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El flautista de Hamelin

En su columna de este mes Antonio Caballero reflexiona sobre las fotografías multitudinarias de desnudos

2010/03/15

Por Antonio Caballero

En la Plaza del Zócalo de Ciudad de México se desnudaron para una multitudinaria fotografía de grupo veinte mil voluntarios. Ya lo habían hecho otros cuantos miles en Barcelona y en Ámsterdam, y en Cleveland, y en Santiago de Chile, y en Melbourne, y en Caracas, y en otra media docena de ciudades de todo el mundo. ¿Y por qué lo hacen? Porque los convoca un fotógrafo norteamericano llamado Spencer Tunick, que es famoso. Y es famoso porque toma en todas partes fotografías multitudinarias de voluntarios desnudos.

Los hay de todas clases, tamaños, sexos, razas, edades. Aunque niños no, pues el fotografiarlos desnudos sería considerado explotación pornográfica de la infancia. Los voluntarios, cuando se inscriben (por internet) para figurar en la fotografía, tienen que presentar un documento que demuestre que son mayores de edad: lo que se llama “adultos responsables” en términos jurídicos. Y lo hacen sin rechistar porque, además de desnudarse, quieren cumplir a rajatabla todas las órdenes que el fotógrafo Tunick les vaya dando por altavoz y desde lo alto de una grúa: los viejos por aquí, allá solo mujeres gordas, ahora acostados en el suelo bocarriba, ahora todos prosternados con el culo hacia la cámara, ahora mirando el cielo. Y todos responden al unísono, como los músicos de una orquesta o los soldados de un ejército. Y no solo los voluntarios se someten a las instrucciones de Tunick, sino que lo hacen también las autoridades municipales: para que pueda llevar a cabo sin tropiezos sus sesiones fotográfica se ocupan de cortar las calles al tráfico y de despachar ambulancias, y hasta de enviar, si es el caso, policía antimotines. E inclusive financian el acontecimiento. De lo de México se hizo cargo la Universidad Autónoma, de lo de Dusseldorf se ocupó el museo de la ciudad. En Nueva York, cuyo alcalde pretendió interponer una denuncia por escándalo público, el ayuntamiento tuvo que pagarle al fotógrafo ofendido una indemnización por sentencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Pero hace unos cuantos días quiso hacer otro tanto en la ciudad de Pereira un fotógrafo local, y no fue nadie.

O bueno, casi nadie. Se desnudaron para la foto veintidós personas en total (tres mujeres y diecinueve hombres), que el fotógrafo Freddy Arango dispuso sobre el pavimento de una plazoleta formando una pequeña cruz. No tuvo con qué hacer, como hace Tunick, montañas de cuerpos desnudos, simulacros de infiernos, paisajes de cadáveres después de una batalla. Doscientas personas más asistieron a la sesión fotográfica completamente vestidas y, según contó Arango a la prensa, “en un silencio sepulcral”. El fotógrafo atribuye el decepcionante resultado de su convocatoria al hecho de que el obispo de Pereira hizo saber que los participantes en el acto de desnudez colectiva “tendrían que rendirle cuentas a Dios”.

No sabría decir cuál de los dos modelos de comportamiento me parece más deprimente desde el punto de vista de la dignidad humana. Si el de los “adultos responsables” de México (y de Ámsterdam, Nueva York, Caracas, etc.) que se precipitan a quitarse la ropa porque se lo manda un fotógrafo, o el de los de Pereira que no se la quitan porque se lo prohíbe un obispo.

Tunick, refiriéndose a quienes ponen en duda la importancia artística de su trabajo (además del alcalde de Nueva York se han atrevido a hacerlo, como el prelado pereirano, unos cuantos funcionarios de iglesias de diversas denominaciones), dice con desdén que se trata de “una buena manera de saber qué tan idiota es la gente”. Y tiene razón, sin duda: no solo con respecto a sus críticos sino, más generalmente, a todo el mundo. Los que se desnudan para sus fotografías y los que no. Los que pretenden prohibirlas por ser demostraciones de libertinaje y los que las ensalzan como símbolos de libertad. Y los que las comentamos.

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