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Damnificados profesionales

Antonio Caballero habla de cómo Colombia es un país con 48 millones de damnificados profesionales

2010/07/02

Por Antonio Caballero

Más de medio millón son por ahora los damnificados del invierno. Por la crecida de los ríos, el enlagunamiento de los campos, el derrumbe de las laderas de las montañas. Sí, cambio climático global, y todo lo que ustedes quieran. Llueve desde Escandinavia hasta la Polinesia, nieva en Lisboa, graniza en Bagdad, los huracanes arrasan La Habana y los tifones Malina, se hunden bajo las olas archipiélagos enteros en el océano Índico. Pero aquí toda la vida ha habido invierno dos veces al año, desde cientos de años antes de que empezara a formarse el fenómeno novedoso del cambio climático. Y toda la vida, dos veces al año, a los pueblos ribereños se los llevan los ríos con las vacas ahogadas y las gallinas cacareantes y los cadáveres desenterrados del cementerio. Y dos veces al año los vuelven a reconstruir en el mismo sitio, para que los ríos crecidos se los vuelvan a llevar otra vez.

Como en Venecia, donde están otra vez con el “acqua alta”. Como todos los años.

Sólo que los venecianos no se quejan. Saben que viven de eso. Esperan a que bajen las aguas de su laguna, trapean el pavimento de mármol de la plaza, secan con un trapito los pisos de mosaico de los palacios asomados al canal, limpian de hongos los frescos de las iglesias, restauran los cimientos de pilotes. Y abren de nuevo —qué va: no la han cerrado nunca— la ciudad a los turistas, como vienen haciendo por los siglos de los siglos.

En cambio aquí sí nos quejamos. Alguien hablaba en estos días de “damnificados profesionales”. Sí, Colombia es un país con 48 millones de damnificados profesionales. Son pobres en su mayoría (porque la mayoría de los colombianos son pobres: damnificados de la estructura socio-económica del país); pero también los hay ricos: hace unos días, un deslizamiento de tierras del invierno se llevó unas casas de ricos en el barrio El Poblado de Medellín. Y “hubieron muertos”, como observa Fernando Vallejo que se dice cuando hay muertos en Colombia, en las fiestas de los pueblos o en las catástrofes naturales.

¿Naturales? Tiende uno a sentir como un soplo de alivio al ver que son naturales algunas de las catástrofes que ocurren en Colombia. Una riada, la erupción de un volcán. Fenómenos inocentes, dictados por la mano de Dios, que nunca hace llover al gusto de todos. Alivia pensar que no todos los muertos son consecuencia del conflicto armado con sus raíces sociales y políticas y su motor económico del narcotráfico. Se siente uno como liberado de una responsabilidad, de un peso, de un muerto. Pero se trata de un alivio pasajero. Porque las catástrofes naturales no son naturales. Son provocadas por la mano del hombre, y agravadas por ella. Recuerdo una vieja definición de “selva virgen” (vieja, es decir, de cuando la había: lo que queda es rastrojo): “aquella en donde la mano del hombre todavía no ha puesto el pie”. Las catástrofes naturales, como lo está demostrando una vez más este cambio climático universal causado por las metidas de pata del hombre, son tan poco naturales como las fiestas de los pueblos. Así que en ellas los muertos que “haigan” son como los demás muertos: asesinados.

De ahí viene que este sea un país de damnificados. Todos lo somos. Cuando hay una catástrofe, guerra civil no declarada o conflicto interno no reconocido, erupción volcánica largamente anunciada o riada de todos los inviernos, los damnificados resultan siempre ser más numerosos que los habitantes de las regiones afectadas. Los paramilitares que se desmovilizaron fueron el doble de los que se hallaban movilizados. Los guerrilleros reinsertados rebasan ampliamente los afectivos de las guerrillas (que, además, siguen intactos). Cuando hace veinticinco años sucedió algo de verdad inesperado, como fue el terremoto de Popayán, una vez hecho el recuento de los muertos se vio que los sobrevivientes superaban en número a la población del departamento del Cauca, y que al menos la mitad de las viejas casonas coloniales destruidas por el sismo estaban en ruinas desde muchos años antes del sismo. Allá llegaron en calidad de damnificados, y a ver si pescaban alguna migaja de indemnización o de ayuda internacional humanitaria, todas las víctimas de toda la miseria nacional, y todos los actores de toda la picaresca nacional. Los pobres, los ricos, los políticos. Los pobres para reclamar unos bultos de cemento o una teja de eternit, los ricos para firmar contratos de reconstrucción con el municipio, para cobrar subsidios, para participar en licitaciones y, o bien ganarlas (y exigir a continuación modificaciones en los términos, los plazos y los pagos), o bien perderlas (y a continuación demandar a la Nación ante un tribunal de arbitramento, y ganar la demanda). Los políticos para cobrar auxilios.

Así pasará con este invierno. (Y con estas pirámides). Y ya verán ustedes cuando venga, como todos los años, la sequía.

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