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¿Operarse las tetas o tener un doctorado?

La intelectualidad está de moda, tal como lo estuvieron los pantalones de bota ancha que ya nadie quiere ponerse.

2014/01/08

Por Laura Galindo

Por estos días resulta casi un delito penal conocer más marcas de zapatos que autores de libros, no saber cómo se pronuncia Dvorák pero deletrear perfectamente Zooey Deschanel o no tener ni idea qué está pasado con los diálogos de paz en Cuba pero estar al tanto de que Kate Middleton se puso un vestido de Roland Mouret con un collar Zara de tres pesos. Al parecer, ahora todos somos intelectuales, vivimos de exposición en exposición, leemos mucho, escuchamos música que nadie conoce, vemos películas que no generan un peso en taquilla y sostenemos que la ortografía es sexy. Nos creemos maestros de la ironía y el sarcasmo, no vemos televisión y condenamos la bonita por bonita y la bruta por bruta.

¿En qué momento dejamos de creerle a San Agustín que la belleza física es símbolo de belleza divina?, ¿en qué convención internacional se estableció que hay que leer Rayuela y no ver telenovelas?, ¿quién decidió que las gafas son atractivas y ya no hay que burlarse de los "cuatrojos’? La intelectualidad está de moda, tal como lo estuvieron los pantalones de bota ancha que ya nadie quiere ponerse.

Yo leo de forma compulsiva, me gusta el arte, tengo cuatro pares de gafas y soy pianista, pero también, le entrego mi sueldo entero a los almacenes de ropa, cuento enfermamente las calorías de lo que como y voy al gimnasio todos los días, no por salud, no porque me ayude al equilibrio mental, ni porque me de paz interior, me alinee los chacras o me limpie el aura, voy por pura vanidad. En conclusión, soy muy superficial para caber en la moda intelectual y muy intelectual para no aburrir a los superficiales.

Susan Sontag, –me ahorro explicaciones porque en este mundo tan intelectual no se necesitan- defiende el arte como superficie, etiquetando de estéril cualquier tipo de acción interpretativa que pueda darse sobre él. Según Sontag, el arte no debe albergar procesos culturales o de pensamiento, porque en la medida en que pierde su superficialidad, pierde sus facultades sensoriales y emotivas. Resumiendo, la superficialidad no es mala y yo también poso de intelectual.

La Real Academia de la lengua tiene cuatro definiciones para superficial: la primera es “perteneciente o relativo a la superficie” y las tres restantes, se debaten entre frívolo, falto de solidez o sin fundamento. Es decir, la superficialidad es falta de profundidad y trascendencia. No lo discuto, vivir pendiente del pelo, la piel y la ropa no son precisamente formas de ganarse un Nobel, pero hacerlo tampoco es muestra de ignorancia. Por ejemplo, esta horda de intelectuales que saben que Faulkner y Hemingway eran enemigos y vivían criticándose mutuamente, ¿sabrán que el Chanel 5 de Coco Chanel se llama así porque fue la quinta muestra de fragancias que probó?, ¿que el primero en usar suelas rojas en los zapatos fue Christian Louboutin?, ¿que el vestido de novia de Kate Middleton lo hizo Alexander McQueen, o que el primero en poner botones en las mangas de las chaquetas masculinas fue Napoleón? Ser superficial definitivamente no es ser bruto.

La cruzada contra la superficialidad se la inventaron los descontentos con su superficie y la supremacía intelectual es un pajazo mental de los feos. Pero tranquilos señores pensadores ortodoxos, en ningún momento he insinuado que la fealdad sea inherente a su intelectualidad, el snobismo tal vez, pero la fealdad no. Lo que sostengo con firmeza, es que tanto una como la otra son necesarias y pueden coexistir sin dejar de reconocerse como válidas, eso sí, hay que tener clara la utilidad práctica de cada una, diferenciando entre vintage y retro no va a encontrarse la cura contra el cáncer. Yo defiendo la superficialidad, la aplaudo, la celebro y encuentro tan válido querer operarse las tetas como querer tener un doctorado.

@LauraGalindoM

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