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Reencuentro I

Una tarde, mientras me devolvía de la universidad, pasé por un parque donde jugaban unos señores. Solo se encontraba uno de ellos. Me quedé mirando los tableros y el señor propuso que jugáramos en un tablero gigante. Al cabo de diez minutos lo había vencido. La satisfacción de ganarle reabrió puertas que yo pensaba cerradas.

2014/04/01

Por Christopher Tibble

En el último año de mi pregrado me mudé a St. Kilda, un barrio junto a la playa en el sur de Melbourne. Para ese entonces el ajedrez solo ocupaba un lugar privilegiado en el jardín de mis memorias. Una tarde, mientras me devolvía de la universidad, pasé por un parque donde jugaban unos señores. Solo se encontraba uno de ellos. Me quedé mirando los tableros y el señor propuso que jugáramos en un tablero gigante. Al cabo de diez minutos lo había vencido. La satisfacción de ganarle reabrió puertas que yo pensaba cerradas. En ese momento me propuse volver a diario, así fuera a costa de mis estudios y de mis improbables proyectos amorosos. 

El parque donde jugábamos se llamaba St. Kilda Botancial Gardens. Era un parque conciso, organizado, con arboles podados y una laguna artificial. 

El famoso tablero gigante de St. Kilda Botanical Gardens

En el verano lo poblaba chicas con bikini y chicos con balones de rugby. En invierno era el recinto de caminantes solitarios, trotadores y ajedrecistas. Cada vez que entraba ahí el mundo externo desaparecía. La ciudad y la playa se sentían lejanas; no se escuchaban los pitos de los carros ni el rumor de la marea. Los tableros quedaban junto a la laguna, donde las chicas más bonitas se asoleaban. A veces al jugar me sentía víctima de un envejecimiento precoz. 

Luego de un mes ya conocía a todos los miembros de la tropa ajedrecista y me consideraba uno de ellos. Había un abogado genial, de unos cincuenta años, que aunque decía que trabajaba mucho siempre me lo encontraba en los tableros. Se llamaba Robert y no dejaba de sonreír. Al jugar, le daba a su rival cátedras de historia. Hablaba de tribus galesas, de militares australianos y de rebeliones escocesas. Y si no, describía hasta el más nimio detalle que iba a comer esa noche. Parecía como si para él jugar solo fuera un pretexto para repartir conocimiento innecesario. 

Otro gran amigo de los tableros fue Louis, un negro adoptado de veinte años que se vestía como Michael Jackson. Afligido por una especie de inflamada monomanía, Louis cargaba una maleta llena de chécheres ochenteros, dentro de los que estaban los guantes del rey del pop, la chaqueta de Thriller y parlantes. A menudo los sacaba y bailaba las canciones más famosas del Jackson, mientras la gente le tomaba fotos y lo grababa. Hoy todavía hablo con él y sigo con genuina satisfacción su camino hacia la fama por Facebook. 

Mi otro gran amigo del parque fue John, el señor del primer encuentro. Tenía alrededor de 70 años. Un griego reacio, de pocas palabras, era el encargado de sacar y guardar las piezas. En otras palabras, era el primero en llegar y el ultimo en irse. A decir verdad todos los jugadores lo odiaban. Era arrogante y peleón, aunque conmigo siempre fue dulce y amable. Creo que se consideraba mi profesor. A veces caminábamos juntos al final del día hacia el tranvía. Me contaba que tenía tres maestrías y un PhD en historia religiosa. Luego me enteré de que sus maestrías y PhD consistían en un curso de verano en la Universidad de Camberra. 

John –como muchos jugadores viejos que conocí- vivía pendiente de quien pudiera ser el próximo Bobby Fischer. Cuando perdía contra un niño o un adolescente, su enojo se revertía y se transformaba en admiración. Le aseguraba al niño que era un prodigio y no tardaba en comentarle a sus compañeros su descubrimiento. Prometía entrenarlo y archivaba el nombre del niño en su memoria, por si las moscas. Le aseguraba que de joven él también jugaba muy bien y que su colección de libros de ajedrez, que desafortunadamente tuvo que vender, llegó a superar los dos mil volúmenes. Le enseñaba aperturas, le mostraba trucos, hasta le perdonaba errores. John me trató así, aunque yo tenía 22 años. En esas muestras de afecto se notaba que John buscaba ser admirado. También delataba su terrible soledad, algo de esperar en alguien que planeaba todo su día –por no decir su año- en torno al ajedrez. Si mal no recuerdo John se levantaba, desayunaba y fiel a su cita se presentaba en el parque por lo menos dos horas antes que los otros. Alimentaba las palomas, se comía una manzana, miraba su reloj y se sentaba, a la espera de un contrincante. Cuando sus compañeros llegaban los saludaba alegremente, así odiara a la mitad de ellos. Con ganarles, quedaba satisfecho. 

Dentro del círculo de exóticos ajedrecistas también se encontraba el proxeneta del barrio. Era un alemán fornido, de unos sesenta años, que solía hacer lagartijas sobre el borde de la mesa para intimidar a su contrincante. Aporreaba las piezas contra el mármol del tablero y maldecía en alemán cuando perdía. Tenía la costumbre de preguntarle a uno el precio de todo lo que uno tenía puesto y solía llegar a los tableros acompañado de un drogadicto o de una prostituta somnolienta. También estaba Ari, un afable judío que murió repentinamente de un ataque al corazón a solas en su casa. Su padecimiento solo logró suscitar las siguientes palabras de sus compañeros: “gracias a Dios murió él y no nosotros”. También había un capitán ruso septuagenario. Era el mejor jugador del parque. De acento tosco y vestimenta de marinero –siempre tenía puesta una gorra blanca con un ancla dorada- el capitán recorría los tableros mirando las partidas con aires de indolente arrogancia. Cada vez que alguien cometía un error, bufaba como un caballo. A veces lo veía lejos de los tableros, en una banca a solas entonando con un harpa canciones rusas. 

A veces, en medio de una partida, alzaba la mirada y ojeaba a esta serie de personajes. Éramos un circo de entusiastas, un puñado de hombres de distintos rincones del mundo confluidos por un juego que cuando atrapa no suelta. Durante ese año nacieron relaciones improbables y, quizá más importante, hubo un reencuentro que sin avisar se convirtió en una pasión. 

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