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Cuatro años

Queremos recordar, en estos días de muñecas de la mafia, que hay otros modelos de mujer.

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

Les he dicho a los clientes publicitarios de Arcadia que el hecho de que este suplemento cumpla cuatro años de vida equivale a que el periódico El Tiempo cumpla 100. “Más bien 200”, me respondió Gabriel Iriarte, un reconocido editor de libros, alguien que sabe bien lo que es trabajar en este curioso –tan ingrato como gratificante– pero en todo caso extraño mundo de eso que llaman “la cultura”.

Ahí está parte del problema: Llamar a este mundo, “cultura”. Qué palabra más odiosa. En estos tiempos, Cultura es una palabra tan confundida como el pobre género masculino en plena época de revolución feminista: ambos están sufriendo una profunda crisis de identidad.

Al asunto del género le dedicamos esta edición. Queremos recordarles a nuestros lectores, en estos días de muñecas de la mafia, que hay otros modelos de mujer y que nuestras libertades son el resultado de la inteligencia encerrada de muchas mujeres que nos precedieron.

A las aburridísimas connotaciones que tiene en nuestra sociedad la palabra cultura, le dedicamos esta breve página. Tal vez el problema viene de que cultura es, en su origen, una palabra prestada. Su definición social provino de un término agrícola: hace 400 años, cultura no era más que el arte de cultivar la tierra. Por eso hoy todavía hablamos de un cultivo de arroz o de sorgo. Y el verbo cultivar se sigue utilizando para aludir al acto de sembrar, o de hacer desarrollar, desde maíz hasta microorganismos. Cuando alguien hablaba, a finales del siglo XVIII, de cultivar el espíritu, estaba utilizando la palabra en un sentido metafórico: hacer florecer o germinar el espíritu humano. La verdad, son bonitas las imágenes que resultan de esa comparación: un corazón lleno de rosas abiertas, el alma como un campo de pálidas espigas de trigo crecido. Pero dejemos lo bonito a un lado. Porque precisamente por bonito, es que mucha gente cree que los asuntos de la cultura son irrelevantes, meras veleidades de inoficiosos, puras alharacas de quienes se dan el lujo de dedicarse a cosas distintas de los problemas reales de un país y de una sociedad.

Un ejemplo claro de este peligroso menosprecio del poder de la palabra (sobre todo de su belleza) es la andanada que han hecho algunos a la concesión del Premio Nobel de la Paz a Barak Obama. ¡Pero si no ha hecho nada todavía!, exclaman los críticos. Sólo ha dado unos cuantos discursos y escrito un par de libros. Más bien le deberían haberle dado el Nobel de Literatura”, agregan desdeñosos. Como si las palabras no fueran los puentes más poderosos y productivos que se puede tender entre los seres humanos, ent re las culturas, entre los enemigos. ¡Como si quienes escribieran esas opiniones no vivieran de ellas!

En el siglo XIX la palabra “cultura” todavía tenía confianza en sí misma. Tenía un significado claro, diáfano. Cultura aludía a eso que hoy llamaríamos “alta cultura”: las obras que podían agruparse bajo las seis bellas artes (literatura, música, danza, arquitectura, pintura y escultura), a las que se les sumó entrado el siglo XX el llamado séptimo arte, el cine. Pero ya desde el comienzo del siglo pasado las cosas comenzaron a complicarse: llegaron los antropólogos, los sociólogos, y aquello se volvió un popurrí: resulta que cultura ya no eran sólo los productos de individuos dedicados a definir los cánones de la belleza, la inteligencia y la perfección, sino todo el conjunto de costumbres, imaginarios y productos de la sociedad.

Ha sido tal la confusión desde entonces, que cultura es todo y nada. Recuerdo que una vez el gerente comercial de un banco me dijo que sólo pondría publicidad en Arcadia si hacíamos un artículo sobre la cultura del buen pago. Ay, qué pesar, el Banco nunca pautó. Aclaro que no creo que era culpa suya. La confusión es general.

Pero de todas maneras, si aquí estamos, es porque ha habido en Colombia suficientes clientes publicitarios que sí creen que este producto funciona. Que se lee (la mayoría de la gente no sabe que Arcadia es la revista qué más rápidamente ha subido en suscripciones en Publicaciones Semana, sin publicidad y sin regalos). Que es útil. Que es importante. A esos clientes que nos acompañan número tras número a pesar de la crisis tenemos que ponerles un altar. Y el agradecimiento de quienes hacemos esta revista para con ellos es infinito. Mírenlos. Están aquí. Creen en esta publicación. Es gracias a ellos que usted puede leer este suplemento que tiene entre las manos.

Sí. Es cierto. Cultura es muchas cosas. En Arcadia hemos tomado la decisión de no abrirnos a las definiciones antropológicas. Seguimos anclados en la vieja idea de que las Bellas Artes, en su búsqueda de la belleza, la inteligencia y la perfección, pueden hacer germinar rosas –con sus duras espinas, claro– en el corazón. Por eso, la razón de ser de este suplemento periodístico es la de contarles a los lectores sobre libros, películas, música y cine; sobre arquitectura y fotografía, debates sobre el arte nuevo que se reinventa a sí mismo y se rebela no sólo contra el mundo, sino también contra lo que hasta ese momento creíamos que era arte. Así entendida, la cultura no es en absoluto un tema, sino un par de anteojos por los cuales podemos mirar el mundo entero: La política, los hijos, la sociedad, los sentimientos, las ideas, las relaciones humanas. Y es un lente poderosísimo para la elaboración de propuestas de transformación política de una sociedad. Lo que pasa es que se requiere de un lento trabajo, de un paciente acopio de conocimiento, y eso es cada vez más sospechoso en este mundo en el que vivimos, que promueve sólo desesperadas gratificaciones instantáneas. Sí, leer no es siempre un oficio fácil, pero hay que arar la tierra. “Arar la tierra” es intentar entender por qué los cuadros de Miró no son los que podría hacer un niño. Para entenderlo, se requiere de estudiar un poco de historia del arte. Porque la opinión (tan en boga en estos tiempos) es poderosa cuando es una opinión educada. Otra cosa es que a ciertos gobiernos les conviene el enaltecimiento de la opinión sentimental, no educada, fruto del capricho del yo. Envanece al individuo y lo vuelve extremo, radical. Eso que se llama cultura hace exactamente lo contrario.

Para terminar, dejo lo más importante de todo: las gracias a los lectores. Gracias por comprar este suplemento, gracias por su curiosidad, por su fidelidad, gracias por suscribirse y gracias mil veces por leernos. Es fundamentalmente por ustedes que estamos aquí, celebrando los 200 años de este cuarto aniversario.

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