Drama y diorama

Carolina Sanín comenta sus visitas a los dioramas del Museo de Historia Natural.

2010/09/21

Por Carolina Sanín

Turistas de distintas partes del mundo han regresado de sus viajes con retratos míos. Los retratos me muestran desde la edad de trece años hasta la que tengo ahora, y en casi todos aparezco de perfil, seria, caminando sola sobre el suelo liso de un museo y con una obra maestra al fondo. Debe haberlos sobre todo en Japón. En unos pocos apareceré de espaldas. Adrede, agresiva, he estropeado innumerables fotos de cuadros y esculturas que los turistas tomaron esperando que nadie se interpusiera entre sus cámaras y la pared. Sus disparos me han dejado superpuesta a unos nenúfares de Giverny, a los fusilamientos del 3 de mayo y a la prédica de San Francisco a los pájaros, entre otros paisajes.

Hace años que acudo, como si visitara despojos sagrados, a las galerías de dioramas del American Museum of Natural History de Nueva York, donde los turistas no toman tantas fotos. Los dioramas son recámaras abovedadas que se componen de una pintura mural, una instalación de hierba, tierra, piedras o nieve en el suelo plano, y uno o varios animales disecados en diversas poses y actitudes, entre el piso y la pintura. El espectador mira a través del vidrio con la ilusión de que el paisaje del muro es tridimensional y es la continuación del plano, con la ilusión de que el cristal es una ventana al lugar donde los animales viven, y con la ilusión de que los animales viven.

Los dioramas del Museo de Historia Natural son como fotografías que nunca tuvieron lugar. Reproducen parajes específicos en momentos precisos: un rincón del valle del río Guaso Nyiro en Kenia, el rancho Tanque Verde en Arizona o una cueva que existe en el Cañón del Colorado al atardecer. A menudo las hojas y las cortezas de los árboles han sido recogidas en los sitios imitados, durante azarosas expediciones. También los animales han sido cazados por allí. Como yo antes creía que los taxidermistas preservaban los ojos que los animales habían tenido en vida, suponía que el gesto que el animal me dirigía del otro lado de la ventana era el que había lanzado en el momento de ser abatido por el cazador. Los dioramas eran escenificaciones de la negación de la muerte y homenajes al último instante de la vida. Yo, la espectadora, estaba en el lugar desde donde la muerte había alcanzado a los animales, y los animales muertos se me mostraban ya en su más allá, en el Paraíso a donde habían regresado a cazar o a comer hierba, a pelearse y cortejarse inmortalmente.

En la época en que empecé a visitar los dioramas tenía el corazón roto. La visita me sosegaba, y el entretenimiento me ayudaba a no marcar cierto número de teléfono. Ayer regresé, con el corazón entero y abierto, a desfilar frente a esa serie aleatoria de comarcas medio naturales, medio artificiales. No tenía que obligarme a no marcar ningún teléfono. Por otra parte, me había enterado de que los ojos de los animales no están al otro lado del vidrio sino que son de vidrio; que los cuerpos son modelos de arcilla sin huesos siquiera, y que lo único que cada animal conserva de sí mismo es su piel. Al verlos ya no evoqué el disparo de la escopeta que se convertía, por arte dioramática, en el disparo de una cámara; en cambio vi cómo el arte aplicado a crear la ilusión de profundidad —a decir la mentira de la distancia y la profundidad— construía en últimas un marco para desplegar la seducción de las pieles curtidas —para decir la verdad de la superficie, que aparentemente no perece.

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