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Sueños ilustrados

El pasado sábado 25 de enero a las 11 de la mañana el artista Alvaro Barrios, en el marco de su retrospectiva La leyenda del sueño, estuvo firmando todos los grabados populares que trajera la gente.

2014/01/29

Por Daniel Salamanca


* Grabado popular de Alvaro Barrios enviado por el área de comunicaciones del museo del Banco de la república a través de internet. “Ella: Uno de mis clientes está buscando un Utrillo que se parece a un Mondrian. ¿Tendrás Uno? Él: Sólo tengo un Duchamp que se parece a un Jeff Koons.” / Foto polaroid tomada en el 2007.     

“Soñé que habían pasado 5000 años y el arte era ya una cosa olvidada”. Irónicamente, ese olvido, como yo lo entiendo, parece referirse a la situación contraria. Un mundo ficcional y futurista donde el arte hace parte de la vida cotidiana de las personas y, en el cual, cualquier mortal parece ser capaz de reconocer una obra de Marcel Duchamp o de Walter de María. Es tan común y evidente el arte en ese mundo que casi pasa desapercibido y se hace invisible a los ojos. Ese es tal vez el gran sueño de Barrios. Una sociedad permeada, en su totalidad, por la observación curiosa y trascendente de los artistas. Una sociedad donde todos son coleccionistas apasionados, no sólo de obras, sino, de ideas. Y el arte gráfico, por ser reproducible, multiplicable, o como quieran llamarlo, pretende acercarse a ese propósito. De ahí la creación de los tipos, de la imprenta, del grabado y de toda una serie de mecanismos fantasmagóricos que sirven para copiar infinitas veces una imagen. Alvaro Barrios denomina los suyos, Grabados populares. Escenas que parecen sacadas de revistas de comics norteamericanos, o de tiras cómicas europeas, y en las cuales, los protagonistas discuten sobre piezas emblemáticas de la historia del arte del siglo XX. 

Estos grabados suelen circular de forma gratuita en algún periódico nacional, en tirajes que oscilan entre los 25.000 y 500.000 ejemplares. Cualquier lector desprevenido, o entusiasta, puede guardarlos y hacerlos firmar directamente por su autor en citas que se programan esporádicamente. La última de ellas fue el pasado sábado 25 de enero en el Museo del Banco de la República de Bogotá, en el marco de la retrospectiva La leyenda del sueño. El lugar estaba abarrotado y la fila era larga. Aún así las numeraciones de los grabados, en ningún caso, superaban el  número 150. Dato curioso si tenemos en cuenta que se trata de imágenes que se imprimieron hasta 500.000 veces. A su vez me indica que por ahí, olvidadas, perdidas o destruidas, están miles y miles de ellas sin un dueño aparente o una pared que las acoja. Puede que muchas personas no les vean un valor, las confundan con las viñetas animadas del domingo o simplemente no les parezcan atractivas. También cabe la posibilidad, y me incluyo en este grupo, de que más allá de la firma o la numeración, lo que a uno le interesa es la imagen en sí misma. Así, sin más ni más, y sin necesidad de una firma que las valide. Cosa que jamás entendería un coleccionista millonario. Ellos suelen querer la pieza única, el cuadro hecho a mano o la idea hecha objeto. Respetable. Yo me contento con saber que hubo alguien detrás pensando algo y compartiéndolo muchas veces. Aunque esta vez, y pensando en escribir esto, hice la tarea y fui hasta allá a que el artista me firmara un grabado enviado por internet. Fue el número 65 de esa serie. Algunas personas incluso lo habían impreso en medio pliego, mientras que otras, habían aprovechado para desempolvar todos los que tenían en la casa y así hacerlos firmar. 

Fue por todo esto, tal vez,  que anoche soñé, entre dormido y despierto, que Alvaro no tenía que pintar sus cuadros, capa por capa, para poder vivir del arte. Por el contrario la gente acudía a una papelería, pedía la imagen de su elección y se la imprimían. A la salida le ponían un sello con la firma y se iban casa. Todo era gratuito y, aún así, el artista no sufría al respecto ni llevaba una vida aústera. Era tan raro que, ahora que lo pienso, pudo tratarse, más que de un sueño, de una pesadilla.

Aquí un recuento, en la página del autor, de sus grabados populares. 

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