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Destruir libros

Nicolás Morales reflexiona sobre el estado de la crítica en Colombia

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Jorge Franco recomienda, en una sección de la última SoHo, no leer Sin tetas no hay paraíso de Gustavo Bolívar. Fernando Toledo arremete en su columna quincenal de El Tiempo contra Ángela Becerra, a propósito de un extraño homenaje que una oficina gubernamental le hizo a esta popular autora, y añade: “A esta hermosa mujer, deslumbrante en las páginas de las revistas de sociedad, le falta pelo pa´ moña en lo literario aunque tenga una cabellera prodigiosa”. Por su parte, Efraim Medina declaró hace poco: “Me aburren los libros de Fernando Vallejo y su actitud de mariquita vieja, loca y amargada. Me aburre Germán Espinosa. R.H. es historia y Héctor Abad no pasa de ser una tía que escribe novelas para tías”.

¡Buen mes para la polémica literaria! Aunque de entrada sepamos que no es más que el ritual de mercadeo desplegado en la pre-feria del libro. Pero, a pesar de ese detalle, siempre es cierto que necesitamos un poco de calor en una ciudad tan fría y marginada de los festivales galeses y los ágapes de la lengua.

En lo que tiene que ver con los escritores colombianos, lo sabíamos: no se quieren mucho. Pero cuando se involucran las estrellas con más altos tirajes de la industria editorial colombiana, no deja de llamar la atención esta serie de reclamos. Porque entre Franco, Abad, Bolívar, Vallejo, Medina y Becerra se deben comer —según un cálculo mío sin ningún peso estadístico— más del 80% del menguado sancocho de libros de ficción colombianos.

Por supuesto, la duda es sobre quién pone el rasero de lo que es bueno y lo que es malo. ¿Gracias a quién decidimos qué leer entre la confusa oferta de títulos buenos, regulares e innombrables? ¿Dónde podemos determinar que un libro como El desbarrancadero es mejor o peor que Técnicas de masturbación, o que Rosario Tijeras será más o menos trascendental que Angosta? ¿Cómo sabemos si un homenaje a Becerra, pagado con nuestros impuestos es un despropósito o una alabanza a la literatura de género?

Pueden ser las ventas. Pero este debate ya está muerto tras el agarrón Abad-Álvarez. Quizá sean los listados de las revistas. Pero Semana recientemente sentenció en su Top 25 que solo se salvan de la hoguera los colombianos García Márquez, Fernando Vallejo, Tomas González, Álvaro Mutis, Darío Jaramillo y Germán Espinosa. Y por último, estarían los críticos, quienes nos llevan por los senderos de la elección apoyados en criterios y variables, a veces subjetivos, a veces enfrascados en consideraciones más técnicas que las de la revista Motor y otras totalmente penetrados por la generosidad de las editoriales o el valor de la conveniente amistad.

Es aquí donde la cosa falla, desde mi punto de vista. Porque la crítica literaria para los grandes públicos no solo escasea en Colombia, sino que es adepta de las palmaditas en el hombro. Por supuesto, alabar, preferir y sugerir lecturas es bueno. Incita al ejercicio de leer, despeja panoramas e introduce nuevos autores. Pero una crítica de categoría debería también decirnos qué es malo y por qué. Debería mostrar las flaquezas, la escritura perezosa, las discontinuidades y las falsas imágenes. Debería prevenir con suficiente anticipación la aparición de esos idolitos con pies de barro que al año han sido olvidados sin remedio.

En Colombia hay muy poca crítica negativa. Es rarísima y hace falta. Por supuesto, en un contexto donde un buen número de personas hacen esfuerzos titánicos por hablar de libros no es fácil ser los malos del paseo. Para poner un solo ejemplo, están los quijotes de Piedepágina, la única revista independiente en Colombia consagrada de comienzo a fin a hablarnos de libros. Bien confeccionada, atractiva y bien editada, esta publicación ocupa un lugar relevante en el árido panorama editorial colombiano. Ellos, sin embargo, decidieron no matar libros. Un asunto de pura supervivencia que no estuvo exento de polémica. Porque aquí, el ser independientes es lo que les impide tener la independencia que una revista independiente debería tener frente a su posición crítica. Y es una lástima, porque un entorno siempre complaciente diezma las probabilidades de confrontación, ablanda a los escritores y aburre a los posibles lectores que se ven sumergidos en la pasividad de un criterio alimentado a punta de relaciones públicas.

¿Debe ser la gran prensa quien asuma mayores riesgos? Probablemente, pero como lo señalé en un artículo en El Malpensante, siento lejana la posibilidad de que esto ocurra. Los grandes medios son tímidos, ciegos y complacientes con esos autores de segunda financiados por editoriales con capitales de primera.

En resumen, hace falta mala leche, ironía y suspicacia para, sin rebajarse, mostrarles con claridad a las nuevas camadas de posibles lectores que preferir toda una novela de Efraim Medina a un par de paginitas de Luis Tejada constituye un triste ejemplo de ceguera generacional; voces que insistan sin transigir en que la escritura vacacional de Ángela Becerra debería pedirle perdón a cada hoja de León de Greiff que deja de ser leída en el país. Porque las estirpes condenadas a cien páginas de mediocridad no merecen una segunda oportunidad en la prensa.

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