El club de la pelea

Nicolás Morales resume las cuatro peleas culturales que más han mojado prensa en estos últimos meses.

2010/05/27

Por Nicolás Morales

Las peleas están ya casadas. El mundo cultural es territorio de enojosas discusiones, de envidias y demandas, demostrando que sus protagonistas también pueden medirse en el ring de fango que tanto le gusta a la audiencia nacional. Como algunas de estas peloteras pueden pasar inadvertidas, decidí poner cuatro postes para mostrar en un ring cuatro combates en los que vale todos contra todos, máscara contra cabellera, no sin antes advertir que, por cuestiones de espacio, no incluí unas ciento treinta y pico sanguinarias luchas más que esperan su lugar para darse a conocer y que, no lo duden, ameritarían la reapertura del Palacio Deportivo, ese paradigmático templo de la lucha libre bogotana en la 22 sur con Caracas (hoy sede de una iglesia Pare de Sufrir).

Los escritores de la telenovela contra Kataraín y Quintero. Un selecto grupo de libretistas arremete en los micrófonos de La W contra los editores Quintero y Kataraín por el incumplimiento en los pagos por los derechos de un par de apasionantes best sellers, otrora éxitos televisivos como Sin tetas no hay paraíso y Café, con aroma de mujer. Los editores no salieron a defenderse, aunque supongo que están curtidos desde sus affaires de los años ochenta. Por cierto, uno de los enigmas que más suspenso despiertan en la industria editorial está en saber cómo unos reconocidos autores, con ventas nada despreciables, prefieren construir hoteles imitación Hollywood a contratar agentes literarios sensatos que los puedan aconsejar.

Los historiadores contra el director del Archivo Nacional. Un pelotón de eminentes historiadores reitera en agónica carta lo que parece no ser ya un secreto a voces: se estaría hundiendo el Archivo Nacional. La cosa sin embargo no conmovió ni al presidente de la república ni a la ministra de Cultura, pues es un hecho: el señor Entralgo se queda hasta agosto. Desde mi punto de vista, este es uno de los peores negocios que está concluyendo el gobierno nacional. Bien es sabido que pelearse con el grupo de intelectuales que escribirá los balances de gobierno en manuales escolares y libros académicos suele ser muy insensato.

Dominique Rodríguez contra el MAMBO. La antigua redactora cultural de Cambio firma un papel en la revista Arteria contra lo que es hoy el Museo de Arte Moderno. En un artículo muy bien escrito y argumentado, lo que no es raro en esta editora del hoy grupo Planeta, Rodríguez plantea un tema grueso: el Museo perdió desde hace algún tiempo su espíritu contemporáneo y se volvió un fósil cultural descuidado, sin curaduría y sin ninguna perspectiva conceptual relevante. De lo que se trata, palabras más, palabras menos, es de evitar las intenciones expansionistas de este elefante que podría volverse ballena blanca. Lo que sorprende es que la directora del Museo no haya iniciado una campaña de contraataque y pataleo. O si la inició, no la conocemos. Lo que por supuesto confirmaría cierto aislamiento del Museo o que simplemente quitaron el puesto de Arteria en la 26 con 7.ª.

La revista El Malpensante contra –probablemente– un señor Plata. Impresionante carta llega a la redacción de la revista dirigida por el vallenato Mario Jursich. La misiva anónima es un demoledor telegrama contra un traductor, un escritor y un periodista, aunque más parece la epístola de un granjero blanco sureño del siglo pasado. Pregunté y me dijeron que las pesquisas informáticas apuntarían a que el autor de esta carta, casi fascista, es probablemente un señor llamado Juan Pablo Plata. Se trataría del editor de una página electrónica que agrupa a estudiantes de literatura y antiguo autor del sello Arango Editores. Pues bien, el debate que propone El Malpensante es muy interesante: ¿Por qué personas de un importante capital intelectual y social son en ocasiones sicarios morales de las letras en los medios impresos? Por cierto, quienes deseen referencias de este señor Plata, recomiendo consultar el blog de la bobada literaria, que se está volviendo una indispensable herramienta de análisis cultural, aunque no sin mucha sangre, intelectual por supuesto.

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