Catástrofe notable

Antonio Caballero reflexiona sobre el derrame de petróleo causado por la BP en el golfo de México.

2010/06/22

Por Antonio Caballero

Desde hace un mes, imágenes como la de esta foto le vienen dando sin cesar la vuelta al mundo en las televisiones, en Internet, en los periódicos. Tomadas desde arriba, como la que se ve aquí: el inmenso azul del Golfo de México que va tiñéndose de un negro de tinta china con visos de tornasol y zigzags rojizos que parecen de fuego. O de más cerca, en la costa pantanosa del delta del Mississippi, pelícanos encapuchados de fango y caimanes ahogándose con la boca abierta y peces muertos en un charco de aceite. Imágenes submarinas de nubes de petróleo y disolventes químicos, altas como cúmulos nimbus. Imágenes a ras del agua de barreras de plástico rosado, como aquellas con que una vez el artista Christo, en visión premonitoria, forró unos atolones de coral en la Florida. La imagen de un presidente de los Estados Unidos acurrucado en una playa recogiendo de la arena pelotitas de alquitrán, como un niño que buscara conchas de chipichipi.

Es un espectáculo universal. Más impresionante y terrible, porque va devorándolo todo en despaciosa expansión, agua incendiada, tierra arrasada, cielos surcados de columnas de humo negro de petróleo, que catástrofes naturales recientes como los terremotos de Haití o de Chile o la erupción volcánica de Islandia que cubrió a Europa de cenizas. Una catástrofe descomunal, fabricada por el hombre. No sólo por el presidente de la petrolera británica BP, responsable más o menos directo de la plataforma marina de perforación a la que el pozo “Macondo”, de tan bucólico nombre literario, se le salió de las manos: ese hombre a quien el presidente Barack Obama dice querer pegarle una patada en el culo. Y no sólo tampoco por el propio Obama, a quien por ser el presidente quieren cobrarle la crisis ecológica y económica desencadenada por el pozo rebelde. En una catástrofe mancomunadamente fabricada por todos los hombres, dependientes como nos hemos vuelto todos del petróleo barato para nuestras necesidades energéticas hasta en los más remotos y los más miserables rincones de la tierra. Unas necesidades que, como dice el refrán hablando de las ganas de rascarse, no sólo son insaciables sino que crecen más en la medida en que más se las satisface. Por cuenta de nuestra sed de petróleo (aunque no sólo de ella) estamos envenenando el mundo.

Ya se sabía, claro. Hace decenios que se publican los datos crecientes del lento cataclismo, aunque haya todavía optimistas vocacionales o a sueldo que sigan canturreando con optimismo, como en la cancioncilla francesa, que “tout va très bien, madame la marquise”. Hace años que el ex vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore, converso tardío (cuando era ya ex vicepresidente), hizo al respecto una película y recorrió el mundo entero pronunciando conferencias (y consumiendo en el camino, según sus críticos, cientos de millones de galones de gasolina de avión privado). Todas las publicaciones científicas, y la prensa seria, y hasta la de farándula, han registrado desde hace tiempo los hechos. Pero lo que tiene de notable este último episodio del Golfo de México es justamente eso: que todos lo estamos notando. Todos lo estamos viendo en vivo y en directo en esa catarata de imágenes mediáticas de que hablé más arriba. No se trata de una catástrofe invisible, o sólo paulatinamente discernible, como otras amenazas ecológicas de la contaminación que está provocando el cambio climático, sino que está ante los ojos de todos. Por sus dimensiones: la mancha negra del petróleo en las aguas del Golfo de México debe de ser ya distinguible a simple vista desde la luna; y sobre todo por su localización: en la costa de los Estados Unidos, es decir, a un tiro de piedra de todos los fotógrafos de la prensa del mundo. Como señala en el New York Times el reciente Premio Nobel de Economía Paul Krugman, en este caso la contaminación se ha vuelto fotogénica.

Y esa universal exposición visual del espectáculo, esa fotogenia, es tal vez la única parte buena del asunto. Si es verdad que el presidente y el Congreso de los Estados Unidos empiezan a darle patadas en el culo a la todopoderosa industria del petróleo, tal vez esta se vea obligada a asumir por fin sus verdaderos costos, y a pagarlos. Con lo cual las formas limpias de energía —la solar, la eólica, la de las mareas, incluso la menos recomendable pero de todos modos menos contaminante energía hidráulica— se volverán comparativamente más baratas. Y será posible empezar a limpiar el mundo.

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