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Cambiar la imagen

Antonio Caballero llama la atención sobre el deseo de cambiar el símbolo representativo de Colombia "un país cainita"

2010/02/09

Por Antonio Caballero

No hace mucho se hizo una encuesta de opinión por internet para determinar cuál debería ser el símbolo representativo de Colombia. Y aunque entre los propuestos figuraba la bandera –pues al fin y al cabo las banderas se inventaron para eso–, le ganó de lejos, con un total de 394.606 votos, el sombrero vueltiao, que también derrotó candidaturas tan sólidas como la de la orquídea, la arepa o el carriel. Ya existía una ley votada en el Congreso, la 908 del 8 de septiembre de 2004, que consagraba ese sombrero como “símbolo cultural de la nación”. De modo que en este caso la voz del pueblo –si es cierta la ficción jurídica de que el Congreso representa al pueblo– coincide con la voz de Dios –si es que 394.606 usuarios de internet son Dios–.

Es muy bonito, sí, el sombrero vueltiao de las sabanas del Sinú: fresco y ligero, con su espiral oscura enroscada al infinito en la fibra tejida de cañaflecha. Pero tal vez es demasiado local como para representar a Colombia entera. Y en todo caso ¿por qué renunciar a la bandera tricolor, que aquí usa todo el mundo? Los militares, los paramilitares, las guerrillas, los políticos, los ejecutivos en una pulserita de confección artesanal. Antes también teníamos, además de la bandera propiamente dicha, el cóndor del escudo, señalado como símbolo de la patria por otro Congreso anterior. Ya no quedan cóndores, sin embargo: los matamos a todos. Y tuvimos, dibujado con un barquito a cada lado, en cada océano, el istmo de Panamá. Nos lo robaron, o lo vendimos, nunca se supo bien. Y el Cuerno de la Abundancia, pura ilusión. Y la palma de cera, alta y airosa, que mereció hasta estampilla de correos cuando aquí había correos, cuando aquí todavía había palmas, pues las talamos ya. Y la orquídea, en su variedad, creo, de catleya regia. Alguna quedará, supongo, en el jardín botánico. La verdad es que no entiendo esa manía de cambiar cada dos por tres de símbolo patrio que nos agobia a los colombianos.

O sí la entiendo. Como no podemos cambiar la realidad, que es tan desagradable, queremos cambiar su imagen.

Pero no se cambia la realidad así como así, sin esfuerzo, por un simple ejercicio de prestidigitación de mago de salón. Ni cambiando su representación simbólica, ni cambiando el nombre que la designa, ni cambiando la metodología que se usa para medirla, así esos cambios cosméticos vayan solamente protocolizados en una ley de la República o respaldados por una encuesta de opinión en internet. Yo digo que tenemos leyes de sobra: la del sombrero vueltiao, la de la orquídea, la de la palma de cera, y estoy seguro de que también hay una de la arepa y otra del carriel. Pero la realidad, terca, sigue igual a sí misma.

Ahora: si de verdad es absolutamente necesario cambiar de símbolo, yo pondría (en un proyecto de Ley cursado por internet) a escoger uno que sea realista. Quiero decir, adecuado a la realidad nacional. Y se me ocurre que el más indicado puede ser una imagen que vimos en estos días en la televisión y en las primeras páginas de todos los periódicos: la calavera del jefe narcoparamilitar Carlos Castaño, sonriendo con todos los dientes blancos de la sonrisa de la muerte. No es una calavera común y corriente, una de tantas calaveras de asesinados sin nombre como hay en este país sembrado de fosas comunes. Es mucho más representativa: la calavera de un asesino asesinado por su propio hermano porque quería cambiar de imagen. Por añadidura, el hermano niega el asesinato. No creo que nada pueda representar con mayor veracidad a este país cainita.

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