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El espíritu olímpico

En la columna de este mes Antonio Caballero afirma "Todo es falso y mentiroso en los Juegos Olímpicos"

2010/06/30

Por Antonio Caballero

No ha pasado ni siquiera un mes desde que se acabaron los Juegos Olímpicos, y estoy seguro de que usted, lector, ya no se acuerda de nada. Ni de la maravillosa ceremonia de apertura, llena de equilibristas y de jefes de Estado, ni de qué país ganó la medalla de oro de bádminton por equipos, ni de quién llegó de último en la competencia de bicicleta de montaña. Estoy seguro de que no se acuerda ni siquiera de cómo era el asombroso nido de pájaros del Estadio de Beijing. Pasó con los juegos lo mismo que con la sopa china de nidos de golondrina: no deja en el paladar ningún recuerdo porque no sabe a nada.

Pero yo si me acuerdo de una cosa. Del momento en que un taekwondista cubano le pegó al árbitro una patada en la cara. Cuando lo vi por la televisión di un brinco de entusiasmo.

Me dirán que patear al árbitro va en contra del espíritu olímpico. Sí. Me gustó precisamente por eso. Fue una patada de verdad, y eso que llaman el espíritu olímpico es el espíritu de la falsedad y de la mentira.

Todo es falso y mentiroso en los Juegos Olímpicos, empezando por el hecho de que no son juegos. Son otra cosa: un negocio, una empresa de propaganda política, una farsa. Un inmenso negocio —y no está mal que lo sean: pero entonces que no los llamen juegos; aunque en llamarlos juegos está la base misma del negocio— para unas grandes empresas fabricantes de raquetas de tenis y de guayos de fútbol, de pantalonetas y de gorras y de balones de básquet. Una inmensa vitrina de propaganda política para los países —o más bien, los gobiernos— que participan en ellos, y que los utilizan para vender sus respectivas virtudes y ventajas: qué fuertes son los boxeadores que adiestra el régimen cubano, qué rápidos son los corredores que producen las dictaduras africanas, qué monumentales son los nadadores que cría el sueño norteamericano, qué verracos (ahora les ha dado por decir “berracos”) son los levantadores de pesas que consiguen que los lleven a la China los funcionarios paseadores del gobierno colombiano. Son una inmensa farsa en la que unos negociantes y unos funcionarios políticos se disfrazan de amantes del deporte y de la juventud para hacer negocios y política al amparo del polvo de estrellas del espectáculo.

Un espectáculo en el que todo es mentira, de cabo a rabo. Así, la niñita que cantó en la ceremonia inaugural estaba doblada con la voz de otra niñita. Y los corredores de no sé qué país, y los lanzadores de jabalina de no sé cuál otro, fueron suspendidos por dopaje. Y los entrenadores de las gimnastas les falsificaron la edad. Y si el nadador Michael Phelps nada más rápido que todos los demás es porque no es un hombre normal, sino un fenómeno de circo que tiene los brazos más largos que las piernas. Y hasta el muy elogiado Estadio Olímpico, ese descomunal nido de golondrinas que parecía un capullo de seda suspendido en el aire por templados tirantes de acero, resultó ser, por dentro, de cemento. Vuelvo a lo dicho atrás: es que no son juegos. En el llamado espíritu olímpico no existe la intención del juego por el juego, el juego desinteresado y gratuito, ese fenómeno cultural que hace del hombre un creador: el homo ludens, hombre que juega, de que hablaba el olvidado maestro Johann Huizinga. En los Juegos Olímpicos el objetivo no es jugar (“participar” decía el ingenuo barón de Coubertin que los resucitó hace un siglo), sino ganar. Como sea. Con la ayuda de drogas esteroides o anabolizantes, o con la ayuda del árbitro. Con trampa. Ángel Matos, el taekwondista cubano al que descalificaron —¡de por vida!— por cuenta de su espléndida patada en la cara al árbitro, explicó sus motivos: el árbitro le estaba haciendo trampa para que el combate lo ganara su adversario, como estaba pactado de antemano por la organización de los Juegos. Matos no podía menos que defenderse, castigando al árbitro. Si no es lo más digno y lo más noble de unos juegos el hecho de castigar que se haga trampa en el juego, no veo yo en qué puede consistir el verdadero espíritu del juego.

Nota: De los participantes colombianos, un muchacho de Buenaventura llamado Diego Salazar conquistó la medalla de plata en levantamiento de pesas. Un consejo: que la muerda a ver. A lo mejor resulta que es de electroplata, y no vale un centavo.

Con los Juegos Olímpicos nunca se sabe.

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