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Ruido

El valor del silencio cotiza hoy al alza, porque se ha convertido en un bien de lujo casi inaccesible. Una especie en peligro de extinción.

2014/10/19

Por Fernando Travesí

Y con tanto ruido, no se oyó el ruido del mar, cantaba Joaquín Sabina en uno de sus temas más brillantes pese a no estar entre los más conocidos.


Cantaba y contaba la historia de una pareja que descubrió que los besos no sabían a nada, provocando una epidemia de tristeza en la ciudad. Y cómo,  rodeados de tanto ruido mentiroso, ruido entrometido, ruido escandaloso y, en definitiva, demasiado ruido no se dieron cuenta que su amor se estaba terminando. 


La lírica del cantautor español podría aplicarse a casi todos los espacios por los que nos movemos, sean públicos o privados, en los que el ruido es tan fuerte que cualquiera puede perderse un gran amor. El silencio se ha convertido hoy en una especie en peligro de extinción. 


Desplazado hace ya mucho tiempo por el eco atronador de la vida diaria y todos sus fenómenos, que se reproducen sin cesar, especialmente, en las grandes ciudades (el movimiento en masa, los modelos de ocio, el tráfico, las urgencias…) el silencio sobrevive hoy como puede arrinconado en pequeños espacios. Acosado por la superposición constante de una omnipresente música ambiental a todo volumen en tiendas, bares, restaurantes e incluso en lugares tan inapropiados como parques o playas (¡!), con la propagación indiscriminada de pantallas planas de todos los tamaños, instaladas y emitiendo en todo lugar. Hoy ya ni siquiera sorprende encontrarlas en espacios tan insospechados como el ascensor de un rascacielos, los aseos de un restaurante o el vestuario de un club… A todo ello, hay que sumar las tabletas y teléfonos que emiten alertas y sonidos constantemente  interrumpiendo cualquier momento y situación, más las ruidosas reacciones de quienes viven por y para ellos. Tanto, tanto ruido que impiden la comunicación, el pensamiento y la creación. 


Nada mejor que perder, para apreciar lo que se tuvo. 


Como ante toda especie en peligro de extinción, empiezan a surgir proyectos, ideas, movimientos y reflexiones que reclaman el valor y la función del silencio. Los ferrocarriles españoles han comenzando a ofrecer en sus trayectos de largo recorrido la posibilidad de viajar en “vagones silenciosos”. En ellos no se puede utilizar el móvil, no hay hilo musical, el volumen de los audífonos individuales debe estar regulado para no molestar a quienes viajan al lado y las indicaciones instaladas en cada asiento recuerdan que se debe conversar en voz baja, invitando a salir a las plataformas o irse a la cafetería si lo que se quiere es hablar largo y tendido con alguien. Nada de soniquetes de juegos de teléfono, timbrazos o pitidos. Y, lo mejor, nada de conversaciones exhibicionistas ni estridentes monólogos de quienes hablan y cuentan su vida por teléfono a voz en grito, tan pendientes (o más) de los que tienen alrededor y se ven obligados a escuchar, que de quien está al otro lado de la línea. 


Un vagón silencioso. Por el mismo dinero, el paraíso.  Un breve paseo hasta la cafetería del tren, recorriendo los demás vagones, permite comparar y apreciar las diferencias de ambos ambientes y el impacto en uno mismo. 


Independientemente de los efectos nocivos en la salud y la huella que la acumulación masiva de decibelios deja en nuestros tímpanos, el ruido es una constante intervención mental que obstaculiza e interrumpe las cadenas de pensamiento. En realidad, cualquier pensamiento. Por eso se pide el silencio en las bibliotecas. Por eso se busca cuando queremos reflexionar, concentrarnos o, simplemente, relajarnos y descansar. 


La excelente iniciativa de los trenes españoles pertenece a un proyecto más amplio que busca revalorizar el silencio, el proyecto mute el cual incluye desde un mapa de España en el que se marcan aquellos lugares en los que reina el silencio a diferentes acciones multidisciplinares que buscan demostrar que la relación entre ruido e ideas y creación, es inversamente proporcional. 


Lo mismo debió pensar la célebre artista serbia Marina Abramovic, que para su última instalación en Londres (512 horas) requería la atención y creatividad de todo el público. Por eso, no se permitía el acceso al recinto de ningún teléfono o aparato electrónico que pudiera desconcentrar a sus dueños o a quienes tenía alrededor. 


Lamentablemente, si el valor del silencio cotiza hoy al alza es porque se ha convertido en un bien de lujo casi inaccesible. Ojalá estas y otras iniciativas puedan comenzar a invertir esta tendencia, reivindicando su función y situándolo como un bien común al alcance de todos. Para poder pensar y escucharse uno mismo.


De lo contrario, (y aunque Sabina le cantaba, como casi siempre, al amor) es posible que aplicada al pensamiento su canción sea más que una historia, una profecía:


Y con tanto ruido, no escucharon el final

Y hubo tanto ruido que al final, por fin el fin





Pd.- Viajando por muchos pueblos de Colombia, casi todos afectados de manera dramática por la violencia, siempre me llamó la atención cómo, pese a los impresionantes enclaves naturales de muchos de ellos, al llegar el atardecer y la noche y cuando comenzaba a cesar la actividad diaria y a reinar la tranquilidad, los bares y locales (incluso estando vacíos) le interrumpían el paso subiendo tanto el volumen de la música que nadie alrededor podía dormir ni descansar... No vaya a ser que a la gente le dé por pensar


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