Colombia campesina

“…mulata de la costa atlántica, hermosa niña de cualquier sitio colombiano, indiecita de Silvia”.

2011/07/19

La noticia ha sido recogida por la mayoría de medios de comunicación del país: Colombia fue la invitada de honor del Folklife Festival que cada verano lleva a cabo el Smithsonian Institute en la explanada del National Mall en Washington. Se trata de un evento que busca mostrar al público las tradiciones vivas de un país. Es importante. No solo porque Washington es un centro de poder, sino porque más de un millón de personas, entre locales y turistas, suelen asistir cada año al festival.

 

La invitación fue aceptada por Colombia hace tres años, bajo el ministerio de Paula Marcela Moreno. En ese entonces, se encargó a la Fundación Erigaie, dirigida por la antropóloga Monika Therrien, hacer una curaduría del patrimonio vivo inmaterial colombiano. La actual ministra, Mariana Garcés, recogió las banderas del trabajo en curso, logró en muy corto plazo reunir la gruesa suma de dinero que se necesitaba para llevarlo a cabo con la altura que la invitación requería (el ministerio anterior no había dejado amarrado todo el presupuesto exigido), y los escollos parecían reducirse a problemas logísticos que, una vez resueltos, quedarían para el anecdotario del recuerdo: cómo llevar un yipao o cómo exportar, con las estrictas leyes de por medio, la leche cruda necesaria para elaborar este o aquel plato de la cocina popular local.

 

Quienes han visitado la explanada, incluso algún joven columnista de prensa de talante severo y crítico, le han asegurado a Arcadia que la exposición es notable. Emociona sin necesidad de utilizar tontos estereotipos, y refleja la cuidada investigación de Therrien llamada “La naturaleza de la cultura”, basada en un concepto geográfico y no político como factor determinante en las expresiones culturales (es decir, no se muestran las expresiones culturales del departamento del Atlántico, sino las de, por ejemplo, la depresión momposina).

 

Quizás por eso mismo asombra tanto que el libro que acompaña a la exposición, y que según carta de la Ministra es “el libro que eligió el Ministerio de Cultura de Colombia como regalo para los invitados a la inauguración del Smithsonian Folklife Festival”, sea una reedición de Colombia campesina, que Villegas Editores publicó por vez primera en 1989. Se podría argumentar que este libro de fotos que ahora reedita el mismo Villegas con el sello de la Presidencia de la República y Mincultura, precedido por sendas cartas del presidente Santos y de la ministra Garcés, fue escogido por la Unesco en 1990 como el libro más hermoso del mundo. Pero tras analizarlo con detenimiento, parece evidente que el hecho de que este coffee table haya recibido ese premio no habla bien del libro sino mal de la Unesco (Además, ¿a quién se le habrá ocurrido un premio tan cursi como “el libro más hermoso del mundo”).

 

Colombia campesina, por supuesto, nada tiene que ver con la curaduría de Therrien. Es más, la niega. Sin ton ni son, el libro muestra imágenes idílicas del campesinado colombiano y textos puestos uno tras otro sin orden ni estructura, que mezclan subtítulos como “La creciente” con otros como “La mujer campesina” o “El barniz de Pasto”. “La cocina” o “El niño todero”. En su cubierta, se asegura que los textos son de Manuel Mejía Vallejo, pero adentro hay de todo y uno no sabe cuáles son de él. ¿Los que no van firmados? Y los otros, ¿son fragmentos de obras de los escritores que los firman? No se sabe. (Por cierto, tampoco a la viuda de Mejía Vallejo se le informó de la reedición. Sería recomendable que el Estado protegiera los derechos de autor). El índice es un popurrí: mujeres, niños, objetos, lugares, costumbres, relieves y oficios mezclados a la buena de Dios con alegre desparpajo. Y el paternal lirismo de los pies de foto da escalofríos: “Guajira pintada contra los rayos de sol, mulata de la costa atlántica, hermosa niña de cualquier sitio colombiano, indiecita de Silvia”, o “Aquí también la mujer llena de flores a su espalda, flores en las manos contra el seno. Y el aire frío que recorre los sembrados, que recorre la calidez de otros seres vecinos del corazón”.

 

El campesino es visto en este libro como un ser atemporal, manso y pobre, acostumbrado a sus costumbres, montañero en su montaña, árbol de hoja perenne. En suma, un sujeto ahistórico y, por supuesto, apolítico.

 

Bonita es la composición de la página con fotos de balanzas, aguamaniles y molinos de maíz, y bonita la página siguiente con fotos de una indígena sonriente, una negra sonriente y una mulata sonriente. Ollas de peltre aquí, suaves arroyos allá y rostros de ancianos más allá. Bonito el hipócrita primer plano de unas manos renegridas que sostienen unos tomates brillantes e impolutos, y bonita la foto de la página anterior que muestra a unas niñas guambianas caminando por una carretera de polvo. Es claro que este libro no tiene un concepto editorial.

 

Por supuesto, la pregunta que se viene a la mente es muy obvia: ¿Por qué no hicieron un libro con la investigación de Monika Therrien, que fue lo que llevaron a Washington? ¿Será que el ubicuo Benjamín Villegas convenció a la Primera Dama de encargarle una reedición de su libro para el evento? Bien por él, porque sabe hacer negocios y eso no es reprochable, pero muy mal por quienes dijeron que sí.

 

Nadie pide que se publiquen fotografías de las masacres que ha sufrido el campesinado en Colombia. Nadie pide que se les muestre mendigando en los semáforos de Bogotá. Se entiende que la cultura es una estrategia cada vez más relevante en la soft diplomacy. Pero es indignante que se ignore la realidad profunda, compleja y tan poco idílica que ha marcado la vida de los hombres y mujeres que viven en el campo, y ofende que su voz de hoy, de este 2011, no esté. No en vano en muchos de los textos publicados sin firma —esos que uno asume fueron escritos por Mejía Vallejo— las narraciones de cuadros de costumbres se conjugan, discretamente, en pretérito simple.

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