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El gremio descalabrado

En Colombia, el de los editores es un gremio que parece haberse aburrido de su oficio: leer.

2010/03/15

Haciendo una generalización, los últimos años han sido extraordinarios para el cine colombiano. Nunca antes se había visto tal avalancha de películas nacionales —como es obvio unas buenas, otras regulares y unas pocas pésimas—, y nunca antes se había sentido en los directores de cine tal preocupación por eso que los críticos llaman “la factura”: el juicioso respeto por la técnica, la acertada dirección de actores, una posproducción decorosa. Y por fin, un concepto de producción que hace que las películas funcionen económicamente. Valga nombrar a Pato feo y Dynamo —productores de Perro come perro—, entre otras.

Haciendo de nuevo una generalización, nunca antes en el país se había visto una explosión de creatividad musical como la que se vive hoy. Grupos de rock, hip hop, salsa, funklore, música electrónica, rescates y fusiones de músicas tradicionales, redescubrimiento por parte de los músicos jóvenes de los viejos juglares, se han tomado los escenarios del mundo con dosis fantásticas de creatividad y audacia, de ironía y novedad. Esos son los casos de La 33, ChocQuibTown, Sidestepper, Aterciopelados, Doctor Krápula o Curupira.

Haciendo una vez más otra generalización, es difícil recordar ascensos tan vertiginosos como el del arte joven colombiano en los últimos tiempos. De Mateo López a Miller Lagos, de Johanna Calle a Rodrigo Echeverri, los artistas jóvenes se han cotizado dentro y fuera de Colombia y recibido importantes reconocimientos internacionales. Asimismo, hemos sido testigos de la poderosa consolidación de la obra de artistas ya algo más maduros como José Alejandro Restrepo y Óscar Muñoz. El movimiento en el campo de las artes plásticas ha desbordado todas las expectativas: abren nuevas galerías, surgen espacios alternativos sorprendentes, los galeristas mueven con increíble éxito a sus jóvenes talentos por fuera del mercado nacional.

Haciendo una penúltima generalización, cuesta recordar un tiempo en el cual instituciones como el Museo de Antioquia en Medellín o la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá —a las que se une ahora la Universidad Nacional— hubiesen tenido una programación cultural más audaz, polémica y cosmopolita, una oferta tan estimulante y una estrategia coherente, ambiciosa y efectiva para acercar a niños y ciudadanos al mundo de las bellas artes.

Y ahora la última generalización: es difícil recordar un panorama libresco más lacónico y aburrido, más desprovisto de vigor y emoción intelectual, más falto de osadía por parte de los editores, más huérfano de nuevas estrategias para acercar los buenos libros a los lectores. Como quien acaba de descubrir una veta de oro, los editores parecen embelesados con el llamado “instant book”, o sea el best-seller barato de no ficción, que consiste en publicar a toda prisa los titubeantes testimonios que produce el conflicto y el narcotráfico, sin siquiera dignarse honrar esos textos con una lectura que los provea de un mínimo decoro narrativo. Si bien es cierto que sí se publica —y se publica más que nunca— la pregunta importante es cómo se publica. ¿Cuidan las editoriales a sus autores como los productores de cine cuidan a sus directores, los mánagers a sus músicos y las galerías a sus artistas?

La respuesta es no. Y los criterios para editar son cada vez más lamentables. Lo que menos importa es que la obra sea buena. Los editores se pasan más tiempo pensando en la imagen de cubierta y el título (lo de afuera) que en el contenido (lo de adentro).

Entonces, si han surgido en los últimos tiempos nuevos galeristas y curadores que apuestan por el talento de sus artistas (con la fantástica buena energía de Catalina Casas o Carlos Hurtado, por ejemplo); si han surgido jóvenes compañías de producción de cine, o nuevos y arriesgados sellos discográficos como Entrecasa, si hay más promotores que nunca en otros campos del arte, ¿dónde están sus pares en el mundo editorial? En el mundo desarrollado, los grandes conglomerados comerciales con su glotona tajada del mercado conviven con los pequeños editores que ofrecen calidad e inteligencia.

Pero en Colombia, el de los editores parece ser un gremio que se aburrió de su oficio. Tal vez agobiados por la avalancha de trabajo administrativo, la mayoría parece no tener ya tiempo para leer. Los importadores traen libros de España cuyas páginas jamás hojean, cuyas tapas jamás abren, como si estuvieran importando latas de mejillones de las rías gallegas. Y muchos viven más pendientes de los contratos del Estado que de las librerías. Su lógica se parece más a la de la televisión que a la editorial. ¿Acaso los números le ganaron la batalla a un oficio que antes era de caballeros?

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