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Baile de pareja

Antonio Caballero comenta el concierto de Yo-Yo Ma en el Teatro Colón de Bogotá.

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Las hileras superpuestas de los palcos del teatro Colón, como herraduras de oro encajadas en un estuche de terciopelo rojo, están negras de gente. Palidecen los globos eléctricos, gruesas uvas translúcidas de vidrio que guardan en el centro de la pulpa una pepita de luz. Aparece en el fondo, con sonrisa de muñeco oriental, el esperado Yo-Yo Ma. Detrás, la pianista. Detrás, el encargado de pasar las páginas de la partitura del piano. Un largo instante de silencio vibrante. Y crece la música de un golpe, como si desde el escenario desenrollaran una escalinata.

Yo-Yo Ma, enérgico y teatral, se enfrenta a su violonchelo en una lucha ceremonial, como si pretendiera estrangular a un cisne. La pianista golpea con la punta de los dedos el teclado del piano, con los brazos muy estirados, como para mantener a distancia la agresividad del instrumento. Inmóvil, el pasador de páginas pasa una página de cuando en cuando. El público guarda un silencio reverente. Brota la música como de la caldera de un volcán, en chorros de luz, en soplos líquidos de sombra, en oleadas. No parece posible que tanto poderío sonoro pueda surgir sin esfuerzo de esos dos simples cajones de madera amarrados con cuerdas, desencadenado por la voluntad de los dos músicos. El aplauso tiene algo de incredulidad y de asombro, de acojonamiento ante lo desconocido. Y eso que es solo Schubert.

Pues a Yo-Yo Ma le reprocharon algunos críticos que no hubiera venido, ya que venía, a interpretar las suites para chelo de Bach: tan hondas y, sobre todo, tan clásicas. Que el programa que trajo a Bogotá hubiera sido tan, digamos, light. La levedad vienesa de Franz Schubert, una sonata neo-romántica de César Franck, los tangos de Piazzolla, la samba sublimada del brasileño Gismonti, algo de Shostakovich en homenaje al recién fallecido Rostropovich. Le reprochaban, en fin de cuentas, que fuera él mismo: un artista demasiado popular, demasiado accesible, demasiado irrespetuoso, demasiado ecléctico. Demasiado, digamos, light. Un chino nacido en París y educado en Nueva York que toca a Bach, sí, pero también a Gershwin. Poco serio, en suma. Música fusión, llaman a eso con cierto retintín de desdén. Como nouvelle cuisine francesa de cocinero thai.

Yo no pretendo saber de música, ni de nouvelle cuisine ni de cocina thai. Pero me atrevo a hablar del tema porque la música –como las cosas de comer de Tailandia o de Francia– es accesible a todo el mundo: amansa a las fieras y a los jóvenes, y son capaces de componerla sin estudios los niños y los pájaros. Y lo que más me gustó de Yo-Yo Ma fue justamente esa falta de seriedad, esa carencia de respeto por la solemnidad, no solo en la escogencia ecléctica del programa sino en su ejecución. Particularmente en la complicada y difícil sonata de Shostakovich, llena de rigideces y de súbitas curvas. Ahí la lucha solemne de que hablé más arriba entre el violonchelista y su instrumento deja de ser tarea de acompañamiento y se resuelve en algo que solo puedo describir como un impúdico baile de pareja. El violonchelo olvida la dignidad discreta y delicada de sus volutas barrocas y se deja arrastrar por la pasión del músico, desmelenados los dos, desenfrenados, olvidados todo decoro y toda prudencia y olvidada también la presencia de los espectadores en el fragor impúdico de sus propios rugidos y gemidos, perdida literalmente la cabeza. Al Colón esa noche no fuimos a oír música. Fuimos a ver cómo Yo-Yo Ma, con descarada indecencia, le alzaba las enaguas al violonchelo. Y vimos cómo el violonchelo se dejó.

También me gustaría verlo levantarle las faldas con las suites de Bach.

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