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El 39 en Capitales y bastardillas

Nicolás Morales se pregunta ¿qué nos dejó el Bogotá 39?

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Tras el furor de los escritores y escritoras de treinta y pico vino la polémica porque, al fin de cuentas, ¿qué nos dejó el Bogotá 39? Los columnistas invitados por la revista Piedepágina hablaron: Jorge Carrión, escritor del diario La Vanguardia, criticó la cifra de invitados (“absolutamente arbitraria”), su escogencia (“no veo la necesidad de incluir a Jorge Volpi”) y la esencia del encuentro (“yo sólo entiendo este tipo de encuentros de nuevas narrativas como una apuesta por el riesgo. Este festival lo evita, por eso no me interesa”); Julio Ortega, crítico literario, polemizó sobre los motivos (“le falta al encuentro una motivación más clara que la mera suma de escritores”) y la selección de género (“están ausentes varios de los más prometedores, curiosamente la mayoría de ausentes son mujeres”); Diego Trilles, escritor peruano, se fue contra los jurados (“no entiendo mucho cuál es la utilidad de un jurado que lee las recomendaciones de terceros y no los libros de los aspirantes”); por el mismo camino, Salvador Luis, director de una revista literaria peruana, encontró viciado el encuentro (“me preocupa de esta lista una sola cosa, el hecho de haber sido producida por algunas influencias un poco comprometidas”). El director de Letras Libres, Ramón González, criticó la no inclusión de España; a Jesús Parra, director de la revista venezolana Plátano Verde, no le gustó el chovinismo del asunto (“resulta curioso que una lista latinoamericana tenga un alto, y quizá desmedido número de ciudadanos del país que la armó”) y Alberto Aguirre, en su columna de Cromos, vapuleó al festival (“el afán de estas reuniones colectivas, o su resultado necesario, es convertir al escritor en vasallo, mendigando elogios con sus congéneres”).

Y ante todo esto, ¿por qué no agregar que al Festival probablemente le sobraron egos, entrevistas y algunos escritores? ¿Por qué no criticar, además, las metodologías de los encuentros y los auditorios? A fin de cuentas, para caerle encima al Treintaynueve sobran motivos, ya que no es precisamente la excepción entre las recuas de macroeventos gestados en el marco de la capital mundial del libro.

Lo que no es fácil, y lo digo sin populismo, es pordebajear la respuesta del público porque, durante esos cuatro días, vi a decenas de jóvenes fervorosos llenando auditorios con los oídos atentos a las no siempre oportunas palabras de unos escritores más amables que escritores, quienes, no obstante, podrían haber empujado hacia la lectura a algunos de sus oyentes. Más que por sus figuras, el evento valió la pena porque construyó escenarios para hacerse la ilusión de poder tener encuentros con la escritura, los libros y la gran literatura. Leímos revistas y diarios con noticias de libros y autores, lo que constituye una novedad tan grande que ni siquiera la programación paquidérmica de rcn pudo pasarle por encima.

Antes del 39 un amigo librero me contó que vendía pocos libros de Wendy Guerra, pero tras el festival agotó los siete ejemplares que tenía. En una de las mesas redondas programadas vi a un grupo de jóvenes estudiantes haciendo listas para decidir qué libros comprar primero. En los cafés Juan Valdez de Arcadia sentí la emoción de tres jovencitas que le hacían firmar un libro al chileno Alejandro Zambra. En la fila de un cine escuché una conversación sobre Daniel Alarcón cuando, tres días antes, ese nombre no significaba nada para nadie. Y por eso no dudo en decir que, incluso a pesar de sí mismo, el Bogotá 39 hizo que la gente viera cosas distintas a pistoleros y encarnaciones de Satanás.

Es por ello que está totalmente fuera de lugar la desafortunada columna de Alberto Aguirre pidiendo, en tono de diario franquista, que el Estado se retire de la cultura, porque, según él, no lo hace bien. Aguirre habría preferido quizás, que el día del cierre del 39, en el Parque Nacional solo se hubieran presentado las caravanas de actores de telenovelas de la caminata de la solidaridad que justo pasaban por la séptima, y no ese acto conmovedor de resistencia donde una generación de escritores latinoamericanos –no importa si mal escogidos o incompletos o patriarcal– testimonió la escasez de encuentros literarios y la sed de cultura de unos adolescentes conmovidos por la escritura y no por las tetas de la Pajarita o de Wendy nosequién.

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