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El final de la partida

Marta Ruiz habla de dos enemigos que, en la guerra, se terminaron pareciendo.

2010/07/30

Por Marta Ruiz

Se ha convertido en un viejo. Barbas encanecidas, cuerpo ligeramente encorvado, y una voz apagada y cansada que no transmite ninguna emoción. Así se ve Alfonso Cano, en un video publicado por Semana.com. Sin vigor. Sin idealismo. Sin rastro de audacia o rebeldía. La imagen de un viejo atrapado en un discurso. En una narrativa que no pudo cambiar.

Parado en su atril, en su soliloquio, Cano me recordó a otro hombre que he visto encanecer y envejecer, imbuido su retórica de la guerra justa. El Presidente. El otrora pujante líder de derecha, desafiante y fogoso, a quien los signos del cansancio le surcan el rostro, le hacen repetirse a sí mismo, como un disco rayado. Un discurso que mantiene como doctrina y como religión.

Carl von Clausewitz decía, con justa razón, que en la guerra los enemigos terminan pareciéndose, moldeándose, siendo el uno, espejo del otro.

Cano, el anacrónico, vive en un mundo donde el tiempo se detuvo. Uribe, lucha contra el tiempo. Quiere detenerlo. Prolongar este instante de apego al poder. El uno es incapaz de reconocer su derrota. Que la vida se le está yendo en una guerra perdida. Inútil. El otro, enceguecido por la bruma de la pólvora de sus propios cañones no puede reconocer su propia victoria. Como Fabricio del Dongo, el joven militar de La Cartuja de Parma, de Stendhal, que caminaba febril entre los muertos, sin saber si su Ejército era el ganador o el vencido.

Difícil momento este donde ni el derrotado depone las armas, ni el vencedor es capaz de bajarse de los caballos de fuego y ofrecer el armisticio. Ellos, como nosotros, hemos perdido la capacidad de imaginar lo que es vivir sin guerra. La narrativa bélica ha permeado el ADN de la nación. Al punto que no es posible ver, ni reconocer, el declive de la confrontación. El secuestro ha bajado, pero nadie se atreve a dejar sus ostentosos escoltas. Los combates han menguado, pero tenemos medio millón de hombres en armas para combatir a diez mil. Se requiere un agresivo desarrollo en las regiones olvidadas, pero hemos gastado el dinero en fragatas y cazabombarderos. Burocracias armadas cuya agobiante narrativa de la guerra no nos permite ver qué tan cerca estamos del final. Por algo han explotado fenómenos repudiables como las ejecuciones de civiles, que son puestas en escena de confrontaciones donde no hay contra quién combatir. Y por algo los helicópteros Black Hawk son usados por algunos altos funcionarios como vehículos de recreo dominical.

La política —en realidad los políticos— necesita una guerra vigente. Un enemigo omnipotente. La monserga de una política de seguridad, útil en el pasado, y sin respuestas para el futuro. Sin un nombre de la victoria.

Quizás el final de la partida está muy cerca. Pero no como un hito. Quizá tenga razón Joaquín Villalobos, ex guerrillero salvadoreño, y estemos viviendo desde ya un final diluido. Un final que no lo sabremos reconocer en la maraña de discursos sobre la inevitabilidad de la guerra. Sobre su perpetuidad. Una idea enquistada en la mente de nuestra generación. La generación del miedo.

Tan importante como saber hacer una guerra es saber terminarla. Pero no siempre los hombres que la libran, pueden ponerle fin. Ese es el dilema al que se enfrenta hoy Colombia, una nación que deambula entre los muertos, sin poder reconocer la victoria o la derrota.

Pero un final puede ser más doloroso de lo necesario. Si los líderes así lo eligen. Cartago delenda est!, pedía Catón El Viejo, incesablemente en Roma. Hasta que la ciudad, ya sometida, fue arrasada hasta sus últimos vestigios. Como los gringos, que para sellar una derrota ya consumada, lanzaron una bomba atómica sobre Hiroshima. Como los británicos, que bombardearon sin piedad a Dresde, cuando la caída de Hitler era inminente, para demostrarse a sí mismos cuán poderosos eran.

Un final diluido, como el nuestro, puede ser también el comienzo líquido de una nueva fase de la guerra. Basta con equivocarse. O apegarse a la guerra como statu quo. Como forma de vida y de gobierno. Y no simplemente como una forma dolorosa y conflictiva de forjar la nación.

Quizás es tiempo de que Cano regrese a su casa. Y Uribe a la suya. Quizá tendría el uno menos sensación de la inutilidad de su vida, y el otro supere la idea equivocada de que es imprescindible.

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