las nuevas tecnologías nos han generado tantas y tan importantes transformaciones de pensamiento y comportamiento que merecen alguna reflexión antes de asimilarlas automática y superficialmente. Pues, en realidad, gran parte de lo que pasa (mejor: de lo que nos pasa) frente a la pantalla es más profundo y no está solamente relacionado con ese mundo globalizado y hoy ya accesible desde cualquier teléfono, sino con uno mismo. 

Desde quien ha convertido su concentración y atención en un mero repositorio de informaciones inmediatas (sean relevantes o no) recibiendo actualizaciones a cada segundo y sintiendo que el valor y la importancia está no en el saber, sino en ser el primero en saberlo. Pasando por quien vive sosteniendo conversaciones paralelas e inmediatas (llenas de palabras, abreviaciones y dibujitos) quizá más fascinado por el modo y las posibilidades de la propia tecnología que por la comunicación en sí. Y llegando a quien retransmite compulsivamente su cotidianeidad, viviendo la vida a través de las miradas del otro y haciendo de su vida su propio reality show. Emitido en tiempo real a base de lanzar a la nube versiones producidas de su propia realidad, cuidadosamente seleccionadas o maquilladas y que sólo transmiten la imagen que uno mismo quiere proyectar y auto-publicitar.  

Y después, atentos a la audiencia de nuestro propio programa. Seguir viviendo ansioso y pendiente de la aprobación, del éxito alcanzado: cuántos comentarios, cuántos “me gusta”, cuántos favoritos o cuántas solicitudes de amistad… Cualquier cosa que indique y deje rastro del rating obtenido, el índice de popularidad o si mi producto vende...
 
La aprobación y autoestima a base de “clicks”. Luchando por la audiencia, suplicando aceptación y anhelando la atención momentánea de alguno de esos que caminan por la calle, sin levantar la vista, emitiendo y recibiendo señales inalámbricas. Codiciando también algún “click” inmediato que pueda demostrar que alguien nos vio, nos consumió, por un instante y nos dio su efímera aprobación antes de pasar al producto siguiente. 

Ojos que nos ven, corazón que siente. 





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