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Pasando el sombrero

El trabajo del artista siempre ha dependido de la atención y el dinero ajeno y tanto por definición como por necesidad, los artistas han sido siempre recursivos. Tanto, que incluso sus métodos los copian ahora las grandes instituciones culturales.

2013/10/20

Por Nando Travesí

El semáforo se pone en rojo, sube el telón y empieza el espectáculo: bolas transparentes o de colores por las alturas, malabarismos y contorsiones, cintas que dibujan formas por el aire... A veces, antorchas y demostraciones de fuerza. Otras, mímica, payasos… 

El telón cae unos segundos antes de que la luz cambie a verde. El tiempo justo, y calculado, para pasar el sombrero entre los espectadores casuales de los primeros autos. 

Algunos sonríen y bajan su cristal para entregar algunas monedas. Como agradeciendo que en una avenida embotellada se pueda encontrar una esquina para un micro-espectáculo. 

Otros, se mantienen encerrados herméticamente y cuando el artista se acerca en busca de reconocimiento, sean unas monedas o un gesto, bajan la cabeza, desvían la mirada o  la mantienen al frente como si lo que acababan de ver no hubiera existido. Las manos al volante y una mezcla de negación, displicencia, temor o desprecio. Quién sabe. Quién sabrá por qué.

   

La escena, con sus variaciones, se repite en los metros de todo el mundo, en las plazas y las calles más concurridas de las grandes ciudades, en los bulevares más turísticos, en los parques… Allá donde la vida y sus movimientos concentre a un gran número de personas, será fácil encontrar un artista mostrando su arte y su talento. En la cantidad y en la versión que sea.  

El trabajo del artista siempre ha dependido de la atención y el dinero ajeno. Sea un puñado de monedas entregadas en un semáforo o depositadas en el sombrero de un músico. Sea en forma de los grandes mecenazgos de la historia, o a través del goteo de ejemplares (de un libro, de una canción, de una pintura) que vende poco a poco, o sea a través de la taquilla y las entradas de quienes, de vez en cuando y durante un par de horas, se sientan a oscuras a ver y descubrir por los sentidos, un mundo nuevo. 

Y, tanto por definición como por necesidad, los artistas han sido siempre recursivos: cuando el mecenazgo es, en realidad, un privilegio reservado a unos pocos, la creatividad no se limita a la inspiración y la reproducción artística sino también a encontrar la manera de poder financiar la propia actividad creativa. El teatro en cooperativa, la auto-producción comunitaria de cortos y documentales, la búsqueda constante de becas, concursos y un largo etcétera. 

El crow-funding resulta la versión más moderna de cómo un artista puede intentar sacar adelante sus proyectos. Aprovechando, una vez más, las posibilidades del mundo virtual existen numerosas páginas (algunas ya reconocidas y prestigiosas) en las que se pueden presentar los proyectos creativos y artísticos que están en preparación. ¿El objetivo? Que los viajantes por la red hagan sus contribuciones si les gustó el esbozo de ese montaje teatral, la sinopsis de esa novela, el guión de esa película o los primeros temas de esa banda…y si creyeron descubrir ahí algo de talento merecedor de futuros aplausos y también de su dinero. Con la esperanza de que pequeños granos de arena hagan desierto, los proyectos aspiran a que mediante los apoyos, algún día, su arte se concrete en una obra que alcance escenarios formales de representación. 

Llama la atención, sin embargo, que semejante iniciativa (nacida ante la necesidad de conseguir recursos para proyectos de nuevos creadores) se la hayan apropiado grandes instituciones y, entre ellas, el Museo del Louvre de París. Nada más, ni nada menos. 

Efectivamente, el museo más importante del mundo recurría hace pocas semanas al crow-funding para poder conseguir el total de los fondos necesarios para la restauración de La Victoria de Samotracia uno de sus conjuntos escultóricos más emblemáticos y, quizá también, entre los más importantes de la historia de la Grecia clásica. Su propuesta pretende conseguir un millón de euros antes del 31 de diciembre de este año para complementar el déficit del presupuesto total del proyecto, casi cuatro millones.



El Museo Francés cuenta con un presupuesto anual de más de doscientos cincuenta millones de euros, al que deben sumarse los ingresos por las entradas (la más barata cuesta unos 12 euros y en 2012 visitaron el museo 9 millones setecientas veintidós mil personas) así como los recursos propios que genera el museo en actividades para su propia financiación: mecenazgos, patrocinadores, actos de recaudación etc. 

El fondo artístico del museo es de tal dimensión e importancia que resulta comprensible que requiera inmensas cantidades de dinero para su conservación y difusión. Lo que resulta menos comprensible es que semejante cuota de responsabilidad en la restauración de una obra  emblemática del patrimonio cultural de la humanidad recaiga sobre el hombro de los ciudadanos. 

Cabría preguntarse, una vez más, por el papel del Estado (en este caso el francés) y la preservación de la cultura; por el efecto y las consecuencias de los recortes que tanto propicia la crisis económica europea y, por supuesto, por los criterios y la manera de los gobiernos para establecer prioridades y aplicarlos con más o menos firmeza a determinados campos. También por los mensajes que, al hacerlo, se transmiten a la sociedad. 

Y la noticia se siente como si la Gioconda, saliese a pasear pasando el sombrero entre quienes hacen la fila para entrar en el museo e incluso, de vez en cuando, por los semáforos cercanos…y murmurando suavemente sin alterar su gesto siempre sonriente y un poco triste se la oyese decir: “una ayudita, por favor”. 
 


Para saber más: 

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