RevistaArcadia.com

Ceremonia imperial

Antonio Caballero relata la nueva película del Imperio, la posesión de Barack Obama.

2010/07/28

Por Antonio Caballero

Escribo esto para quienes no vieron la posesión de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. Aunque ¿alguien no la vio? Bueno: pongamos que escribo esto para los dos millones de personas que asistieron en persona a la posesión de Obama, y que, a juzgar por el apretujamiento frente al Capitolio de Washington, no pudieron ver nada porque les tapaba el obelisco.

Fue impresionante, por esos dos millones de personas esperanzadas bajo el cielo helado y azul. Pero no por la ceremonia en sí, que mostró (una imagen vale más que mil palabras) por qué está funcionando tan mal el imperio, con todo y seguir siendo el imperio. La transmisión por televisión, perfecta. Ojalá transmitieran también así las guerras.

(Al respecto, una frase del venezolano Hugo Chávez: “Nadie se haga ilusiones: se trata del imperio”).

Música de circo.

Muy poco solemne y bastante desorganizada la inmensa cosa (que costó, dijeron, 150 millones de dólares): no es la pompa milimétrica de, digamos, la monarquía británica. Colados, niños, guardaespaldas, invitados de tribuna VIP que tomaban fotos con una camarita, ex presidentes, senadores, un tipo de gabardina que saltó una balaustrada sin que pasara nada, Bush charlando como un loro con alguien que le quedaba lejos, Michelle Obama repartiendo besos y sonrisas entre amigos y conocidos. Mal vestida, digámoslo de paso: de un color amarilloso medio brillantoso que la hacía ver muy gorda. La niñita mayor de Obama, preciosa. Esa niñita tan linda les va a causar problemas. Que después no digan que no les advertí. Un lagarto con un sombrero colorado. Ted Kennedy con borsalino de mafioso. Bill Clinton haciendo ademán de que lo llamaran después por teléfono (¿quién tendrá el número privado de Clinton? Morenito, seguro). El pesado acompañante de una señora con sombrero de lazo que resultó ser Aretha Franklin tocado con un gorrito publicitario de Obama. Hillary Clinton, la nueva Secretaria de Estado, abriendo mucho la boca como si todavía estuviera en campaña (nunca se sabe). Bush padre con las narices rojas de frío. Obama...

Ah, no: pero antes (pues voy contando esto como se cuenta una película: era una película), antes, las largas, negras limusinas relucientes, Cadillacs imponentes de la General Motors (¡ay, la General Motors...!). Bush y Obama, presidentes saliente y entrante, embutidos juntos en una sola. ¿Hablarán el mismo idioma? Puede ser que sí. Puede ser que estuvieran riéndose a carcajadas y dándose fuertes palmotadas en los muslos dentro del inmenso automóvil con blindaje militar de tipo activo de 203 milímetros de espesor y sistema nbc de protección contra ataques nucleares, biológicos y químicos, donde no los veía nadie. (Aquí, una frase del ruso Vladimir Putin: “Las mayores decepciones son las que nacen de grandes esperanzas”).

Y el malvado vicepresidente Cheney en silla de ruedas, con su sonrisa retorcida. Y el nuevo vicepresidente Biden, dando la mano a diestra y siniestra. Más niños, no se supo de quién. Más música de circo. Y gritos de ¡Obama! ¡Obama!

Obama, a punto de convertirse en el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, con la cara seria y larga. Guantes, corbata roja, liviano abrigo negro con banderita en la solapa. Hace unos meses no se la ponía. Ahora ya se la pone (ver al respecto las ya citadas frases de Putin y Chávez).

Un discursito de una senadora, con el manido juego de palabras de los ballots y las bullets (los votos y las balas). Una invocación a Dios por cuenta de un reverendo gordo de barbita recortada que todos —los presidentes, el nuevo, el viejo, los antiguos, los invitados vip, los dos millones de asistentes— escucharon con los ojos cerrados y la frente inclinada: estábamos en los Estados Unidos. La señora gorda que resultó ser Aretha Franklin, la voz del soul, cantando una canción patriótica, unos que se paraban, otros que se sentaban, se saludaban, se empujaban, se hacían señas desde lejos, contentos de estar ahí, el presidente de la Corte Suprema, con toga de amplias mangas tomándole el juramento al vicepresidente, que ponía cara presidencial (nunca se sabe). Un cuarteto multirracial de grandes intérpretes tocó música de cine: violonchelista chino, clarinetista negro, violinista judío, pianista hispana: crisol de razas. Un letrero en la pantalla de la televisión informó que ya eran las doce del mediodía en punto y que, por consiguiente, con juramento o sin él, Barack Obama ya es el presidente de los Estados Unidos. ¡La de demandas leguleyas que se tejerían en Colombia si aquí pasara algo semejante! Y, por fin, el juramento presidencial: “Que Dios me ayude”.

Y más música, y gritos de ¡Obama! ¡Obama!, y cañonazos, y júbilo en la inmensa muchedumbre embufandada y esperanzada bajo el cielo limpio y pálido y frío, y finalmente el discurso del nuevo presidente: más de mil palabras.

Bueno, no: finalmente no. Todavía faltaba el poema de una poetisa, que empezó a ahuyentar a la inmensa muchedumbre. Y otra bendición de otro reverendo, uno negro y viejísimo que echaba chistes. Risas, como en los enlatados de la televisión. Y el himno, claro.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación