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Violación de una estatua

He aquí un pasaje acerca del apremio y la belleza multicultural. Extraído de las memorias de Neruda, de sus días como cónsul de Chile en Ceilán.

2014/04/09

Por Camilo Velásquez

He aquí un pasaje acerca del apremio y la belleza multicultural. Extraído de las memorias de Neruda, de sus días como cónsul de Chile en Ceilán  

 Mi solitario bungalow estaba lejos de contar con cualquier adelanto urbano. Cuando lo alquilé, intenté encontrar dónde estaba el cuarto de baño, no lo pude ver en ningún sitio. Realmente no estaba en ninguna parte cerca de la ducha, sino detrás de la casa. Lo observé con curiosidad. Se trataba no más que de una caja de madera con un agujero en el centro, muy similar a un artefacto chileno que había conocido en el campo cuando era un niño. Sin embargo, nuestros retretes se colocaban sobre un pozo profundo o sobre agua en circulación. Aquí el receptáculo era simplemente un cubo de metal debajo del redondo agujero.

    El cubo se limpiaba cada mañana; pero no tenía ni idea de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me levanté más pronto de lo habitual, y me quedé asombrado cuando vi lo que había estado pasando.

    A la parte de atrás de la casa, andando como una oscura estatua, llegó la mujer más guapa que había visto en Ceilán hasta entonces, una tamil de la casta de los parias. Vestía un sari rojo y oro de la tela más barata. Tenía pesados brazaletes en sus tobillos desnudos. Dos minúsculos puntos rojos relumbraban a cada lado de la nariz. Debían ser de vulgar vidrio, pero en ella parecían rubíes.

     Anduvo solemnemente hasta la letrina sin echarme más que una mirada de reojo, sin molestarse en reconocer mi existencia, y se desvaneció con el molesto receptáculo en su mano, alejándose con los pasos de una diosa.

   Era tan hermosa que, a pesar de su humilde trabajo, no me la podía quitar de la cabeza. Como un asustadizo animal de la jungla, pertenecía a alguna otra clase de existencia, a un mundo diferente. La llamé, pero no sirvió de nada. Después de eso algunas veces dejaba un regalo en su camino, una pieza de seda o alguna fruta. Ella pasaba sin ver ni oír. La innoble rutina había sido transformada por su oscura belleza en el consciente deber ceremonial de una reina indiferente.

  Una mañana decidí llegar hasta el final. La agarré con fuerza y la miré a los ojos. No había ningún idioma en el que pudiéramos entendernos. Retraídamente, dejó que la llevara y pronto estuvo desnuda en mi cama. Su talle tan esbelto, sus rellenas caderas, las desbordantes copas de sus pechos la convertían en una de las milenarias esculturas del sur de la India. Fue la reunión de un hombre y una estatua. Mantuvo sus ojos completamente abiertos todo el rato, sin respuesta en absoluto. Tenía razón al despreciarme. La experiencia no volvió a repetirse.

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