RevistaArcadia.com

De maletas, pañuelos y sospechas

No hay equipaje más poderoso ni más caprichoso que la memoria. Pero no cabe duda de que en ella se aloja lo querido. Quizá la memoria sea el acto supremo de rebeldía del hombre contra el paso del tiempo y sus transformaciones. El lugar donde vive lo que desaparece.

2010/03/16

El discurso de recepción de la Premio Nobel de Literatura de este año, Hertha Müller, comenzó así: “¿Tienes un pañuelo? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿Tienes un pañuelo? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta”.

Hace tres años, El discurso de recepción del Premio Nóbel de Literatura de ese año, Orham Pamuk, decía así:

“Recuerdo que, después de que mi padre se fue, pasé varios días caminando de aquí para allá delante de la valija sin tocarla ni una sola vez. Ya estaba yo familiarizado con la pequeña valija de cuero negro, su cerradura y sus ángulos redondeados. Mi padre la llevaba con él en viajes cortos y, a veces, la utilizaba para acarrear documentos al trabajo. Me acordé que, cuando era niño y mi padre volvía a casa después de un viaje, yo abría su pequeña valija y hurgaba entre sus cosas, deleitándome con el olor a colonia y a países extranjeros. Esta valija era una amiga conocida, un poderoso recordatorio de mi infancia, de mi pasado, pero en ese momento no podía tocarla. ¿Por qué? Sin duda, era por el misterioso peso de su contenido”.

Orham Pamuk y Hertha Muller saben recordar. No importa que recordando estén inventando el pasado. Eso es lo de menos. El límite es impreciso entre la memoria y la imaginación. Entre los hechos y la reconstrucción de los hechos.

Hace algunas décadas, el escritor ruso Alexander Solzhenitsyn escribía lo siguiente: “Posee sólo lo que puedas llevar contigo. Conoce el lenguaje, conoce los países, conoce a la gente. Deja que tu memoria sea tu maleta”.

¿Decidimos nosotros qué llevar en la maleta?

Hace casi dos siglos, en su gran novela Mansfield Park, la escritora inglesa Jane Austen escribía lo siguiente: “Si existe una sola facultad de nuestra naturaleza que pueda ser llamada más maravillosa que el resto, creo que es la memoria. Los poderes, los fracasos, las desigualdades de la memoria son más incomprensibles que cualquier otra expresión de nuestra inteligencia. La memoria es a veces tan retentiva, tan servicial, tan obediente; y otras veces, tan rebelde y débil; y otras más tan tiránica, ¡tan fuera de control! Somos, sin duda somos un milagro en todos los sentidos, pero los mecanismos de nuestra capacidad para recordar y olvidar son particularmente imposibles de aprehender”.

No hay equipaje más poderoso ni más caprichoso que la memoria. Pero no cabe duda de que en ella se aloja lo querido. Quizá la memoria sea el acto supremo de rebeldía del hombre contra el paso del tiempo y sus transformaciones. El lugar donde vive lo que desaparece.

Pero memoria no equivale a nostalgia. La nostalgia no es otra cosa que un ancla corroída e inservible en el fondo del océano. Y no sostiene más que vestigios de naufragios. Nada se puede hacer con ella. La verdadera memoria es constante reinvención de lo vivido. Y sospecha. Y así queremos proponerla para los lectores. Mejor decirlo con los versos de la gran poeta polaca Wyslava Zsymborska:

BAJO UNA PEQUEÑA ESTRELLA

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.

Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.

Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.

Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.

Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado

por alto a cada segundo.

Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo

el primero.

Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.

Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.

Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco

de un minué.

Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño

a las cinco de la mañana.

Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.

Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.

Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,

inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,

absuélveme, aunque fueras un ave disecada.

Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.

Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas

respuestas.

Verdad, no me prestes demasiada atención.

Solemnidad, sé magnánima conmigo.

Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.

No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.

Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.

Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos,

cada una de ellas.

Sé que mientras viva nada me justifica

porque yo misma me lo impido.

Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas

y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.