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La fallida comunicación de la paz

La campaña y los mensajes de quienes defienden la opción del ‘Sí’ en el plebiscito por la paz no emocionan. Mensajes desarticulados, poca creatividad, una comunicación acartonada, son algunos de los fallos de una estrategia que no arranca.

2016/08/18

Por Redacción Arcadia

La jornada informativa en Colombia suele comenzar para millones de personas oyendo las noticias en alguna de las cadenas radiales. Allí, desde muy temprano, se habla de las encuestas del plebiscito, del empate técnico entre el sí y el no, de la protesta de los taxistas contra Uber que de no llegar a un acuerdo para eliminar la aplicación entrarán en desobediencia con el gobierno para apoyar el No de la oposición. Hablan regularmente senadores, ministros y  funcionarios públicos desangelados que repiten día a día una cantinela sin contenido.  Defienden cualquiera de las dos opciones con argumentos carentes de fuerza, como si se tratara de votar por un partido u otro, como si estuviéramos en época preelectoral y fuera preciso ventilar promesas que no se cumplirán.

Mientras tanto, otros miles de personas abrirán los periódicos del día para leer a intelectuales, columnistas de ocasión, curas, procuradores, ex fiscales, escritores y caricaturistas defender alguna de las dos opciones. Quienes han optado por el Sí, leen argumentos sensatos que invitan a pensar, a informarse para votar el plebiscito. Quienes piensan que el No es un “No a las Farc” se regodean en saber que al pronunciarse en contra garantizarán que Colombia no sucumbirá al basilisco comunista y la patria será protegida.

Más allá de todo esto, lo plausible es que, a unos meses del plebiscito, quienes han hecho el esfuerzo por llevar a cabo un proceso de paz serio, y que están ad portas de firmar un acuerdo histórico para el país, no han podido comunicar de manera efectiva y afectiva los beneficios de la paz. Los errores son muchos, pero quizás el más evidente es que la creatividad, las artes, los nuevos medios, la buena escritura, el escape de los lugares comunes no hace parte de las preocupaciones de quienes están a cargo.

Para mencionar solo algunos ejemplos, desde la imagen gráfica de la campaña todo parece improvisado. Unas manos que se juntan para hacer el vuelo de una paloma con los colores de la bandera que asoma el pico entre ellas, acompañada de una tipografía entre infantil y chueca; hasta un instructivo digital que aunque está bien investigado es tedioso e imposible para quien quiera entender las claves del proceso pues su interfase no es intuitiva;  o un canal de videos desordenado en You Tube; una página llamada “La conversación más grande del mundo” en Facebook que tiene buenos contenidos pero desarticulados; algunas apariciones de artistas y personalidades que apoyan en cuñas o videos; una serie de foros privados entre los mismos actores que se hablan entre sí y quizá muchas otras piezas y acciones que se pierden gracias a la carencia de un mensaje claro, contundente e inspirador, capaz de hablarle tanto a quienes consumen medios, como a los ciudadanos de los más de mil municipios de Colombia que, como lo hemos podido oír, no entienden de qué se trata el mentado plebiscito y menos el proceso de paz.

La creatividad y la solidez de un mensaje que rebase las acciones de las decenas de dependencias que trabajan día a día para que la palabra paz se oiga, se twitee, se comparta, se diga, parece descarrilada. Ante la oportunidad de utilizar una estrategia clara, concisa, que sea capaz de estimular a la audiencia, quienes defienden una opción distinta para el país, parecen enfrascados en defenderse, en responder con las mismas armas de la oposición. Muy poco de creatividad, de incorporar nuevas formas narrativas que involucren a jóvenes, a comunidades, a minorías, a sectores sociales, a artistas.

Para María Emma Wills, del Centro de Memoria Histórica, “la ciudadanía debe ser convocada a reflexionar sobre el proceso de paz desde la razón y las emociones. Entiendo la pedagogía de la paz como un viaje que convoca tanto al intelecto como a las emociones.  Un viaje que me pone a pensar y que a la vez me conmueve. Que me enseña a ponerme en el lugar del otro. Ambos registros –el intelectual-argumentativo y el emocional-empático—deben ir juntos”. Para la politóloga (la única mujer en la Comisión Histórica del Conflicto), el desafío de los mensajes es saber conectar, por ejemplo “el problema de la tierra con conflictos por espacios significativos que todos hemos sufrido de una u otra manera”. Y esa idea podría funcionar, como ella misma dice, con decenas de estereotipos que deberían ser derribados con buenas ideas que incomoden, que que apelen al colombiano de a pie y no a contenidos políticamente correctos. Algunos seguramente dirán que para comunicar un asunto tan serio no se puede usar la ironía, la inteligencia, o incluso el autoexamen crítico, pero de seguir por donde van, terminarán convenciendo solo a los que ya lo están.

En otras palabras, la entrada, para invitar al viaje intelectual y emocional para discutir los acuerdos, no puede ser el contenido de los acuerdos en abstracto sino situaciones de la vida cotidiana que nos permitan comprender cómo el uso de la violencia organizada y de la estigmatización y la discriminación, para resolver esos problemas, están causando y han causando enormes sufrimientos y daños. Eso de “ponerse en los zapatos del otro” para comprender los problemas del país está ausente de las campañas y por eso cojean”, concluye Wills.

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Lucas Ospina, columnista de Arcadia:

La frase “Sobre Hitler no se me ocurre nada” se atribuye a Karl Kraus y ha sido interpretada como una frase anecdótica y satírica del escritor vienes. Kraus fue un escritor que publicó en Austria desde 1899 hasta 1936 una revista llamada La Antorcha. El escritor Rafael Gutierrez Girardot en su ensayo "Karl Kraus y el lenguaje como sátira" pone en contexto la frase de Kraus y se la toma en serio. Gutierrez Giradot cita un texto de Kraus publicado en su revista: “Sobre Hitler no se me ocurre nada. […] Tengo conciencia […] de que con este resultado de larga meditación y diversos intentos de captar el acontecimiento y la fuerza que lo mueve, me he quedado considerablemente atrás de las expectaciones. Pues éstas fueron tal vez más altamente tensas que nunca ante el polemista de la época, de quien un malentendido popular pide la hazaña que se llama toma de posición… Me siento aturdido y cuando, antes de estarlo, no quisiera bastarme con parecer tan atónito como lo estoy, obedezco a la presión de dar cuenta sobre un fracaso, aclaración sobre la situación a la que me ha llevado una tan plena subversión en el ámbito de la lengua alemana; de dar cuenta sobre la atonía personal durante el despertar de una nación y el establecimiento de una dictadura que hoy lo domina todo excepto el lenguaje”.

Evitar hacer una referencia directa al conflicto, o al posconflicto, es interpretado como una muestra de indiferencia, “no se puede ser indiferente” se nos dice una y otra vez. El silencio de un artista no debe ser mirado únicamente bajo la óptica de una falta de compromiso social, el silencio hace un contrapeso a esa “hazaña que se llama toma de posición”. Gutierrez Girardot nos insiste con este ejemplo en que Karl Kraus no fue seducido por la urgencia de opinión del momento, por esa incontinencia de efusividad crítica que hace que el lenguaje funcione bajo el mismo ritmo de pensamiento con que se genera una nota informativa en los medios de comunicación. La “atonía” de Kraus, su cansancio, se debe a su malestar por intentar poner a la par el lenguaje o el arte como una reacción directa a la actualidad histórica, evitando de esta manera cualquier noción de distancia, lentitud, maduración o perspectiva, quedando unidas las obras del satirista, o del artista, al objeto de su ataque.

Sobre los paramilitares no se me ocurre nada. Sobre los guerrilleros no se me ocurre nada. Sobre el gobierno no se me ocurre nada. Sobre los medios no se me ocurre nada.

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