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De muertos y plebeyos

Marta Ruiz habla de la corraleja, la nueva fiesta declarada Patrimonio Cultural de la Nación

2010/07/28

Por Marta Ruiz

Acaban de firmar una ley que convirtió a las fiesta de corraleja en Patrimonio Cultural de la Nación. Existen mil razones para que las corralejas sean reivindicadas como parte de nuestro tesoro inmaterial. Tradición tienen, y muy viva. En lugar de extinguirse, estas corridas se han multiplicado por toda la costa. Pocas fiestas son tan populares y con tanto arraigo entre las diferentes clases sociales. Representan, por cierto, mucho de la historia y del entorno sabanero. Cuentan que las corralejas se iniciaron como faenas de trabajo para enseñarles a los indígenas y mestizos a lidiar el ganado cimarrón. Luego, la fiesta se convirtió en la manera como los terratenientes premiaban a los mejores vaqueros y, por supuesto, el sincretismo cultural que es propio de las fiestas como los elementos religiosos y paganos fueron dándole sentido y arraigándola en el alma popular.

Hace unos años estuve en Sincelejo el 20 de enero. La plaza estaba atiborrada de gente y tengo que decir en pocos minutos los prejuicios sobre la violencia del espectáculo se me disolvieron. Aquella cruel premisa de que sin muerto no hay corraleja parecía, en los primeros momentos de la tarde, un invento de cachacos. En la parte de atrás de las graderías había varias bandas pelayeras que animaban la fiesta con porros, y en la arena los manteros se dieron a la faena de torear animales de media casta, unos mansos como borregos y otros verdaderos montaraces que saltaban alebrestados. La parte más pintoresca resultaron ser las cuadrillas de caballos que picaban al toro, muchos de los cuales murieron corneados.

Entonces, la lucha de estos hombres con el animal no me pareció violenta. Lo que me producía verdadero desasosiego era ver a los más audaces toreros hincarse bajo la tribuna de los “señores” que desde el palco principal lanzaban a la arena billetes, monedas y unas pequeñas bolsitas con ron, como pago por el espectáculo. A medida que avanzaba la tarde, y que los toros eran más ariscos, muchos borrachos aferrados a las varas del corral, desesperados por obtener el mísero botín, se arriesgaban a saltar a la arena. Empezaron los accidentes, las cornadas, los heridos y los muertos. Entonces más que una fiesta brava, parecía un circo romano, donde los vasallos ponen la sangre, y los terratenientes el dinero para verla correr. En la tribuna, la gente se debate entre el horror y el placer frente al espectáculo de la muerte. En la corraleja muere el caballo, muere el hombre, pero nunca el toro.

El fotógrafo Stephen Ferry publicó un impresionante ensayo fotográfico sobre las corralejas en la revista Colors Magazine que capta con toda intensidad el frenesí de la fiesta, pero también su contenido social. Ferry dice “con las familias pudientes del lugar sentadas en onerosas localidades de las gradas, y los pobres parrandeando, sudando y muriendo a sus pies el caso taurino refleja la estructura social de la región: ricos terratenientes frente a empobrecidos peones agrícolas. Y el espectáculo propiamente dicho refleja la campaña permanente de violencia librada en esta zona...”.

Las corralejas se han convertido en la más poderosa metáfora de la violencia que han vivido los Montes de María. Su imagen siempre viene a mi mente asociada a pueblos como El Salado, Chengue y Macayepo, donde la gente –quizá considerada vasalla— murió acorralada. El pretexto para las masacres siempre fue el robo de ganado. Las reses valían más que la gente. Y muchos “señores” pagaron por cegar esas vidas. Y pagaron por el silencio y la impunidad.

Las corralejas son una expresión del vasallaje. Y ese vasallaje ha hecho posible esa violencia.

Ahora se ha aprobado una ley que declara patrimonio a las corralejas, y obliga al Estado a promoverlas, protegerlas y financiarlas. Me pregunto qué de todo lo que hay allí vale la pena ser reivindicado. Quizá el homenaje a las faenas de trabajo del hombre sabanero. La pericia, el valor y la alegría. Pero ojalá también se le libere de lo sangriento y agraviante que tiene.

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