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El dios de la lluvia llora sobre México

Antonio Caballero habla de la fotografía de una cabeza Olmeca sumergida en una inundación

2010/03/15

Por Antonio Caballero

El título de la columna es el de una novela que fue famosa a mediados del siglo XX y que trata de la conquista de México por Hernán Cortés. Por supuesto, ninguna novela sobre esa aventura inverosímil y absurda puede ser mejor que la historia misma de esa aventura absurda y verídica: la narración que hace el propio Cortés en sus “Cartas de relación” a Carlos V,o la “verdadera historia” (es decir, más cierta todavía, y más increíble) contada en sus memorias por Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés.

Como comprenderá el lector, estas alusiones eruditas son una reverencia de saludo a la revista cultural y literaria en que esto escribo.

El caso es que, si menciono el espléndido título de la novela de Laszlo Passuth –que es tal vez lo mejor de la novela– es porque está lloviendo torrencialmente sobre México. Y sobre Colombia, claro, y sobre medio mundo, de modo cataclísmico: vemos a diario en la prensa las fotos de las inundaciones. Pero de todas ellas no había visto yo ninguna tan notable como esta de una gigantesca cabeza de basalto de la cultura olmeca ahogada hasta las orejas en la selva inundada de lluvia del estado mexicano de Tabasco. Es una instalación impresionante. Y digo una “instalación” porque no quiero hablar aquí de catástrofes naturales, sino de obras de arte.

Ustedes habrán visto que en los últimos veinte o veinticinco años lo que manda en el mundillo museístico y galerístico de las artes plásticas son las llamadas “instalaciones”, las llamadas “intervenciones”, los llamados environments: todas las epigonías del arte conceptual de los setenta, ya tan alejadas de la subversión estética o ideológica que han empezado a reclamar como timbre de legitimidad artística el permiso de las autoridades. Es posible orinar en el orinal famoso de Marcel Duchamp, que inauguró el fenómeno hace ya casi cien años, pero con autorización oficial. Y si no, no. Las autorizaciones oficiales se suelen dar sin ninguna dificultad burocrática, por el miedo al escándalo, que es el único escándalo que queda. Personalmente las obras de esas escuelas artísticas contemporáneas no me llaman mucho la atención, en general, por aburridas, por repetitivas, por faltas de sustancia, a la que sustituye el costo y la inutilidad. Suelen ser hileras de televisores parpadeantes que muestran en su pantalla otras hileras de televisores parpadeantes, puentes de piedra empaquetados en bolsas de polietileno, la Gran Esfinge de Giza coloreada de azul, un bosque entero de pinos finlandeses talado para satisfacción narcisista del artista y llevado al tercer piso sin ascensor de una galería de exposiciones de Chicago o de París: obras costosísimas e inútiles, ya digo, como han solido ser siempre las obras de arte pero sin el mérito de impresionar, que (más que el de comunicar) constituye la justificación del arte. Obras anodinas. Pero en fin: eso es lo que hay.

No siempre. De acuerdo. Las instalaciones y las intervenciones suelen ser solo eso, pero no necesariamente tienen por qué ser eso. Su peso artístico –no me atrevo a decir que su valor– depende del peso de transmisión plástica que tenga, y a veces lo tienen muy grande: pienso en obras de Beuys, o de Yves Klein, o de Kosuth, o incluso del ultra comercializado Damien Hirst. Pero pocas tienen una presencia tan poderosa como la de esta instalación intervenida que vemos en la foto ( y es apenas una foto de agencia de prensa): una monumental cabeza olmeca tallada en piedra hace tres mil años, sumergida en el agua hasta más arriba del cuello (bueno: nunca tuvo cuello) y medio protegida por una grotesca bufanda de sacos terreros de plástico blanco y gris, como si temiera acatarrarse. Sobre ella llora el dios de la lluvia, el terrible Tlaloc, cuya furia homicida que desataba sequías e inundaciones solo era posible apaciguar con sacrificios de niños a quienes previamente se obliga a llorar para ofenderle a la divina también sus lágrimas.

Aunque el dios Tlaloc no era de la cultura olmeca, sino de la azteca, que vino muchos siglos después. Y en cuanto a la fotografía, probablemente tampoco tiene el sentido que le estoy atribuyendo. No sé qué significa en realidad, si es que algo significa, esa descomunal cabezota de piedra arropada de plástico. No sé cuál fue la intención de los bomberos –supongo que serían bomberos– cuando amontonaron en torno suyo los talegos de tierra o de arena que la defienden o la adornan. No sé qué pensaba el fotógrafo de agencia que captó la imagen y la echó a rodar por los caminos electrónicos del mundo. No sé si la obra va a aguantar o va a ser arrastrada por la furia de las aguas. Nunca sabe un artista si ha conseguido comunicar lo que quería, y nunca sabe un amateur d´art si lo que cree entender es lo que hay en una obra de arte.

En el supuesto, claro, de que el encuentro insólito de una escultura de los antiguos olmecas y un apaño de los modernos bomberos tabasqueños sea una obra de arte.

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