Los chefs Jorge y Mark Rausch

Cuando la gastronomía arrinconó a la cultura

Columna de Nicolás Morales.

2011/10/28

Por Nicolás Morales

Lector incansable de periódicos nacionales, no renuncio (todavía) a mis suscripciones de impresos. Pero estoy a un impulso de hacerlo. Dentro de las cosas que me enojan, la que más me tiene impresionado es esta invasión descontrolada de páginas de gastronomía, chocolate y crema chantillí. No es solo que los cuadernillos de libros, de cine y de artes hayan quedado reducidos a medias páginas, sino que ahora los insertos que los reemplazan están poblados de esta profusión de colores, de recetas y de aromas, donde la “carne al kiwi” es la reina absoluta.

Cuando tres restaurantes reemplazan a un novelista. La medida refleja los intereses de la prensa nacional. Actualmente, hay un 93% más de posibilidades de aparecer en la prensa si eres chef que si eres autor de una buena novela.

Parte del asunto es que entrevistar a un chef requiere mucho menos trabajo y, además, no hay que leer nada antes de la entrevista. Basta con dos preguntas del incauto periodista para que la crema y la nata de nuestros nuevos talentos culinarios se monten en la batidora de unas afirmaciones tan exuberantes como las recetas que pueblan sus restaurantes. La gastronomía forzada ha hecho que terminemos leyendo a una horda de “teóricos” de la cocina, con discursos tan barrocos e incomprensibles como mal escritos. No hay filtro posible que mida los desaguisados ni las desazones que traen sus declaraciones, pues estas son hoy un arte, tanto como las recetas que cocinan y que nunca prepararemos para el plan de almuerzo familiar dominguero.


Cuando las recetas son irrealizables (e indescifrables).
Poco importa que la mayoría de las recetas con que se aderezan las declaraciones de estos aforistas gastronómicos sean impracticables. No importa la falta de concordancia en los ingredientes, ni los pasos que se omiten en la preparación, ni la imposibilidad de encontrar chile ancho, semillas de alcaravea o tandoori masala en la tienda de la esquina. Nada de eso importa, porque los periodistas gastronómicos —que son las nuevas estrellas de los periódicos— jamás cocinan pues, con seguridad, los bonos de la payola los mantienen bien alimentados con las creaciones más atrevidas de las nuevas cocinas bogotanas. Parecería que el objetivo de las recetas que se publican en los periódicos tuvieran el fin secreto de desestimular cualquier aproximación del lector a la cocina, pues un lector que renuncia a cocinar es un lector que, si tiene con qué, termina sentado en las mesas de Harry, de Jorge y de Mark, de Gastón y de todas las nuevas estrellas que iluminan el exótico cielo de nuestra oferta culinaria.

Cuando los restaurantes son únicos templos de la cultura. Los fines de semana, decenas de restaurantes de moda invaden los contenidos de la prensa local. Sus propuestas, absolutamente indecentes en cuanto a precios se refiere, parecerían sugerir que nuestros periódicos circulan, exclusivamente, entre quienes ocupan la punta de la pirámide social colombiana. La prensa escrita abandonó a la clase media para instalarse en la estratosfera del consumo en la zona G.

A cada uno de estos nuevos comederos se les ofrece entre quinientas y mil palabras con fotos a color, quizás en doble página, en la edición del viernes, del sábado o del domingo, siempre y cuando llenen a satisfacción el requisito de alejar con el filtro del precio a esas masas que no merecen el deleite de un conejo con alcachofas y cocona (estimados lectores, ¿qué es cocona? Perdón por la ignorancia).

Ya sé. Muchos dirán que no he entendido nada y que la gastronomía desde siempre ha sido y será cultura, que este es un escrito resentido y que no sé nada sobre los patrimonios culturales intangibles. Y puede que estén en lo cierto, pero cada día crece en mí el malestar de estar impulsados, entre otros, por esta nueva ola de gomelos de fogón, madurados a punta de periódico para superar la frustración de no ser Anthony Bourdain ni Jaime Oliver, y ese malestar me hace antojar, cada día más y más, de cancelar mis suscripciones a la prensa local para gastarme esa platica en un sabroso pollo a la sal del restaurante El Comedor, en un libro de cocina de MNR Ediciones o en algo tan simple y tan sabroso como una chocolatina Jet o unas Uvas Chéveres.

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