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Pintando tu mundo gris

El lado externo de las paredes suele estar lleno de declaraciones al aire, de cartas abiertas, de mensajes anónimos. Instantáneas de las emociones de quienes se cruzan por las calles. Fijarse en los grafitis que nos rodean puede darnos una nueva perspectiva de la ciudad y muchas pistas sobre los que en ella habitan

2013/10/20

Por Nando Travesí

Las paredes de las ciudades están llenas de declaraciones al aire, de cartas abiertas, de mensajes anónimos. Entre los anuncios de arriendos y ventas, la publicidad de los establecimientos, las prohibiciones, las instrucciones y las ofertas de todo tipo, conviven miles de expresiones y gritos lanzados al viento. 

Hay manifestaciones de rabia y de odio. Declaraciones de amor. Reivindicaciones. Agresiones e insultos… Desde exhibiciones abstractas, jeroglíficas o surrealistas hasta efemérides y recordatorios pasando por reflexiones profundas sobre lo divino, lo humano y lo urbano (términos que no siempre conjugan bien) y siempre junto a un inmenso catálogo de estados de ánimo que quedan fijados en pintura o en spray. A veces, sólo una fecha y una firma dejada por alguien a quien la huella invisible de sus pasos no debió parecerle rastro suficiente.

Algunos, con faltas de ortografía. Otros, escritos en lugares aparentemente inaccesibles. Los hay que invaden y empañan espacios que debieron ser respetados por su valor artístico pero también los que añaden color y vida a rincones oscuros y descuidados de una calle cualquiera. Fotografías instantáneas de las emociones de un habitante anónimo de la ciudad.

Pintando tu mundo gris


La costumbre no es nueva ni exclusivamente ligada a la llamada cultura urbana. Las paredes han sido el soporte de ideas, emociones y expresiones a lo largo de toda la historia: los dibujos primitivos de las cuevas que hoy nos muestran vestigios de culturas desaparecidas que intentamos comprender; las inscripciones críticas o burlescas de las paredes que delimitaban las calles empedradas de las villas romanas; las de las que conformaban las aldeas y castillos medievales y, por supuesto, las de las casas y edificios de los pueblos y ciudades de nuestros tiempos.

Un paseo fijándose en las inscripciones, dibujos y leyendas que nos rodean y que, a menudo, pasan desapercibidas puede darnos una nueva perspectiva de la ciudad y muchas pistas sobre los que en ella habitan: los mensajes cambian de barrio a barrio; se prodigan en unos y son excepcionales en otros. Se intensifican y multiplican en las proximidades de algunos sitios (especialmente colegios y universidades) y también permiten reconstruir el camino por donde ha pasado una manifestación o el que lleva hasta donde reside una protesta.

Juega siempre   

Los hay improvisados y emocionales, profundos y triviales. Fruto del momento, de un impulso fugaz y hechos con prisa. O son el resultado de un trabajo minucioso, diseñado y delineado con esmero y de indudable valor artístico. Algunos hacen reír, otros provocan indignación. Abundan los mensajes directos con fecha, destinatario y remitente (muchos de ellos de amor) y también pensamientos abiertos a todo el mundo que invitan a reflexionar o a recodar
cosas simples que a menudo se olvidan entre las prisas y el ruido del tráfico.



Perdimos...


Es como si la ciudad hablase por sí misma. Como si las paredes de las casas, las iglesias, las universidades, las fábricas o los centros comerciales murmuraran entre ellas. Como si tuvieran voz propia y mucho que decir.   

Y aunque es probable que algún mensaje sea la excepción, la mayoría no debe superar los 140 caracteres. 
Quizá por eso, Twitter tiene millones de aficionados por todo el mundo. 

Porque es como escribir en paredes invisibles y lanzar al espacio mensajes con pensamientos y reflexiones. Llamando la atención, exhibiéndose, queriendo dejar huella, protestando, anunciándose, declarando amor o pidiendo socorro. Porque, al igual que el que lo hace con pintura, tiza o spray, es escribir un sentimiento o una idea en un muro blanco e infinito y poder decirle al mundo lo que uno quiera. Lo que uno sienta.

Por favor, no ensuciar






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