Dos mujeres

La columnista Marta Ruiz explica qué hay detrás del odio hacia Íngrid Betancourt y Piedad Córdoba.

2010/10/13

Por Marta Ruiz

Están en orillas diferentes, pero curiosamente sus destinos se han cruzado en estos días. Íngrid Betancourt y Piedad Córdoba han copado las primeras planas de los diarios y los noticieros. La primera por cuenta de No hay silencio que no termine, memorias de su cautiverio de seis años en un campo de concentración de las Farc, del que fue liberada en 2008 por el Ejército. La segunda porque fue destituida como congresista de manera fulminante por el Procurador General y castigada con 18 años de inhabilidad, es decir, toda la vida política que le queda. Se le acusa de haber transgredido las fronteras de su papel como facilitadora para la liberación de varios secuestrados.

En los años recientes, vivieron en las antípodas del secuestro. La una, Íngrid, como víctima indomable. Según su propio relato, esforzándose cada día por mantener la distancia de sus captores. Resistiéndose a aceptar su orden de cosas; viéndolos como una escoria de la guerra; alejados de toda humanidad. Piedad en cambio, estableciendo diálogo con ellos; rescatando de entre las cenizas de sus horrendos crímenes algo de humanidad. Tratándolos como ya nadie los trata, como un grupo político en armas.

Lo curioso es que una y otra, con visiones tan diferentes y experiencias tan disímiles frente a la guerra, y frente a unas Farc que polarizan como nada al país, no se han escapado del odio que les profesa la opinión pública.

De Íngrid se ha dicho de todo. Que se buscó su propio secuestro; que estaba de vacaciones en la selva, que debería quedarse en Europa para siempre, y que no hay que leer ni comprar su libro. Con Piedad es peor aún. Según me cuentan, ha tenido que confinarse en su apartamento porque salir a un restaurante, a un aeropuerto se le convirtió en riesgo de ser apedreada. Hay una fascinación con el escarnio público de Íngrid y Piedad, al punto de que si hubiese lapidación en Colombia, ya ellas habrían sido lapidadas.

¿Por qué tanta bronca? Tengo la idea de que lo que muchos no les perdonan a ambas es haber subvertido durante toda su vida política las supuestas virtudes que, aun hoy, en pleno siglo XXI, se le admiran a las mujeres. Por ejemplo: intentar ser invisibles.

Íngrid no es modesta. Que siempre se ha sentido una especie de Juana de Arco es posiblemente cierto. Esa superioridad moral que desde siempre ha enarbolado, se lee a lo largo de su libro, donde se muestra como la única portadora de una dignidad que la hizo intocada e intocable por los guerrilleros. Íngrid nunca se ha percibido a sí misma como un ser humano común. Se considera mejor que quienes la rodean, de alguna manera, iluminada. Así fue como congresista, así fue como secuestrada, y así se siente ahora.

Tampoco puede decirse que Piedad sea la encarnación de la diplomacia. Si de algo parece carecer ella es de cálculo y cuando se trata de ser incorrecta en política, allí está ella. Sonríe en la foto que le tomaron con los guerrilleros, se abraza con el detestado Chávez, puede acusar al gobierno de tener fosas comunes que no existen, o empeñarse en defender una causa casi perdida: la de una negociación de paz que no parece interesarle a ninguno de los bandos.

Pero ni la vanidad ni la imprudencia son exclusivas de estas dos mujeres, ni escasas en la vida pública. Por eso creo que lo que tanto irrita de Íngrid y Piedad es más político y menos personal. Es que ninguna de las dos esconde su ambición de poder. Que no se dejan sacar del juego. Que no han crecido a la sombra de otros.

Para mí que hay un poco de misoginia con ellas. La misoginia de quienes creen que las mujeres todavía están en la política de comodín para adornar las listas y las ternas, y no para mostrar, sin pudor ni vergüenza, sus propias ambiciones.

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