Foto: Guillermo Torres

La pregunta que todos se están haciendo en Colombia

El 6 de septiembre tuvo lugar en la Biblioteca Virgilio Barco el cuarto debate organizado por la Secretaría de Cultura de Bogotá, la Red Capital de Bibliotecas Públicas y la revista Arcadia. Esta vez, los invitados partieron de sus experiencias completamente distintas para dar respuesta a la pregunta, ¿A qué le llamamos paz?

2015/09/08

Y con este difícil interrogante, Lucas Ospina,  moderador del encuentro, dio inicio al debate. La primera en intervenir fue Yineth Trujillo, reclutada a los 13 años por las FARC-EP junto con otros 43 niños menores de edad, vivió toda su adolescencia en medio de la guerra hasta que logró fugarse para comenzar un arduo proceso de desmovilización. Actualmente trabaja para una organización que ayuda a otros excombatientes a reincorporarse a la vida civil.

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Esta mujer, que no supera los 30 años, reconoce que hasta hace muy poco no entendía bien el significado de esas tres letras juntas, y que como la mayoría de las personas, decía “paz” en los lugares comunes.  Hoy puede afirmar con certeza que la paz no es una firma en La Habana o aquello que sucede si 15 o 20 mil guerrilleros se desmovilizan. Ella, que conoce como pocos los horrores de la guerra, sabe que la violencia se ejerce diariamente en pequeños actos cotidianos, al creer que el conflicto está en manos de quienes cargan fusiles. Para Yineth, la paz no es algo que se espera, sino tal vez, un ejercicio personal.

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El artista José Alejandro Restrepo ha trabajado sobre la mitología, los discursos y las múltiples formas de violencia que configuran un país como Colombia. Su obra constituye una investigación ineludible sobre la estética del conflicto. Para él, pensar la paz supone desmantelar una serie de concepciones políticas e ideológicas que se encuentran profundamente infiltradas en el lenguaje común, y lo que es peor, en los discursos “autorizados”.

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Frases como “Colombia es un país violento” o “todos somos culpables” son recurrentes y se han enquistado en el inconsciente colectivo convirtiéndose en axiomas facilistas que entorpecen la reflexión y el análisis del conflicto en todas sus dimensiones. Más que “desescalonar” el lenguaje evitando improperios o groserías, para José Alejandro Restrepo pensar la paz implica estar muy atentos a esa delicada relación entre  lenguaje e ideología que se instala desde los lugares de poder y se inserta en  nuestra cotidianidad.

Para Luz Marina Bernal, la paz significa asumir todas las responsabilidades que caben en más de 50 años de guerra. Las que recaen sobre grupos guerrilleros y paramilitares y aquellas que sólo pueden ser asumidas por un Estado que además de ejercer la violencia en múltiples formas de desamparo e injusticia social, también ha sido parte y verdugo.

Luz Marina lo sabe bien, pues es una de las Madres de Soacha. Ella, como tantas otras mujeres, perdieron a sus hijos en el caso de los llamados “falsos positivos”, jóvenes asesinados por el ejército y presentados mediáticamente como guerrilleros muertos en combate.

Desde la desaparición y muerte de su hijo en 2008, Luz Marina se ha dedicado a denunciar éste y otros casos de violaciones a los Derechos Humanos en el país, participando además de la comisión de Víctimas que viajó a La Habana. Para ella, no es posible hablar de paz sin que haya primero, como condición, verdad y justicia.

El último de la ronda es el doctor en filosofía y estética, Alberto Bejarano, quien ha dedicado  su trabajo a definir el concepto del “mal” en América Latina y Colombia, encontrando relaciones entre ficción, literatura e historia. Para Bejarano, hablar de paz supone una paradoja que puede entenderse muy claramente a partir del caso de los 12 historiadores de la Comisión Histórica del Conflicto, quienes al no lograr un consenso sobre los orígenes del conflicto armado en Colombia, optaron por elaborar dos relatorías sobre el tema.

Para el filósofo, este hecho es elocuente a la hora de mostrar la imposibilidad de establecer un único relato sobre las causas mismas del Conflicto, lo cual lleva a pensar en una dificultad aún mayor para encontrar una resolución unánime del mismo. Pero también, demuestra que es posible el camino del disenso. Y para Bejarano, es ahí donde habita la paz. En la posibilidad de la divergencia, en el debate enriquecido por diferentes voces, posturas e ideologías. En el acto de escuchar a un otro que piensa diferente sobre lo mismo. La paz no se dará cuando todos estén de acuerdo, sino cuando se acepte la pluralidad. El aporte para empezar a entender a qué se le llama paz comienza en los debates abiertos y las discusiones públicas que constituyen los actos simbólicos de una cultura de paz.

¿A qué le llamamos paz?, es una pregunta que sorprende por su construcción lúdica y su tono a primera vista rayano en lo pueril. Pero aquellos presentes en esa lluviosa jornada de domingo fueron testigos de cómo las respuestas abrieron reflexiones complejas, y en algunos casos, heridas profundas. Animarse a contestar ese interrogante es un primer gran ejercicio para comenzar a ubicar un lugar propio en el camino hacia la paz.

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