El efecto McCausland

Este mes nuestro columnista Nicolás Morales analiza la manera en la que los suplementos culturales han desaparecido de la prensa del país.

2010/06/22

Por Nicolás Morales

Poco a poco se va confirmando lo inevitable: no es una transformación la que está viviendo el periodismo cultural escrito, es más bien su agonía. Sabemos tan poco de las regiones y de las ciudades que hasta las malas noticias llegan tarde. El Heraldo, desde hace casi un semestre, enterró a Dominical, su suplemento semanal que llevaba más de tres décadas de existencia y lo remplazó por un coctel –fusión de cultura y entretenimiento– repartido en sus páginas interiores, y por una pequeña entrega mensual, eso sí, de mucho menor factura y sin la figura de un editor cultural que le dé forma al ejercicio.

Siguiéndole los pasos al modelo de la prensa capitalina, se desmontan en muchas otras regiones las páginas de los cuadernillos especializados en cultura. Es un modelo que ya conocemos y que dejó exquisitos cadáveres como las Lecturas Dominicales (El Tiempo), el Magazín Dominical (El Espectador) y El Dominical (El Colombiano) entre otros tantos. Probablemente percibidos como muy intelectuales, sobrios y aburridos, o como demasiado costosos en relación con la pauta que generan –generalmente escasa–, estos suplementos de periódico tienen sus horas contadas.

Es posible que la mejor explicación de esta mutación se desprenda de la llegada de una nueva generación de directores de periódicos, menos sensibles a los formatos tradicionales, pero también más distantes de ese universo cultural, intelectual y literario. En el caso de El Heraldo, Gustavo Bell, su antiguo director, preservó Dominical como un baluarte de la casa editorial barranquillera y aseguró, de la mano de Alberto Coronado, su editor, una calidad que lo hacía envidiable. Bien diagramado –lo que no era fácil de hallar en la prensa regional– era generoso en plumas, buena escritura y temas relevantes. El ensayo era el rey, pero convivía con otros formatos periodísticos muy flexibles. Cierto, era pequeño, lo cual no era un defecto pues tenía una frecuencia semanal, como los suplementos culturales de los grandes diarios del mundo. Pero ahora, con la reciente llegada del señor Ernesto McCausland a la dirección del diario caribeño, se tiró a la basura el histórico suplemento para replantear el negocio a punta de entretenimiento y de algunas variaciones “culturales” más livianas. Como resultado, la escritura decayó estrepitosamente. Convertir cuatro entregas de cultura en una mensual despertó la ira de algunos lectores, pero la mayoría se mantuvo indiferente. Lástima, pues perder un espacio cultural de esa frecuencia y carácter en una ciudad como Barranquilla es perder todo un continente.

Ahora, lo reconozco: el efecto McCausland no es necesariamente una estrategia calculada maléficamente por un grupo de editores. Puede ser, más bien, el resultado de la presión de gerentes comerciales apoyados en las ideas de que la gente joven ya no lee periódicos y de que los espacios de ensayística cultural son difíciles de acomodar en estos tiempos, tan superficialmente interactivos. Lo cierto es que ambas premisas, no demostradas, caen bien dentro de cualquier estrategia de reducción de costos. Hoy El Heraldo pierde prestigio y se vuelve un periódico más estándar y con menos gracia, mientras los lectores de Barranquilla se quedan como el resto de los lectores de esa Colombia que cuando piensa en cultura se imagina a Charlie Zaa; lectores que se hacen perezosos y que ya no se sienten capaces de leer dos cuartillas cuando, en dos frases mal redactadas, pueden enterarse de “todo el entretenimiento cultural”.

Así, los espacios de cultura en el país se están transformando en agendas publicitarias, espacios planos y totalmente predecibles en los que se revela también la pereza de los editores y los periodistas que copian sus notas de los boletines que les envían los jefes de prensa de los artistas. No es extraño, entonces, que estemos asistiendo con indiferencia a los últimos días del ensayo cultural e intelectual. Las revistas de las universidades, otrora escenario natural de estas formas escritas, han decidido, en pos de la indexación, de unas normas rígidas y de un desprecio del pensamiento especulativo, que el ensayo no es ya compatible con el informe o con el descubrimiento científico. Afortunadamente, Colombia alcanzó a vivir épocas menos prósperas, menos seguras y menos democráticas, en las que experiencias pobres como Mito, Eco, e incluso, Al margen, tenían derecho a existir.

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