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Dinero y una habitación propia

Margarita Valencia en su columna de este mes, repasa la frase más citada de Virginia Woolf, aquella que asegura que una mujer debe tener dinero y una habitación propia si es que ha de escribir obras de ficción.

2010/06/30

Por Margarita Valencia

Una habitación propia, el ensayo de Virginia Woolf sobre las mujeres y la novela, fue publicado en 1929, como resultado de dos conferencias dictadas el año anterior, una en Newnham y otra en Girton (dos escuelas para mujeres fundadas en Cambridge en 1871 y 1869 respectivamente). Aunque en apariencia se ocupa de un problema puntual en un momento específico de la historia, y aunque durante los ochenta años posteriores la literatura escrita por mujeres y sobre mujeres ha crecido (moderadamente, la una, vertiginosamente, la otra) casi hasta el punto de dejar de ser un asunto digno de mención, este ensayo sigue siendo “una pepita de verdad pura”.

En las décadas de 1960 y 1970, con el auge de los estudios feministas, Una habitación propia se convirtió en un hito, y a ellos debemos agradecer que el libro siga vivo en los estantes de las librerías (el resto de los ensayos de Woolf no se encuentra con facilidad). Sin embargo su reputación en este ámbito ha opacado un poco la refrescante singularidad de sus reflexiones sobre la creación literaria, sobre las condiciones que la estimulan y los obstáculos que la deslustran y la truncan. Y es desde esta perspectiva desde la cual habría que volver hoy sobre la que seguramente es la frase más citada de todas cuantas escribió Virginia Woolf, aquella que asegura que una mujer debe tener dinero y una habitación propia si es que ha de escribir obras de ficción.

Una habitación propia: para ilustrar su afirmación la escritora inglesa describe a su coterránea, Jane Austen, escribiendo en la sala común, y escondiendo sus papeles tan pronto como los goznes de la puerta anuncian a un visitante. La imagen ilustra la paradoja que dominó la vida de las mujeres hasta hace unos años: fueron confinadas al interior de la casa, pero su reclusión no iba acompañada del derecho a una vida individual. El logro más significativo de las luchas feministas del siglo XX fue el acceso de las mujeres a lo público, pero la pérdida más importante de hombres y mujeres en el mismo periodo ha sido la del derecho a un espacio libre de otros. La idea de una habitación propia va adquiriendo visos de quimera ante la intromisión omnipresente del acontecer del mundo a través del teléfono, el computador o la televisión (los propios o los ajenos).

Pero más allá del derecho a una habitación individual, la escritora debe contar con las condiciones materiales propicias para la compleja tarea de la creación. El dinero de la sentencia de Woolf proviene de una renta (sobre cuyas esclavitudes escribió Jane Austen); pero la conjugación de las mujeres y la escritura y el mercado de trabajo permitió a Aphra Behn escribir y vivir de su escritura en el siglo XVII, y echar los modestos cimientos de un espacio en donde la mente, con el tiempo, fuese “lo suficientemente libre para escribir lo que quiera”. Sin embargo, el sueño de todo escritor joven de vivir de su oficio ha ido volviéndose pesadilla a finales del siglo XX, cuando la literatura se ha convertido en un subproducto de las industrias culturales, con responsabilidades asignadas en un renglón del balance. Las vidas que tiene que sostener la pluma hoy son mucho menos modestas, y se ha refinado enormemente la capacidad de medir en centavos el valor de las opiniones ajenas.

En una de las famosas entrevistas de The Paris Review, la malograda escritora norteamericana Dorothy Parker contestó lo siguiente a la pregunta sobre las ventajas para el escritor de contar con cierta seguridad económica: “Yo quisiera tener dinero. Y quisiera ser una buena escritora. Estas dos cosas pueden darse juntas, y espero que lo hagan, pero si es demasiado pedir, preferiría tener dinero”. Lo que para Woolf fue una condición expresada en tono de esperanza se había convertido a mediados de siglo en el doloroso cinismo de Parker, y más tarde, para los escritores de la segunda mitad del siglo XX, en la alternativa acallada. Es un hecho que se han mejorado las condiciones materiales, pero al mismo tiempo se ha estrechado enormemente el espacio de libertad necesario para que el escritor escriba lo que tiene que escribir y no lo que se ve obligado a escribir para poder tener dinero y una habitación propia.

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