¿De qué sirvió aquello?

"Hoy mismo, mientras el lector lee este texto, son mcuhos los franceses que están leyendo algún libro de esos doce escritores, diez narradores serios, un poeta maravilloso y uno de los historiadores más respetados de Colombia".

2010/12/15

Antonio Caballero decidió no ir al evento de clausura de Les Belles Etrangeres, organizado por el embajador de Colombia en París, Fernando Cepeda. Su motivo, como le explicó a Fernando Vallejo aquella misma noche, es que había insultado a Cepeda unas tres veces en sus columnas. Los otros once escritores, muy correctos, sí fueron al supuesto coctel. Y cuál no sería su sorpresa al ver que coctel, lo que dice coctel, no hubo, y que “la recepción” era en un teatro, donde los once tuvieron que soportar, inmóviles, sentados, un concierto de la más brava salsa caleña a un volumen descomunal. Uno tras otro, desesperados, se fueron saliendo del teatro para ser recibidos en el foyer con unas lánguidas empanadas, fritas con demasiado generosa antelación: mínimo cuatro días, calcularon.

 

Al día siguiente, Vallejo se acercó a Caballero durante el desayuno.

 

—Oiga, ¿usted dijo que había insultado a Cepeda tres veces?

—Sí.

—Pues insúltelo una cuarta.

 

Todos estaban agotados. Les Belles fue extenuante. Pueblitos en el trasero del mundo por la mañana, liceos en París por la tarde, cárceles, universidades, colegios, centros culturales, viaje para aquí y para allá y de allá para acá. En algunos eventos hubo poca gente. Y en muchos otros, ni un solo gato francés. Puros estudiantes colombianos. ¿Las preguntas? Las mismas tontas de siempre. Los mismos discursos egocéntricos, sin pregunta, de siempre. Cuentan que en una de las cárceles, uno de los escritores, medio en serio, medio en broma, temió por su vida. Su anfitriona, una presa bellísima, culta, elocuente y muy maquillada, le echaba miradas asesinas. Él asegura que alcanzó a sufrir. Y en un colegio, pasó lo de Bush en Bogotá. La profesora no se sabía los nombres de los escritores, y los elogió por haber escrito sus novelas en francés. Los niños bostezaban.

 

La inauguración (el único otro evento, aparte de la noche salsera, en el que estuvieron todos juntos), tuvo lugar en la Tres Grand Bibliotheque, ese proyecto megalomaníaco de Mitterand que costó más de un billón de francos. La canciller María Ángela Holguín, dicen, estuvo muy bien, con un discurso breve, discreto, que simplemente agradeció a los franceses la invitación sin apropiarse de los méritos, un pecado muy extendido por estos lares. El lunar, el Ministro de Cultura francés incumplió la cita porque lo habían invitado a un programa de televisión.

 

¿Para qué sirvió tanto fru fru? ¿Valió la pena ese viaje para hablar frente a dieciocho presas en un pueblo remoto del Pirineo? ¿No le dimos demasiado bombo en Colombia a un evento que allá pasó desapercibido y que no fue registrado por ningún francés?

Pues no. Los escritores no llenan plazas públicas porque no son performers. Y el evento de Belles Etrangeres sí sirvió, y mucho. Aquí, sirvió para recordarnos que tenemos una potente generación de escritores maduros, con una obra sólida e importante que necesita más lectores. Y allá, si bien no llenaron estadios, sí hubo lugares como La casa de América Latina que se llenaron a reventar. Pero lo realmente importante es que recibieron una desbordada atención de la prensa francesa. Y es que el despliegue dado a la literatura colombiana en los más importantes periódicos y revistas de Francia fue realmente impresionante. Páginas y páginas en Liberation, Le Monde, Le Figaro, en el Magazine Literaire, en Sud-Oest, el periódico de mayor tiraje por fuera de París, y en decenas de otras publicaciones. Tanto juntos como por separado, fueron fotografiados, entrevistados, leídos y analizados, elogiados con seriedad crítica, y las portadas de sus libros traducidos al francés reproducidas cientos de veces. Las librerías vendieron bien sus libros, y los libreros afirmaron que la pasada edición del evento, que tenía como país invitado a Estados Unidos, no recibió ni la quinta parte de la atención mediática que recibieron los colombianos. Y no movieron las ventas de libros como ahora.

 

Puede que las jornadas hayan sido extenuantes. Puede que no hayan tenido tiempo para ver París como hubieran querido. Pero hoy mismo, mientras el lector lee este texto, son muchos los franceses que están leyendo algún libro de esos doce escritores, diez narradores serios, un poeta maravilloso y uno de los historiadores más respetados de Colombia. Para un país que ha vivido encerrado en sí mismo, con poquísima exposición internacional, que lleva sobre sus hombres el fardo de un conflicto incomprendido, no hay campaña de pasión, por más millones de dólares que invierta, que reemplace semejante éxito. Hay que darle unas genuinas gracias a Francia por esa invitación, y a quienes pasan sus noches buscando sentido a través de la escritura.

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