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¿Un gran músico o un asesino machista?

Separar el músico del matón periquero es lo que han optado por hacer todos desde que Diomedez Díaz se murió. ¿Qué tan lógico resulta eso?

2014/01/14

Por Laura Galindo



De Diomedes Díaz no sabía nada hasta que se murió. O por lo menos nada bueno. Sabía que fue culpable de homicidio, prófugo de la justicia, protegido por los paramilitares y que frenó una riña en uno de sus conciertos sugiriendo que llamaran unas prepagos. También sabía, que era adicto a la cocaína y que tenía casi 30 hijos regados por ahí.

Pero como nadie es malo después de muerto, desde el 22 de diciembre El cacique de la Junta es un ídolo, no solo para las masas populares que toda la vida lo endiosaron, sino para todos. Tanto los intelectuales como los iletrados de siempre lloran a Diomedes e inundan todo lo que pueden con su música. Gracias a ese repentino ataque de identidad, me enteré que fue bachiller honoris causa, que grabó más de cuatrocientas canciones, que es el artista que más discos ha vendido en Colombia y que sus casi 30 hijos responden a que vivía en un medio cultural en que la supremacía del macho se establecía sobre poblando el mundo con sus crías.

Según mis nuevos conocimientos, El Cacique fue un buen músico y un pésimo hombre. No es una conclusión muy original, por supuesto, separar el músico del matón periquero es lo que han optado por hacer todos desde que Diomedes Díaz se murió. ¿Qué tan lógico resulta eso? Es más, ¿es posible? Dejando de lado esa visión romántica que supone la música como fuente de crecimiento espiritual, alimento para el alma y demás cursilerías que tanto le gustan a los snobs, la música popular es en esencia un producto comercial en donde el hombre y la obra de arte difícilmente existen como elementos aislados.

Piensen ustedes en el caso contrario: un artista que hace una canción con tres palabras y tres acordes sobre un tema al azar, la luz, por ejemplo. El artista hipotético falla abiertamente como músico, pero se ahoga en causas sociales, conciertos por la paz en las fronteras y fundaciones para víctimas de las minas antipersona.  Este artista hipotético es un abanderado del altruismo y eso le ha dado la admiración del público, de no ser así, difícilmente sería tan aclamado con un trabajo musical tan deficiente.

La música popular es un producto como cualquier otro: se planea, se diseña y se vende. Se compone, se produce, se crea un artista, se busca un público y se monta un espectáculo, a veces, no necesariamente en ese orden. No es casualidad que Lady Gaga haya hecho suya la causa homosexual o que Madonna se haya dedicado a crear recordación por medio del escándalo, todo hace parte del producto que diseñaron. La puesta en escena, la personalidad del artista, la música y el género no surgen por pura inspiración, responden a un esquema creativo capaz de competir dentro de un mercado específico.

El público no sólo compra la canción de un artista, compra todo lo que se que se desarrolla entorno a ella. Si “I Kissed a girl”, sencillo de Katy Perry estrenado en el 2008, hubiera sido lanzado en la voz de alguien como Andrea Echeverry, seguramente no habría alcanzado 8 millones de copias vendidas. Nadie quiere imaginarse a Andrea Echeverry besando otra mujer. La música en su instancia más pura, notas, ritmo y armonía seguirían siendo las mismas, incluso la voz de Echeverry no desmerecería mucho al lado de la Kate Perry, pero en definitiva, la idea no habría funcionado.

En algunas ocasiones, el producto puede no haber sido pensado tan fríamente. Diomedes Díaz, hasta donde sé, tenía un manager más parecido a una recepcionista que un promotor de artistas y su imagen de ídolo del pueblo que ascendió rasguñando las oportunidades, no fue inventado por un publicista ni por un productor, realmente trabajó como mensajero en una emisora y durante mucho tiempo tuvo un único par de zapatos que pintaba diariamente para que los demás no se dieran cuenta. Pero aún así, su target era claro y lo que dicho target veía en él, también.

Hasta aquí mi visión de la música popular resulta meramente materialista, y el realidad, lo es, pero no por eso, el vínculo entre artista y obra de arte es exclusivo de la música comercial. En lo que ustedes llaman “música clásica” –así no se llama pero no pienso explicarles esta vez- también existe tal debate y en torno a él, surgieron dos corrientes de pensamiento: aislacionismo, que supone la no existencia de hechos externos a la obra en sí, y contextualismo, que sugiere la necesidad de tener conocimientos históricos, sociales y de la vida del artista en el momento de apreciar una obra de arte. De nueve sonatas para piano escritas por el compositor ruso Sergei Prokofiev, tres se denominaron sonatas de guerra y fueron escritas reflejando ideales revolucionarios y pensamientos políticos del compositor durante la segunda guerra mundial. Contextualismo irrefutable. Obra y artista nutriéndose mutuamente, igual que Lady Gaga, Madonna y el hipotético mal músico abanderado del altruismo.

La obra de arte y su artífice no sólo se relacionan directamente, sino que resulta desatinado pensarlos de forma independiente. Es posible repudiar la marca Diomedes Díaz porque su artista fue un asesino machista tanto como es posible admirarla porque los paseos vallenatos que componen su obra son insignias del folclor colombiano. El público está en su legítimo derecho de decidir que aplaude y que pasa por alto en el momento de elegir a sus ídolos, que ejerza bien ese derecho, es otra cosa.


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