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El cura desaliñado

Margarita Valencia habla de la poesía como antídoto para la deshumanización

2010/03/15

Por Margarita Valencia

En uno de sus iluminadores ensayos sobre la obra de Shakespeare, Auden asegura que lo que Yago hace con Otelo es un experimento científico, uno que culmina exitosamente en la medida en que logra convertir a Otelo en un objeto. “Conocer en el sentido científico significa, en últimas, tener poder sobre lo que se conoce. […]”, añade Auden. “Siempre es posible reducir a los seres humanos al estatus de cosas completamente conocibles desde el punto de vista científico y totalmente controlables”. Esta fantasía de control total gracias a la ciencia, tan característica de la modernidad a la que Auden dio voz en su poesía, aun acompaña y sostiene las discusiones sobre el valor de las artes y de las humanidades, una de las manifestaciones más penosas de la insustancialidad cultural que pugnó por dominar el discurso en torno a la cultura en el siglo XX.

“Cuando me encuentro en compañía de científicos me siento como un cura desaliñado que se coló por error en un salón lleno de duques”, escribió con sorna Auden, cuyo primer amor fue la geología y cuyos poemas –que hablan “de Marx y de Freud, del paleolítico y de los aeroplanos, de laboratorios químicos” no dejaron un solo rincón del siglo XX sin examinar. Wystan Hugh Auden nació en York, Inglaterra, en 1907, y murió en Viena en 1973, y entre uno y otro se fue a vivir a Estados Unidos y se convirtió en ciudadano norteamericano en 1946, para horror de sus coterráneos: “El problema con Inglaterra es la vida cultural era absolutamente mortecina, y sospecho que todavía lo es”, afirmó en una entrevista en 1972. En la misma entrevista, cuando se le preguntó quién era el escritor vivo que protegía con más ahínco la integridad de la lengua inglesa, respondió “Yo, por supuesto”, con una vehemencia derivada de su convicción de que la fuerza física se impone cuando las palabras pierden su significado.

Si su poesía “se ocupó de la desordenada condición de su época”, la prosa –reunida en La mano del teñidor, que incluye conferencias, comentarios críticos y ensayo– desmenuza obsesivamente las minucias del oficio de escribir en un mundo que atenta contra su permanencia al exigirle continuamente que dé cuenta de su utilidad –política, económica, o de cualquiera otra índole:

“En nuestra época, la sola realización de una obra de arte es un acto político. Mientras haya artistas que hagan lo que se les antoje y lo que creen que deben hacer, así no sea demasiado bueno, y aunque solo interese a un puñado de personas, la Administración deberá recordar algo que los administradores suelen olvidar: que los administrados son gentes con rostros, no cifras anónimas, que el Homo Laborans también es Homo Ludens”.

Pero su reivindicación del derecho a la frivolidad y al juego no debe ser tomada a la ligera: Auden vivió de cerca la invasión de los medios de comunicación y su imposición del entretenimiento (“un plato que debe ser consumido, olvidado y reemplazado por un nuevo plato”) sobre la cultura popular, con la consiguiente pérdida del gusto por parte del público pasivo. De allí su insistencia en la utilización de las formas clásicas de la poesía, y en la necesidad de que el poeta examine constantemente la naturaleza de su propia poesía (“Siento lástima de los poetas que se guían solamente por su instinto”, advirtió Baudelaire) y se alimente de la obra de quienes lo precedieron. “La poesía no logra que nada suceda”, aseguró alguna vez; pero también afirmó con contundencia:

“Queremos que el poema sea bello (…) pero también queremos que sea verdadero, que nos permita una revelación sobre nuestra vida que nos muestre lo que la vida realmente es y nos libere del autoencantamiento y del engaño”.

Vivimos en peligro constante de sucumbir a la tentación de no tomar en serio la realidad, nos advierte el filósofo español Santiago Alba; de permitir que todo se convierta en pasatiempo, de dejar de “distinguir entre las torturas en Abu Ghraib y la Pasarela Cibeles”. No puedo imaginar un mejor antídoto para la deshumanización que la poesía, cuyo único propósito, si es que ha de tenerlo, es desintoxicarnos y desencantarnos diciendo la verdad.

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