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Uniformados

Tanto en la infancia como en la época adulta, vestirse puede ser una declaración de principios, un manifiesto político, una sumisión o aceptación a una represión impuesta o un acto intrascendente y poco consciente guiado por tendencias y arrastrado por la masa.

2015/02/14

Por Fernando Travesí

En algunos países del hemisferio sur, en el proceso de evolución de sus sistemas educativos, se mantiene el debate de erradicar el uniforme de los colegios de enseñanza básica, la cual es una costumbre muy arraigada y extendida en muchos de ellos. Se argumenta, principalmente, que el uniforme estandariza a los niños y a las niñas en detrimento de su desarrollo individual y que puede suponer barreras en contra de la expresividad y creatividad personal. En contra, la opinión de muchos padres y madres que encuentran en el uniforme un recurso práctico para resolver el día a día que, a menudo, implica también otras muchas necesidades. 

Paralelamente, en muchos países del hemisferio norte en los que el uniforme ha quedado reducido a colegios privados y tiene una fuerte connotación elitista, se ha reabierto el debate sobre la pertinencia de volver a instaurarlo en los colegios públicos de enseñanza básica. Especialmente, como una medida de respuesta a la creciente obsesión del público infantil y adolescente por los atuendos de moda, las marcas y la clasificación y estratificación que puede llegar a hacerse en un colegio por la manera de vestir: para ensalzar, para envidiar, para burlarse o criticar, para apabullar o para discriminar… En realidad, son muchas las cosas que pasan en los microcosmos de los patios de colegio y muchas muy duras y muy crueles. Aunque los mayores nos empeñemos en idealizar la infancia como un paraíso de juegos y sonrisas, las relaciones entre infantes tienen aristas cortantes y afiladas que, a menudo, nos cuesta percibir quizá, por estar cegados por el miedo y por el deseo de ofrecer a los niños un entorno seguro y protector. 

Los que están a favor, argumentan que el uniforme podría aliviar el problema de esa competitividad desmedida, evitando rivalidades y criterios de clasificación o discriminación socio económica y permitir que los alumnos y alumnas destaquen por habilidades y méritos académicos y no por lo que llevan puesto. Aseguran, además, que fomentaría la convivencia ordenada evitando desmanes indumentarios y que ayuda a las familias en la gestión de su día a día. Los que están en contra aseguran que apenas tendría impacto en la tarea de evitar la discriminación pues siempre existirán otros elementos de clasificación social (complementos, móviles, material etc..) y que, sobre todo, supone una contradicción profunda con el objetivo educativo de desarrollar personas libres e independiente con capacidad de elección y expresión.

    

En algunos círculos, el tema levanta pasiones encendidas y las conversaciones al respecto (en los corrillos de la parada del autobús, la cafetería, el salón de casa o la asamblea de padres) pueden recorrer en un momento desde la estandarización austera de la vestimenta de Mao Tse Tung, a los represivos códigos del burka pasando por las dinámicas de los ciclos de la moda occidental (mucho menos benevolentes, por cierto, de lo que se suele pensar)  y sin que nunca falte, por supuesto, los relatos pormenorizados de esos pequeños dramas cotidianos que comienzan en la prosaica encrucijada del “qué me pongo”  tan frecuentes en quienes vivimos frente a escaparates y armarios bien alimentados. Al fin y al cabo, vestirse puede ser una declaración de principios, un manifiesto político, una sumisión o aceptación a una represión impuesta o un acto intrascendente y poco consciente guiado por tendencias y arrastrado por la masa.

En esta época del año, se suceden las semanas de la moda (a las que por lo visto hay que referirse siempre en inglés independientemente de que ocurran en Madrid, París o Nueva York) y en sus pasarelas algunos diseñadores intentan poner un sello personal y diferente a lo que uno se pone cada día. Algo que permita ser, o sentirse, un poco más distinto. Sin embargo, un estudio reciente publicado en España señala que tan solo una docena de marcas viste a más del sesenta y cinco por ciento de la población. Probablemente, la ecuación salga más o menos igual en todos los países en los que un puñado de tiendas de marcas globales inundan todos los centros comerciales y se repiten en las grandes avenidas. En cualquier ciudad del mundo, todas iguales, todas vendiendo lo mismo (más o menos adaptado con pequeñas variaciones al gusto local) y una junto a otra. A menudo, en falsa competencia pues marcas que aparecen como rivales comerciales pertenecen, en realidad, a un mismo grupo empresarial. 

Y aunque en las pasarelas de moda creadores independientes y talentosos diseñadores intenten aportar nuevas visiones y conceptos, la realidad es que la homogeneización a la hora de vestir es un hecho constatable que puede observarse en cualquier calle y época del año. Todos iguales, estandarizados por “la tendencia del momento”. Uniformados. 

Así mirado, el debate del uniforme escolar, pierde bastante sentido.

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