RevistaArcadia.com

Aquí vivimos muertos

Margarita Valencia trata el tema de la Violencia en Colombia.

2010/06/30

Por Margarita Valencia

Soy un cuerpo cansado de tanta errancia

Un cuerpo y un alma cansados del miedo

Soy el temor

Todos los versos citados son de la poeta venezolana Hanni Ossott (1946 – 2002).

 

En La violencia en Colombia, Estudio de un proceso social (1962) se menciona entre los antecedentes históricos inmediatos de la Violencia las elecciones de 1930, cuando fue elegido el liberal Enrique Olaya Herrera y se desató la persecución de los liberales triunfantes contra los conservadores vencidos. La etapa se cierra, según Guzmán, Fals y Umaña, en 1958, con el primer gobierno de acuerdo entre los contendientes tradicionales. En Bandoleros, gamonales y campesinos (1998), Gonzalo Sánchez alarga el periodo, alegando que después de 1958 se inició una nueva fase “cuya expresión particular es el bandolerismo político”. Steven Dudley, autor de Armas y urnas, historia de un genocidio político(2008), se refiere a la época de la Violencia como antecedente de su asunto (el genocidio de la UP, que comenzó prácticamente con la creación del partido, en 1985), pero subraya lo que ya es evidente para los historiadores: que el inicio de la violencia colombiana se remonta un poco más atrás, hasta el siglo XIX: “Colombia ha sufrido incontables guerras civiles (…) Un historiador ha contado hasta 59 revoluciones locales, solamente en el siglo XIX”. En la introducción a Trujillo, una tragedia que no cesa (2008), el mismo Gonzalo Sánchez habla de “las últimas décadas de luto permanente” como precedente de las 2.505 masacres acaecidas entre 1982 y 2007 y registradas por el Grupo de Memoria Histórica. La reciente publicación de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en relación con las masacres de Ituango (El Tiempo, 12 de octubre de 2008) es apenas la última de muchas publicaciones que han dejado registradas las minucias de lo que algunos quisieran considerar diversas etapas de la historia nacional, pero que en realidad es una sola.

Yo ya no sé cuál es mi fondo

Soy ahora noche entera.

Hobsbawm dice en el prólogo de Bandoleros, gamonales y campesinos que a los miembros de la generación de la violencia les es “excepcionalmente difícil ver en perspectiva histórica esta conmoción social y política”. Lo cierto es que todos los colombianos somos miembros de la generación de la violencia, de la generación del tictac —nuestro futuro siempre ha sido una bomba de tiempo enterrada pero activa—. La perspectiva no es posible porque la distancia exigiría separarnos de nosotros mismos.

Mira cómo de mí misma

Todo se separa

Se me deshabita

No por ello dejamos de vernos: en realidad no hay nada oculto; todo está escrito, todo ha sido expuesto. La violencia en Colombia cumplió sin duda el propósito “de rasgar velos, tocar áreas prohibidas, y desafiar la ira de intereses creados”. La seriedad de la investigación —producto en parte de la Comisión investigadora de las causas de la violencia nombrada por la Junta Militar de Gobierno en 1958— y la prosa contundente de los autores, limpia de idiolectos, explican que se haya convertido en el texto canónico sobre el tema —no existe aún un texto literario que iguale la fuerza indeleble de capítulos como el de la tanatomanía en Colombia, en donde quisiéramos ver retratado al otro sin descubrir a cada paso rasgos de nosotros mismos.

Ante la exposición, no nos queda más remedio que remitirnos a la indiferencia del colombiano, “que ha aprendido a vivir con la violencia, a endurecerse ante los crímenes, a pasar su vista despreocupándose por los titulares de los periódicos que informan sobre la muerte de humildes campesinos” (es Fals Borda quien habla). Pero no es indiferencia: es la culpa de Caín, condenado a huir eternamente de sí mismo.

Ya casi no hay culpas

sólo la sombra desfalleciente de lo que somos

amparo

queremos amparo

Roto desde hace siglos el cerco que hubiera podido contenernos y justificarnos como ente social, no nos quedó más remedio que escudarnos tras la masa, dividida en colectividades (o más bien en bandos, según la precisión de Javier Fandiño). Los bandos nos eximen de la necesidad de asumir el vacío (y hay que asumirlo porque ya nunca podremos llenarlo) dejado por la desgarradora experiencia de la colonización. Los bandos nos eximen de la responsabilidad personal y nos protegen del dolor del otro. Los bandos nos eximen, sobre todo, de la palabra —en la que nos reconocemos como seres humanos—, porque la forma favorita de comunicación verbal del bando es la consigna común, plana, sin matices: por eso la gran literatura de la violencia colombiana está contenida en los tratados que clasifican desde afuera y no en la poesía que ordena desde dentro. La insistencia de los bandos —y nuestra militancia en ellos— no nos deja más salida que recurrir a la forma más baja de la supervivencia, que es matar. Y el objetivo, ya lo explicó Gonzalo Sánchez, no era [no es] matar al enemigo sino barrerlo de la faz de la tierra. Nunca un círculo fue tan vicioso: la vida solo nos alcanza para el arrasamiento, y nombrar el horror organizadamente no basta para la reparación.

Después de tanto dolor creo que las cosas se acomodarán

un remiendo por aquí, otro por allá estoy extenuada

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