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El arte puede ser bonito

La yuxtaposición de los cuerpos revela las múltiples obsesiones del artista... mmm... y logra un efecto...

2010/06/30

El gran museo de Inglaterra, la Tate Gallery, tiene varios folletos muy divertidos que recomiendan distintas “rutas” en el museo, dependiendo de las intenciones del visitante. Si usted va al museo en una primera cita amorosa (por cierto, una muy romántica e inusual idea), la Tate recomienda comenzar la visita por el cuadro de William Strang llamado La tentación. Luego —dice el folleto— vaya a ver Candaules, rey de Lidia, muestra a su mujer escondiendo a Giges, uno de sus ministros, mientras se va a la cama, de William Etty. La escena del cuadro es sin lugar a dudas perversa y erótica y va calentando el ambiente.

Otro de los folletos muestra la ruta para aquellos que quieren descrestar a alguien (a su jefe, a su mamá o a Fernando Botero) y hacerse pasar por expertos. Se llama “la ruta para el crítico instantáneo”. Es el folleto más divertido de todos. Lo primero que recomienda es entrecerrar los ojos con gesto de profunda concentración frente al cuadro abstracto de Paul Nash llamado Objeto kinético. También aconseja hablar muy despacio, como con algo de dificultad, y ronronear un poco. Pero lo mejor del folleto son las instrucciones para hablar como un crítico. Primero, nunca diga bonito. Diga visionario. Segundo, nunca diga muchos. Diga múltiples. Y tercero, el más importante de todos, jamás diga junto a. Diga siempre yuxtapuesto.

Así, usted podrá pararse tranquilamente ante a Las señoritas de Aviñón de Picasso (con Fernando Botero al lado) y comentar sin miedo: “Mmm... La yuxtaposición de los cuerpos revela las múltiples obsesiones del artista..., mmm...., y logra un efecto francamente visionario”. Todos quedarán impresionados.

Más allá de la simple broma, el jueguito tiene su malicia. Por supuesto, pone en ridículo el pomposo lenguaje de los críticos de arte. Y sirve para poner el dedo en la llaga en un problema muy complejo. ¿Por qué los críticos de arte desdeñan tanto el lenguaje de la gente del común, del ciudadano? ¿Por qué esa insistencia en hablar para aquellos que viven en la misma aburrida burbuja de la autoadulación? ¿Por qué hacemos que las palabras y las ideas se queden en el gueto? El derroche de erudición frente al lego equivale al grifo de oro en la finca del mafioso: ambos desean exponer sin pudor aquello que consideran un espejo halagador —pero justo— de sí mismos.

Una idea distinta parece estar apareciendo entre nosotros. Durante todo este año, críticos, académicos, expertos en arte y curadores se han desplazado a Cali para llevar a cabo un ejercicio que, aunque no dé resultados inmediatos, es admirable. Este 24 de noviembre se inaugura en esa ciudad el 41 Salón Nacional de Artistas que tras varios traspiés conceptuales quiere volver al rumbo inicial de los salones en un mismo lugar. Lo interesante no es, en todo caso, que se descentralice la cultura, sino la idea de este grupo de expertos. Para llevar a cabo el Salón, desde enero hasta la fecha han viajado y a veces vivido en la ciudad con la idea de crear públicos. ¿Y cómo lo han hecho? Muy sencillo. Han ido a la montaña. Y de manera literal. En barrios como Siloé, se han dado durante todo el año charlas sobre temas que parecerían tan oscuros como las palabras arriba mencionadas en la Tate. Los académicos y críticos están buscando públicos, poniéndoles alpargatas a los conceptos, derribando, al menos en apariencia, esas barreras que impone el arte. Para ello, han debido depurar su lenguaje para poder comunicar en palabras algo que su posible público podrá ver a partir de finales de este mes.

Son ideas como esas las que hacen cada día más falta entre nosotros. Derribar y acabar con la frustrada vanidad del lenguaje crítico, acabar con las palabras para guetos a riesgo de quedarse solos. Cuando haya menos especialistas que quieran mostrar su erudición, los públicos y los lectores irán apareciendo.

No somos tan ingenuos como para creer que experiencias de ocho meses acaben con el insondable abismo que existe entre una clase que se supone letrada y otra que no lo es. Pero ya es un paso que el mismo mundo de los críticos y curadores y expertos por fin se molesten en decirle a la gente del común que un cuadro puede ser bonito y que puede haber muchas y no múltiples miradas y que, francamente, “una serie de cuerpos yuxtapestos” no es lo mismo que “un grupo de mujeres juntas”.

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