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Un canto al reino de la carranga

Lejos del ###boom###del rock and roll de mediados del siglo XX, a Jorge Velosa lo inspiraron las montañas, las vacas, y las ruanas de su amada Boyacá. Así, construyó una historia musical sin precedentes en Colombia.

2015/02/23

Por Andrés Osorio

Lejos del "boom" del rock and roll de mediados del siglo XX, a Jorge Velosa lo inspiraron las montañas, las vacas, y las ruanas de su amada Boyacá. Así, construyó una historia musical sin precedentes en Colombia.




Ráquira es un municipio del interior colombiano, rodeado de montañas y reconocido por las artesanías y el colorido de sus calles. Antes de convertirse en el atractivo turístico que le recomiendan visitar a los extranjeros, era un pueblo olvidado, como muchos otros tantos en el país. Allí, al lado de la estufa de barro, las madrugadas de ordeño, y el frío boyacense, creció Jorge Velosa.


Tres décadas después de que aprendiera a hablar, Nueva York lo escuchó cantar. Era 1981, y Velosa y los Carrangueros de Ráquira pasaron a la historia por ser el primer grupo colombiano en presentarse en el Madison Square Garden, y aunque la limosina se negó a transportarlos del hotel al escenario por estar vestidos de ruana y sombrero, su recital fue suficiente para hacerlos sentir grandes. Antes de eso, todo fue un sueño que no pretendía otra cosa que cantarle al campo.


El elogio a lo popular, las raíces, y el buen humor, hicieron que Jorge Velosa se convirtiera en un músico extraordinario y referente de la cultura del interior del país.


Los animales nunca han abandonado a Velosa, desde cuando era niño en las veredas de Ráquira, hasta el día que la Universidad Nacional lo graduó como veterinario. Sus años en la “Nacho” pasaron entre el surgimiento del movimiento estudiantil, los libros, y la música, una música que recogió todo lo que significa este hombre al que llaman el “Carranguero mayor”.


Nunca ejerció su profesión, y aunque no se dedicó a curar animales, tuvo la nobleza de cantarles. Gracias a ello, a su armónica, y a sus inseparables Carrangueros, logró enseñarles a los niños la historia de un marranito que no hacía sino botar papelitos por donde pasaba. “El Marranito”, hace parte del álbum Lero, Lero, Candelero, una bellísima apuesta por contar las historias de una gallina, narrar una rumba de animales, y cantar cómo “un diablo se cayó al agua y otro diablo lo sacó…”.



Durante los años setenta, el más célebre de todos los raquireños se acercó a la música en, el que era por entonces, el nuevo conservatorio de la Nacional. Mientras los jóvenes reclamaban contra la guerra en Vietnam, inspirados en la revolución de los Castro, Velosa se preguntaba por qué en ese recinto académico, donde se supone tiene lugar la libertad, solo enseñaban cantos gregorianos y obras de Chopin.  Todas ellas rígidas y cuadrículadas.


La pereza que le produjo tanta erudición, el espíritu libre que se respiró por esos años, y el amor por la Boyacá en la que creció, lo condujeron a formar un género que él mismo define así:


“Esto es la carranguería. Somos un canto a la vida, porque la vida pa´ ser la vida dos cosas debe tener: risa toa’ la que le quepa, y canto a más no poder”.


En este mural, de una de las coloridas calles de Ráquira, Boyacá, se representa a Jorge González (derecha), el requintista de los Carrangueros de Jorge Velosa.


Además de eso, la carranga es canto campesino, optimismo, fiesta, verso, ecología y alegría. También es crítica social, es por eso, que “La lora proletaria” de Velosa se convirtió en un himno de la lucha campesina en Colombia.

Ya son más de treinta trabajos discográficos, el camioncito que le pitaba a Julia continúa andando, y aún “la cucharita” no aparece. Según el músico, puede que “se haya quedado para siempre en el corazón de los colombianos, o que algún político se la echara al bolsillo”.


El mensaje de Velosa desbordó su música, y un ejemplo de ello es que hoy sigue cantando e invitando a los de su tierra a ser felices, y que al igual que él, es posible “sentirse rey, un rey pobre, pero al fin de al cabo rey”.



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